La BELLUCCI regresa de nuevo

Mi buen amigo Tanhausser acogerá esta nueva con entusiasmo, acompañada de su comprensible encantamiento con caída de mandíbula incluída. Sí señor, regresa la Bellucci, y parece que lo hace como a ti te gusta, en su jugo, ni muy hecha, ni tampoco adolescente. Si no mira la foto, que lo dice todo sin -espero- mostrarlo todo.

Al parecer se trata de la segunda parte de la sencillota y a ratos divertida Manuale D'amore. En la primera película se relata situaciones por las que pasan muchas parejas a lo largo de sus vidas. Es la historia de las supuestas cuatro fases del amor: «el flechazo», «la crisis», «la traición» y «el abandono». A mí me gustó por afinidad generacional la segunda historia, la de los treintañeros Barbara y Marco.

Manuale D'amore 2
relata también
cuatro historias con el amor como hilo conductor. Monica Belluci es la fisioterapeuta de un joven que acaba de tener un accidente de coche. El chico se enamora perdidamente de esta bella mujer a pesar de tener novia. Elsa Pataki es una guapa española de origen italiano que vuelve a Roma para presentarle su hijo a su padre. Alli tendrá un romance con un hombre mucho mayor que ella, y casado. Las otras dos historias las ocupan la pareja gay que quiere casarse a pesar de la negativa de sus padres y otra pareja que no puede tener niños y que acaba inseminándose en una clínica de Barcelona. El cine italiano parece que quiere con estas cintas resucitar un realismo dulzón que sí le funcionó a mediados del pasado siglo. Supongo que al final nos gustarán más las guindas (Bellucci y Pataki) que el pastel.

En fin, lo importante es que la Bellucci está en activo. Y eso es buena noticia para los incondicionales de la italiana, aunque tengan que morderse las uñas hasta febrero de 2007.

PSICOSIS y Bernard Herrmann


¿Qué hubiese sido de Psicosis sin la batuta de Hermann (1911-1975? Nadie como él fue capaz de crear sensaciones inquietantes y atmósferas misteriosas. Psicosis no hubiese sido la misma película, al igual que todas en las que participó con directores de la talla de Hitchcock (Con la muerte en los talones, De entre los muertos, Marnie, la ladrona) o Scorsese (Taxi driver, El cabo del miedo).


Goldsmith, el compositor, decía de él: "De Herrmann hay que destacar su capacidad de conjuntar la música con el argumento de la película, pero sin subordinar completamente la música a las imágenes, porque a Herrmann le gustaba que [...] tuviese entidad fuera de la película, que tuviese vida propia." Hermann comenzó sus pasos nada menos que con la música de Ciudadano Kane (1941), pero quizá es en Psicosis donde quedó de forma más indeleble en el inconsciente colectivo, especialmente en la escena del asesinato de Marion Crane en la ducha, donde una orquesta reducida a instrumentos de cuerda recuerda y subraya las cuchilladas que propina Norman Bates a una sorprendida Janet Leigh. Pero este uso de la música fue realmente debido al escaso presupuesto. Él mismo dice: "Escribí la música para los títulos de crédito antes de que Saul Bass hiciera la animación... Luego de los títulos, no pasa mucho más por veinte minutos o más. Las apariencias, por supuesto, son engañosas, porque de hecho la historia empieza inmediatamente con los títulos... Estoy firmemente convencido, y también Hitchcock, que después de los títulos iniciales, uno ya sabe que algo terrible va a suceder. La secuencia de los títulos ya te lo dice, y esa es la función: establecer el drama. No necesitas golpes de platillos...".

Para la famosa escena de la ducha, el director había decidido filmarla sin utilizar ningún tipo de música. Herrmann hizo caso omiso a lo dispuesto por Hitchcock, y utilizando una obra anterior – Sinfonietta for string orchestra, 1935 -, compuso un momento musical realmente intenso, utilizando violines y simulando el sonido de los pájaros (jugando, asimismo, con la identidad del asesino ya que Norman Bates tenía como hobby la taxidermia de aves).

SABIAS QUE...
  • Hitchcock prohibió que se permitiera la entrada de publico una vez empezara la pelicula, según él, para evitar que la gente quedara decepcionada por no ver a una estrella como Janet Leigh, si llegaban después de la escena de la ducha.
  • El filme con un presupuesto de 810.000 dólares, consiguió recaudar en todo el mundo 50 millones de dólares.
  • La sangre que aparece en la ducha, al contrario de lo que suele ser habitual no era salsa de tomate, sino que se utilizó chocolate, ya que tiene una densidad parecida a la de la sangre y no se apreciaba el color, al tratarse de una película en blanco y negro.
  • En 1998, Gus Van Sant realizó un remake idéntico a la película original solo que en color y con otros actores. Anne Heche, Julian Moore, Vince Vaughn y Viggo Mortensen fueron sus protagonistas.

Aquí os dejo un vídeo con la escena de la ducha con y sin la música:



"Me considero un individuo. Odio todos los cultos, las modas y los círculos. Creo que la única música que nace de la genuina emoción personal y de la inspiración está viva y es importante".

