Breve encuentro

-¿Puedo ayudarla?
-No, gracias. Es algo que me ha entrado en el ojo.
-Permítame que lo vea, soy médico.
-Es usted muy amable.
-Vuélvase hacia la luz, por favor. Mire hacia arriba. Hacia abajo. Quieta, ya lo veo. Ya está.
-¡Qué descanso! Era molestísimo.
-Parece una arenilla.
-Fue al pasar el expreso, muchas gracias. He tenido suerte de encontrarle a usted.
-Cualquiera lo hubiera hecho.
-Pero ha sido usted, y se lo agradezco.


Una arenilla en un ojo, un cruce de miradas y el Piano Concerto nº2 de Rachmaninoff. Así empieza una de las historias de amor más bellas del cine: Breve encuentro. Un hombre y una mujer se conocen fortuitamente en una estación de tren. La relación entre ambos empieza como una amistad; pero muy pronto desemboca en un romántica historia de amor que les saca de su rutinaria existencia. El dilema que se han de plantear está claro, aunque la decisión no es fácil: seguir juntos y romper sus respectivos matrimonios... o dejar de verse para siempre.

Celia Johnson y Trevor Howard no son actores. Son los desconocidos en el andén. La historia de amor se desenvuelve de forma tan natural que la infidelidad se presenta como algo casi razonable, inevitable; y a pesar de todo los protagonistas nos hacen ver que el hombre se rige por los principios morales que él mismo se ha impuesto, y que en el amor todo vale, pero en la vida real no.

Breve encuentro está basada en una pieza teatral de un solo acto, Still Life. Verdaderamente revelador. El guión lo escribió el dramaturgo inglés Noel Coward, cuya maestría a la hora de retratar con sutileza la vida cotidiana de la sociedad británica dió maravillas como La vida manda o este encuentro, breve como la vida misma. Y David Lean, antes de sus superproducciones, la dirige.

Una estación de ferrocarril, dos adultos que ya no esperan ningún tipo de aventura existencial y la posibilidad de coger, por última vez, un tren que les dé un nuevo rumbo a sus vidas. Pero el miedo, la fragilidad y el desamparo son obstáculos imposibles de sortear. En esta obra de arte, intimista y triste, tan imitada como inimitable, David Lean supo dar lo mejor de sí mismo antes de lanzarse a aventuras más ambiciosas, aunque nunca de una intensidad semejante, quizás porque allá donde en sus grandes producciones los rostros de los actores se perdían entre multitudes y escenarios de ensueño, en Breve encuentro a la cámara le bastaron los pequeños detalles para que lo real fuese más real.

Los años pasan, pero todavía seguimos conteniendo la respiración ante tal torrente de emociones. Nunca hemos disfrutando tanto gastando pañuelo tras pañuelo. Personajes, fondo, vivencias, porqués, explicaciones... Vida en estado puro.


Rebanada de biopics musicales

Ligar la figura del recientemente fallecido James Brown al cine es a priori una empresa difícil, más allá de las dotes escénicas que con esmero histriónico ha demostrado poseer este monstruo del soul. Sin embargo cabe recordar su fugaz paso por este mundo en la -¡cómo no!- alocada The Blues Brothers (1980), de John Landis, en la que da vida a un inefable reverendo