LOS ACTORES según Billy Wilder


Hitchcock solía sentenciar que "los actores son ganado", opinión que solidificó su merecida fama de gruñón o gilipollas, según se mire. Menos taxativa, aunque no menos afilada, es la opinión de Billy Wilder, para quien los actores son un grano en el culo irremediable pero no eterno con los que un director debe convivir mientras dure el rodaje. El director desea acabar la película y los actores -niños egocéntricos- piden cariño y consideración hacia sus tiernos sentimientos. Billy Wilder afirma que no le queda más remedio que aplaudirles, mesarles el pelo, hacerles la colada, o cualquier otra reverencia con tal de que hagan de una vez por todas su trabajo. Al terminar la película, uno se siente aliviado -dice Wilder- de poder mandarlos al carajo o bien seguir contando con ellos, si la experiencia no fue tan terrorífica, claro.




Aquí os dejo dos vídeos del maestro Wilder que no tienen desperdicio:




HEDWIG AND THE ANGRY INCH

[Nuestro amigo Alacrán, del blog Sin pasar por taquilla nos deja este comentario sobre la película HEDWIG AND THE ANGRY INCH (John Cameron Mitchell, 2001)]:

De vez en cuando algún director y algún productor ponen los huevos encima de la mesa y se atreven con algo verdaderamente transgresor y original.

"Hedwig" es divertidísima cuando se pone en plan alegre (como cuando el protagonista habla de su tesis universitaria sobre filosofía y rokanrol titulada "You, Kant, always get what you want"), desgarradora cuando se pone dramática y capta perfectamente la esencia del glam y del rock más ambiguo cuando se pone psicodélica.

Las canciones (originales) son tan cojonudas que las podía haber firmado tranquilamente David Bowie, porque sí, esto es un musical con todas las letras. De piedra se tuvo que quedar el Duque Blanco con ese apoteósico climax en el que se explica porqué tiene los ojos de diferente color.

Si se te pone piel de gallina con el disco de Antony, si te parece que C.R.A.Z.Y. está sobrevalorada, o si Marilyn Manson te parece un tipo entrañable, no te la pierdas. Si crees que la homosexualidad es una enfermedad o Acebes te parece un ejemplo de coraje y pundonor, evítala como la peste.

Puntuación: Sobresaliente

Un recuerdo

Tenía diecinueve años y llenaba todo mi tiempo con alcohol y ficciones, ya fueran películas o libros. Veía al menos diez películas a la semana, leía al menos veinte libros al mes y bebía al menos cien veces más de lo que mi organismo era capaz de asimilar. En uno de los videoclubs que estaban cerca de mi casa (en el que me habían nombrado cliente del año, y cuyas paredes estaban empapeladas con mi rostro desfigurado por la sobreexposición al celuloide) alquilé Remando al viento, y mi relación con la realidad no volvió a ser la misma. Me quedé deslumbrado. Nunca había experimentado tanto amor, tanto sentido de la lealtad, tanto horror. Nunca me había emocionado de esa manera, con ninguna persona, ficción o cosa.

Después de ese día vi la película muchas veces más, de forma que, en poco tiempo, me sabía todos los diálogos de memoria. Y, sin embargo, mientras más veía la película más me emocionaba, sentía que cada vez dependía más de ella, como si el solo hecho de sumergirme en la película fuera el rito más eficaz para soportar mis imposturas, la mejor forma de ajustar mis sensaciones, el lenitivo más conveniente para mis trastornos. Vivía por la película, para la película, y gracias a ella mi vida era mejor, pues ella era la mejor razón para vivir.

Más tarde vinieron, como no podía ser de otra forma, todas las películas y todos los libros que pude encontrar de Gonzalo Suárez. Fanático de sus creaciones, lo más sorprendente fue comprender que Remando al viento era una película que estaba por encima de su talento, una obra maestra en la que él no había sido el creador, sino el transmisor, el descodificador, el recipiente adecuado de inmensas reservas de talento que habían permanecido incólumes hasta ese momento. Así, cada vez que veía a Lord Byron proferir su famoso canto albanés, me entraban ganas de gritar como él, deseaba que mi propia voz encontrara, como la del viejo y orgulloso poeta, un eco en las montañas de Albania, un refugio en algún territorio caliginoso y húmedo donde las lágrimas fluyeran con facilidad. De la misma manera, cada vez que escuchaba a Lord Byron decirle a Mary Shelley “Si has tenido poder para escribir nuestro destino, ten ahora valor para afrontarlo” sentía que mi destino, emborronado por el alcohol y las ficciones, no estaba en condiciones de ser escrito por mí, y que mucho menos poseía valor para afrontarlo cuando apenas tenía el coraje de admitir que mi existencia era una mezcla de hastío y de delirio, de exploraciones desmañadas y de encuentros prescindibles. Pero, a pesar de todo, quería vivir, debía vivir, sabía que no había que renunciar a escrutar, a asumir riesgos, aunque nada pudiera emocionarme tanto como Remando al viento.

Cuando algunos meses después se me pasaron las ganas de ver una vez más la película, me sentí perdido y liberado, como si fuera el único responsable de un delito gravísimo, que, probablemente, era tan sólo una traición indispensable para madurar. Ahora, muchos años después, no soy capaz de discernir si fui el beneficiario o la víctima, pero estoy convencido de que Lord Byron tenía razón cuando le decía a Percy Bisshe Shelley: “El tiempo es un tirano, amigo mío, y me temo que sólo los tiranos pueden acabar con las tiranías”.

VERSIÓN ORIGINAL, revista de cine


Os recomiendo la estupenda revista de cine Versión Original, editada por la Asociación cinefila Re bross, nacida en en Cáceres en 1993,
con el propósito de promover todo tipo de manifestaciones culturales relativas al mundo del cine, tales como:

- Publicaciones divulgativas y de creación.
- Conferencias y ciclos.
- Organización de actos cinematográficos.


En cada número, diferentes articulistas escriben acerca de un tema monográfico. Por ejemplo, este número 143 está dedicado a las casas en el cine.

Entre sus colaboradores está Antonio Gasset, presentador del programa televisivo Días de cine.

Suscribirte a la revista de cine cuesta 8 euros (5 ejemplares) o 15 euros (10 ejemplares)

Su dirección y teléfono son:
Asociación cinéfila "Re Bross"
C/ Juan Solano Pedrero, 32, 5º B
Edif. Manuela de Ovando
10005 Cáceres
TLF. 670877305



Accede a su
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CASINO ROYALE, 2006

¡Bond ha muerto, viva Bond!

Aunque los medios de comunicación se han cebado hasta la saciedad avisándonos de la diferencia que supone este nuevo Bond respecto a sus predecesores, mucho me temo que esta plataforma publicitaria –con intenciones de que la saga se recicle y la taquilla perviva- se centra tan sólo en la figura del mítico personaje y no en la intención última que presenta el guión de este aparentemente nuevo Bond. Porque sí, este Bond parece en algunos aspectos otro Bond: rubio, expeditivo en sus métodos, más vulnerable en sus emociones, sin los clichés propios de las otras películas de la saga. Pero este guión no pretende salirse del camino trazado, sino elipsarlo a través de una tan pretensiosa como aburrida explicación de por qué Bond es Bond, James Bond; por qué disfruta del trabajo de agente secreto como si de un juego se tratase, sin importarle morir; por qué va de Casanova con las mujeres, sin implicarse en las relaciones más allá del polvete de lujo. En definitiva, esta película -como ya hiciera el Batman de Christopher Nolan- intenta servir de tesis que nos haga comprender la lógica que vertebra el mundo aparentemente estandarizado de este héroe contemporáneo, tan necesitado -la taquilla manda- de una limpieza de estilo que lo adapte a los valores del espectador de hoy. Pero este cambio es aparente, porque en el fondo esta tesis se resume en la siempre recurrente dialéctica que se cuece en el interior del héroe: su frialdad es una máscara –todos los héroes tienen una-, un muro con el que protegerse contra el dolor de una pérdida -todos los héroes tienen una-. Por esta razón, Bond es tan caricaturesco, tan previsible, tan cerrado, y así tan permeable a convertirse en un mito. Las últimas palabras que pronuncia Bond en esta película no poseen tan sólo un carácter estético; son también las palabras del nacimiento del Bond que todos conocemos. Es al final de esta apertura cuando comienza la saga; esta película es sólo su innecesario preámbulo. Él mismo se nos presenta ante el espectador como el que será y ya sabemos que es, aunque sin conocer –ni importarnos mucho- por qué llegó a ser así. Por cierto, ¡qué sutil acierto el del director llamar Elipsis al plan maligno de Le Chiffre! Toda la película es una elipsis con la que explicar -¿realmente era necesario?- la esencia del personaje; una elipsis que regresa al origen para entender al héroe, y a su vez -aquí entra el estudio de mercado- renovarlo sin cambiar mucho ni incomodar a los persistentes seguidores. Esperemos que las próximas películas desestimen remedar el drama del agente secreto, y sigan ofreciéndonos más de lo mismo, con briznas prudentes de innovación. Eso sí, con el Bond rubio, que promete.

Casino Royale gustará quizá un poco más a los no tan aficionados a la saga, y los que ya lo son quedarán sólo en parte decepcionados porque el director haya andado sobre las huellas del héroe para mostrarnos algo que al condicional de Bond poco importa más allá de ver a su héroe en una nueva aventura, siembre igual y siempre diferente. Incluso el intento de hacer combinar por un lado la construcción de la identidad del personaje y por otro su nueva –primera en realidad- aventura tras los malos, diluye o dificulta que la trama fluya con sencillez en algunos tramos de la película.

En fin, por lo que a mí respecta no veo necesaria una explicación que me haga comprender por qué Bond es quien es. Me basta su banalidad, su sarcasmo, su inteligencia a veces fría, a veces burlesca, su invulnerabilidad física, su elegancia, su imán con las mujeres, en definitiva, su máscara. Sin máscara no hay personaje; desvelarla es traer a nosotros la persona. Y ¿quién quiere a la persona, a un James a secas? Yo por lo menos no. Me quedo con Bond, James Bond. Si es que no se lo cargan en las próximas incursiones. De todas formas, ver de nuevo a Craig de Bond no me desagradaría. Quizás es lo mejor de Casino Royale. Pero que cambien de director y de guionista, ¡por favor!

Postdata: aquí dejo algunas observaciones para el debate:

Eva Green está espectacular, pero desaprovechada. Se enñoñece de lo lindo en la segunda parte, haciendo de mera comparsa. ¿Para cuándo dejarán el rollito guapa, pero inteligente? ¿Por qué no mostrarlo sin decirlo? El cine negro norteamericano lo hacía y quedaba bien. Es más convincente la mujer árabe del mafioso -¡qué doblaje el suyo!- a la que Bond se casi agencia a cambio de información. Hasta en esto se nota que este Bond no es aún Bond; él nunca dejaría el trabajo a medias.

Estupendos créditos y estupendo inicio en bicolor. Parecía que la cosa iba por buen camino, pero…

La coreografía de la persecución inicial está muy lograda y divierte con esas acrobacias a lo Luc Besson en Yamasaki.

Mads Mikkelsen, el malo, es quizá el único personaje que tiene algo de caricatura en la película –ese ojo que llora sangre es digno de cualquier friki de comic-, al estilo de los otros malos de la saga. Por cierto, este actor noruego sale en nuestra Torremolinos 73.

Bond se moja, se ensucia y tiene a veces un vestuario de peón albañil. No está mal, mientras llegue impecable al casino. ¡Como tiene que ser!

Por fin encontramos un Bond que cuando atiza mamporros suena de verdad y no a batuka.

Lo que disfrutarán las feministas al ver cómo en la escena de la playa el Bond de Craig se equipara a Ursula Andrews, eso sí, con menos teta y más musculatura.

¡Qué gustazo eso de ver cómo cae un edificio veneciano y, por supuesto, saber que es mentira!

¿No os parece excesivamente larga la escena de la partida de póker en el casino? ¡Vaya guión!

¿No os parece igualmente cansino que los productos de Sony aparezcan en todas partes? Ya sé, son cosas del mecenazgo.

La canción que abre la película -You know my name, de Chris Cornell- es perfecta para enfatizar lo que nos encontraremos después, y no desentona del perfil de canciones Bond.

Siguen destrozando el coche, un Aston Martin por cierto. Quizá el traje y el coche sea de lo poco que conserva el glamour añejo de la saga.

¿Es esta película lo que esperaba Ian Fleming de su Casino Royale? Quizá este escritor buscaba un agente secreto menos glamuroso y juguetón, más profesional, frío, a lo Chacal. Quizá en las siguientes entregas veamos esto. Quizá nos guste más este otro Bond. Quizá dos más dos sean veinte. O quizá sea mejor que Bond siga siendo Bond; y Bourne, Bourne; y Bart Simpson, Bart Simpson. De lo contrario, los efectos especiales se beberán en Martini de Hollywood al personaje, y convertirán a Bond en una especie de Bruce Willis trajeado. ¡No, por favor!

En las posteriores películas de la saga, ¿beberá Bond el Martini agitado?, ¿le resbalarán las balas?, ¿sus trajes permanecerán impolutos?, ¿dejará de enamorarse?, ¿volverán los malos a ser malos de verdad?, ¿dejarán las chicas Bond de tener que demostrar que son inteligentes, para caer de todas formas en las garras del agente? Y lo más importante, ¿disfrutará Bond de su trabajo en la siguiente película? En esta cinta parece un Terminator con un corazoncito a lo Sonrisas y lágrimas. Si es así, yo me apunto.

TEASER:


CANCIÓN:


CICLO DE CINE "LA VIOLENCIA DE GENERO Y EL CINE"

Con motivo de la próxima celebración del día Contra la Violencia de Género, el Laboratorio de Género del proyecto Promising Practices for Women de la Iniciativa Comunitaria Equal junto con el Centro de Información a la Mujer del Ayuntamiento de Estepa ponen en marcha desde el 10 de noviembre hasta el 1 de diciembre de 2006 un ciclo de cine que bajo el título "La Violencia de Género y el Cine" pretende profundizar en un tema que día a día se está convirtiendo en una cuestion social que entre todos hay que erradicar.

El ciclo de cine se desarrolla en el Salón de Actos del Edificio Alcalde Niño Anselmo a las 18.30.

Se proyectan las películas: "Dias de Vino y Rosas" (10 de noviembre), "El Bola" (17 de nobviembre), "En tierra de Hombres" (20 de noviembre), y "La Ruptura" (1 de diciembre).

Aquí os dejo un enlace interesante: cine español y violencia de género.

CARTEL OLVIDADO


Como he visto en tu selección de carteles dos películas de Woody Alen me permito añadir uno más. Espero que esta "película menor" no desentone entre tanta "película mayor".






Ndeysaan

The Price of forgiveness / Le prix du pardon / El precio del perdón

Mansour Sora Wade nos hizo este regalito en 2001, adaptando de forma libre un cuento tradicional africano. La simplicidad bíblica de la narración no hace más que acentuar la calidad plástica de la película. Despierta sentimientos universales de celos, venganza y perdón, pero depurados de toda forma de maniqueismo. Así el perdón se aleja de la concepción judeo-cristiana, y el mal, más que una problemática moral, se presenta como una forma de desorden del mundo. Lo sobrenatural, lo sagrado se abordan desde un pensamiento mágico, lo cual no es nada innovador, pero la forma en que el tema es tratado por este director senegalés aporta originalidad y ante todo una sensibilidad y belleza delicadas. Destaca el tratamiento de la fotografía, no sólo desde el punto de vista técnico, sino también por la simbología colorista con la que se envuelve este regalo. Por último, el tiempo pasado desde que la ví, no ha desdibujado la que es sin duda la más bella de las escenas. La larga danza ritual-iniciática en la que el asesino, disfrazado de leopardo, vive su metamorfosis e inicia el camino de la redención. Ambientada en un un tiempo impreciso, en el sur de Senegal, nada mejor que dejarse seducir por la calidez del lenguaje, es decir, una pelicúla para disfrutarla en V.O.

JOHNMERRICK PROPONE

“Me gustó más el libro”

¿Cuántas veces hemos escuchado o pronunciado esta frase después de haber asistido a la proyección de una película?
Habitualmente, existe un conflicto entre la literatura y el cine, entre una novela y su adaptación cinematográfica. Un desencuentro casi irremediable pues hablamos de dos formas de expresión totalmente distintas, de las que en realidad, no nos engañemos, deberíamos esperar cosas muy diferentes. El conflicto real suele existir entre las expectativas que tiene el lector y la adaptación de esa novela que logró conmoverle.
Gabriel García Márquez opina que… “He visto muchas películas buenas hechas sobre malas novelas, pero nunca he visto una buena película hecha sobre una buena novela”.

JOHNMERRICK propone: llevar la contraria a Mr. Gabo.

Aprovechando el estreno de El Perfume. Historia de un asesino, busquemos en nuestra memoria adaptaciones cinematográficas que no nos defraudaron. No es necesario que hablemos de obras maestras -aunque si es así, mejor que mejor-, es suficiente con que logremos recordar una ocasión, aquella ocasión, en que con la llegada de los créditos finales y todavía en la oscuridad de la sala, no surgiera de inmediato la sombra de aquella jodida frase... “Me gustó más el libro”.

JOHNMERRICK espera...

Algunos carteles

Algunos carteles que recuerdas con el paso del tiempo, sin saber muy bien qué les hace especiales. A veces no dirías que son gran cosa, pero pasean a tu lado, recordándote que tu memoria tiene nombres, lugares o gentes que estuvieron allí al ver esas películas...











Confesiones de un enfermo


Criticar una película es la mayoría de las veces un acto de violación en toda regla, ya que ir al cine y experimentar en tus retinas la vida en celuloide es un hecho esencialmente factual e íntimo. El encuentro inquietante y gozoso entre el mundo que se nos abre ante la pantalla y el irreperable requerimiento de nuestra existencia es y será siempre el motivo primero de todo quien disfruta del cine. El juego posterior de comentar la experiencia, juzgarla, opinarla, ponerla a parir, exagerarla, o cualesquiera de los otros actos que se le ocurre a un espectador después de finalizar la película, son un intento de prolongar el goce del instante vivido, o la excusa perfecta de ejemplizar nuestras propias ideas a través de la película, o bien cumplir fielmente el papel de sicario de la profesión de crítico, a mayor gloria de una cuenta corriente o de una fama social de listo de la hostia -la mayoría de las veces nunca reconocida por el público propiciamente sensato.

Criticar una película es como comentar con los amigotes cómo folla tu novia. Supone siempre rebajar a la categoría de noticia o espectáculo lo que tan sólo es un acto de sincero placer. Comentar esta vivencia requiere una complicidad que no se consigue fácilmente. Por eso quienes pueblan el patio de una sala de cine callan al comenzar la película
-cada vez menos, ¡ya lo sé!-, se molestan si alguien interrumpe o se miran entre ellos de soslayo sin mediar medio monosílabo. ¿Por qué? Porque un nuevo interlocutor requiere nuestra más dedicada atención, un sueño que -como la vida- pasa a nuestro alrededor, repleto de momentos irrepetibles, miradas derritientes, frases fascinantes, y más... Sólo que aquí todo se concentra, se hace mágico, y a la vez se alarga para nosotros y se convierte en algo real, posible. Por eso todos, actrices, actores, amores, guerras, duelos, silencios, sonidos, todos se quedan con nosotros más allá de la sala, en nuestro quehacer diario, y regresan de vez en cuando a modo de otros diálogos, otros gestos, otros paisajes... Compartir algo así es un acto de valentía, porque con cada palabra emitida una parte de nosotros emigra hacia el que nos oye y se queda también en él, para a su vez volar de nuevo hacia otros conversos.

Por eso todo acto de criticar es si acaso un manifiesto de amor, una apasionada y por lo tanto inútil forma de prologar la experiencia de disfrutar el cine. Y de esto poco se puede decir, o si es el caso, no dejar de hablar. Ambos excesos son síntomas inconfundibles de esta contagiosa enfermedad de la que por suerta nadie quiere ser sanado.

Un Saludo Inicial McMurphy

Un Blog para hablar de cine. ¿A quién se le ha ocurrido esto? Da igual, parece divertido. Hoy sólo os envío un saludo pero... prometo participar.

El ilusionista, de Neil Burger

El cine es sueño, y los sueños no sólo sueños son



Si he de ser sincero, diré que esta película me ha ilusionado, sí ¡ilusionado!. En este sentido, el director estará encantado conmigo, ya que sus intenciones con este artificio cinematográfico se han visto recompensadas. No creo que Neil Burger pretendiera otra cosa que ilusionar.
Entiéndaseme el significado que el término adquiere en el contexto de esta película. Un ilusionista es una persona que realiza juegos de magia, creando ilusiones en uno o más de los sentidos (visual, auditivo, etc.) y en la mente, haciendo parecer realidad lo imposible. Esto es lo que pretende el prestidigitador Eisenheim en una Viena tan hermosa como mágicamente fotografiada. El ilusionista pretende con su puesta en escena generar en el espectador una ilusión de realidad, como hoy mismo logra muy a menudo el complejo arte del cine. Por eso, el director consigue con esta película desvelar un metadiscurso acerca de la naturaleza misma del séptimo arte, cuyo objetivo es el mismo que el del protagonista: crear sensaciones que hagan pensar al espectador que durante las dos horas de espectáculo todo lo que sus ojos ven y sus oidos logran escuchar son realidades, o más aún, milagros vivientes extraídos de nuestros más profundos deseos. De hecho, el ilusionismo de escena -mezcla de espectáculo de magia y teatro- que se realizaba en Europa ya por el siglo XIX, y que atraía tanto a regias personalidades como a las clases populares, vislumbra ya y antecede a lo que será poco más tarde el cinematógrafo. Por esa razón, esta película es cine dentro del cine, es decir, un mero juego a través del cual el director nos demuestra que su profesión no es tan seria como críticos, cinéfilos o entusiastas del medio pretenden; que el cine no alecciona, no enseña ni moraliza, que sólo entretiene, agrada o enamora. Y esto no es poca tarea. Todo es mentira en el cine: los besos, la muerte, incluso el amor. He ahí su gloria, su capacidad de hacernos soñar. Esta tesis se hace suficientemente explícita en la escena en la que Eisenheim, desde el balcón de la oficina de policía, calma el entusiasmo de su público subrayando que él sólo es un mago, no un cura ni un chamán. Id tranquilos a vuestras casas y mañana asistid a una nueva representación que os hará de nuevo soñar.


Pero incluso en esto la película de Burger da un doble de tuerca ingenioso. Igualmente incierto es afirmar que el cine es puro entretenimiento, sin conexión con la realidad ni poder de transformarla. El cine enamora -no sé si tan apasionadamente como lo está el personaje de la elegante y contenidamente sensual baronesa-, pero también ilustra, categoriza, defiende, juzga y piensa. Esta capacidad del cine de hacernos pensar está esctrechamente conectada con su otra capacidad, la de enamorar. Difícilmente podría convencer sin enamorar. Lo emocional y lo intelectual generan esa aleación mágica que es el cine. Por eso, el director decide tirar la escalera con la que había hecho crecer su guión, para desvelar la verdad que sin mucho misterio ya se intuía en cada fotograma: todo es mentira, pero esta mentira tiene una intención, un propósito político. El arte como arma arrojadiza contra los totalitarismos, las tiranías, los sistemas corruptos, y el arte como creación de realidad, más allá de lo establecido por el orden vigente. La creación artística es y debe ser siempre políticamente incorrecta, u-tópica, desinstalada, inquieta; debe traer a nosotros lo posible, lo que aún no es pero podría ser. Por eso es molesta, incómoda para los poderes fácticos. Y todo esto lo consigue a través de emociones, fugaces visiones de mundos inexistentes pero soñados por nuestra mente.

Este giro de guión deconstruye la impresión primera de que realmente estamos ante una película cardio-romántica o de intriga policíaca. Sí es romántica, pero más bien anarco-romántica. Su romanticismo es enteramente político. De hecho, la historia de amor es mostrada en la película a través de la historia inicial de los niños enamorados -un cuento de amores imposibles a lo Romeo y Julieta, mil veces visto en el cine, pero deliciosamente fotografiado en tonos sepia- o mediante los dos breves encuentros entre los amantes, que más que ahondar en la trama, meramente ilustran un estado de cosas del todo evidente. Nada del otro mundo para hacernos creer que, aunque a los personajes les mueve el amor, ésta sea una película romántica a lo pretty woman. En la escena de uno de los encuentros entre el ilusionista y el policía, éste confiesa su escepticismo profesional. ¿Realmente cree que puede hacerlo? No se engañe, ellos nunca le dejarán. El poder lo engulle todo a su alrededor. Yo soy hijo de carnicero y eso no puede cambiarse. Sin embargo, Eisenheim esboza una leve sonrisa, como de niño juguetón que sabe de la trampa que espera tras la puerta. Porque eso es Eisenheim y con él todo el cine, un niño idealista que sueña que el celuloide puede enamorar a todos con ilusiones y encima cambiar la realidad.

Miren dentro de la chistera
; un conejo blanco les espera sonriendo. Un conejo que en ningún caso es real, como todo lo que hasta ahora hemos escrito, como todo lo que pueden ver en una sala de cine. Es lo que tiene ser posmoderno: para tomar en serio algo es preciso caer en la cuenta de que todo es banal y pura apariencia. Riamos pues y que viva el espectáculo.

Postdata: la idea de recuperar para los vivos una imagen de los muertos me recordó mucho al espectro del padre en el Hamlet de Shakespeare. Además, en ambos casos el fantasma sirve de detonante para mover a los personajes hacia la restitución de la justicia. Qué pena que este Romeo y Julieta de Burger no termine en tragedia; pero ya se sabe, no estamos ante un doloroso drama premoderno, sino ante el luminoso pseudoromanticismo posmoderno. Todo es posible mientras todo siga siendo lo que es. Dios salve a América. Amén.


Pequeña Miss Sunshine, de Jonathan Dayton y Valerie Faris

UNA HISTORIA AMERICANA


Comedia agridulce que -como muchas otras películas estadounidenses recientes- reflexiona acerca del universo creado por una sociedad que gira en torno a un modelo fagotizador basado en el éxito económico y el prestigio social. Por eso no se nos muestran personajes arquetipo, tan comunes en el cine de este país; aquí sólo -¿sólo?- se nos muestran seres creíbles, de carne y hueso, ruinas vivientes, supervivientes de un sistema cultural no tan alejado del nuestro propio. Un abuelo que intenta disfrutar como puede de la vida que le queda escupiendo sobre el mundo y esnifando coca; un tío escritor y ex-suicida que regresa al hogar después de un frascaso amoroso; un padre que representa al wonderful way of life americano (por poco tiempo); un hermano autista, reñido con el mundo, que lee a Nietzsche ysueña con volar lejos; una madre orquesta, que recoge como puede los restos que quedan de su familia; y por último, la pequeña Olive, una niña como tantas, feliz, ilusionada con los concursos de belleza de la tele. Como podéis inferir de lo dicho, una familia como tantas otras: simplemente diferente.

Pequeña Miss Sunshine no engaña con giros de guión, ni se pega a la fácil sensiblería o al folklorismo de las típicas películas sobre familias de clase media americana. Desde los primeros minutos todo queda claro, y casi que podemos intuir con precisión las cartas con las que juegan sus directores. Sencilla -quizás en exceso- y de moral categórica, no deja ver más que lo que hay. Los directores
-por cierto, marido y mujer en la vida real- se valen de un aperentemente corto road-movie catárquico para hacer moverse a sus personajes, paralizados por la angustia de no responder a lo que la sociedad pide de ellos, y obligados por pura supervivencia vital a redescubrirse como personas libres, más allá de esos imperativos culturales. Uno de ellos, el abuelo, dejando paso a que su nieta realice las ilusiones que él un día dejó pasar de largo y ahora le amargan; el padre, pasando al otro lado, el de los humanos, los "fracasados"; el tío, empatizando con una familia que tampoco tiene desperdicio y que le hace recuperar el oxígeno que necesita; el hermano, liberándose del yugo de "deber ser" alguien en la vida...


Me hizo pensar especialmente la escena en la que el adolescente de la familia escucha impotente a sus padres discutir, tumbado en la cama de un motel de carretera. Su tío le enciende la tele y le anima a que desoiga la discusión. Mientras, el canal de televisión nos muestra la imagen de Bush, arengando a los ciudadanos a la unión patriótica por una américa fuerte y libre. Por supuesto, el adolescente apaga la tele y prefiere seguir escuchando estoicamente a sus padres al otro lado de la pared del motel.

En definitiva, una película de factura modesta y resolución no menos modesta, que por lo menos no te lleva a otro huerto que no sea el que tú quieras plantar. Y esto es de agraceder. ¿Es pedir poco?


Vicent, de Tim Burton

Recupero para quien aún no lo haya visto este corto de Tim Burton sobre el siempre recurrente y prolijo personaje de Frankenstein. ¡Una delicia gótica! Disfrutad...

Borat, de Larry Charles

He de reconocerlo: ni conozco el personaje de Borat ni he visto aún la película. Pero sólo con ver el estupendo trailer que os añado más abajo, iré directo al cine en cuanto la estrenen. La verdad es que me parece un aire fresco en estos tiempos que corren de corrección política y multiculturalismo light.

Al parecer este personaje posee otros dos alteregos: Ali G, un cantante de hip hop que conduce un programa de entrevistas que suele confundir, sin rubor alguno, a un veterano de Vietnam con un veterinario vietnamita; y Bruno, un reportero de modas de una supuesta tele austríca gay. Pero con este descerebrado periodista oriundo de Kazajistán de visita en los Estados Unidos para conocer el modo de vida de los estadounidenses, el personaje supera -al parecer- su cutreidad banal a lo Torrente para ofrecernos un espejo esperpéntico de lo peor de nuestras acomodadas y autistas culturas pseudocivilizadas.

Habrá que verla, ¿no creéis?

Web oficial en español: http://www.fox.es/borat/


Infiltrados, de Martin Scorsese

Gozoso y esperado regreso de Scorsese al cine con mayúsculas. Y lo hace como mejor sabe: recuperando sus temas preferidos, sus personajes de difícil digestión, de moral difusa y dilemas shakesperianos. Ya en Uno de los nuestros nos mostraba a mafiosos que disfrutan de lo que hacen y salen ilesos del intento. Quién no salió de esa película diciéndose: ¡joder, qué bien se lo montan estos tíos, quién fuera uno de los suyos! Una voz en off que comienza diciendo «que yo recuerde, desde que tuve uso de razón, quise ser un gángster» nos mostraba la entrada, auge y decadencia de un joven mafioso, hijo de padre irlandés y madre siciliana, testigo de la vida de poder, honor y respeto que llevan los gangsters que habitan en su barrio, en una zona de Brooklyn donde son mayoría los emigrantes, y que está bajo la protección del patriarca de la família Pauline, Paul Cicero. Y es desde esta fascinación del niño inmigrante por el padre poderoso e inmoral desde la que vuelve a arrancar una historia de los nuestros igual y diferente a la película de 1990. Sin embargo, la de ahora es una narración más psicológica y de múltiples lecturas, aunque igualmente física y voraz. Reaparece la figura del padre todopoderoso y fagotizador de la mano de un Jack Nicholson soberbio y por suerte exagerado. Y reaparece también la figura del niño-apadrinado que sigue el rastro del que manda a cambio del poder que le brinda estar entre los buenos, pero seguir siendo de los nuestros (los malos).

¿O es al reves? Porque en esta historia la moral es confusa. Frank Costello es el malo, pero sin embargo parece un ser íntegro, entregado a su lógica desmadrada con una disciplina matemática. Por el contrario, los infiltrados son ratas de ciudad, que mienten por mantener su identidad. Hay en esta transmutación moral un juego de apariencias que es parte integrante del cine de Scorsese, empeñado en todas sus películas -recordad La edad de la inocencia o Al límite- por desvelar lo alienante que puede llegar a ser la sociedad moderna, embruteciendo cualquier alma inocente. Sólo los seres sin arma pueden recuperar su alma. Esta es la historia de EE.UU., frente al pensamiento conservador de la nueva América de la era bushiana.

De ahí que Infiltrados adquiera de inmediato el tono de una determinista tragedia griega, donde la muerte se asume como fatal, fruto de los actos acumulados por los hombres. La imagen final de una cúpula dorada coronando el cielo de la ciudad,
la misma cúpula que tanto fascinaba al niño-inmigrante ya convertido en un hombre al servicio del poder, es una simplista pero aplastante demostración de que Scorsese quiere ser maduro, mostrar y también demostrar la lógica del poder norteamericano, su fascinación en una generación de inmigrantes que decidieron caminar por el lado oscuro de la vida. Esta tragedia es parte de la historia de EE.UU., como ya se encarga Scorsese de destacar en la edulcorada Gangs of New York, o como en gran parte de la historia del cine de gansters norteamericano (El Padrino, Érase una vez en América, el Scarface de Brian de Palma, etc.) Quién no recuerda esa bienvenida de la Estatua de la Libertad a un puñado de inmigrantes tan hambrientos como ilusionados en El Padrino de Coppola. El mismo escritor Mario Puzo fue hijo de inmigrantes italianos pobres. Sin la elegancia del padrino de Coppola, Brian de Palma replantea el mismo tema, la misma situación, pero desde el exilio alentado por Castro de miles de cubanos -la mayoría de ellos repudiados por delincuentes, homosexuales o disidentes políticos- a las puertas de un Nueva York del que sueñan un futuro próspero. Pero pronto la ensoñación se torna en una pesadilla de la que saldrán por la puerta grande. El sueño del capitalismo produce monstruos. Esta es la lección del género. Y el cine ha hecho de esta tragedia arte, pura belleza extrema.

TRAILER



BANDA SONORA

1. Let It Loose - The Rolling Stones
(Impresionante el inicio con un Nicholson haciendo de maestro de ceremonias)

2. Comfortably Numb - Rogers Waters feat. Van Morrison & The Band
3. Sail On, Sailor - The Beach Boys
4. Sweet Dreams - Roy Buchanan
5. One Way Out - The Allman Brothers Band
6. Baby Blue - Badfinger
7. I'm Shipping Up To Boston - Dropkick Murphys
8. Nobody But Me - The Human Beinz
9. Tweedle Dee - LaVern Baker
10. Sweet Dreams (Of You) - Patsy Cline
11. The Departed Tango - Howard Shore Featuring Marc Ribot
12. Beacon Hill - Howard Shore Performed by Sharon Isbin

Bienvenidos

Bienvenidos a este blog que comienza con la vocación hedonista de disfrutar en lo posible y compartir ese placer con quienes deseen ser complices de ese fugaz sueño que es el cine. No hay mayor satisfacción para un cinéfilo -permítaseme este término pretencioso- que la dialéctica constante a la que nos somete dejarse llevar por la divagación insustancial y el debate sin tregua sobre este arte quebradizo pero divino que es el cine.


Os espero en el cine, y aquí si me permitís que el placer de soñar no sea sólo mío...



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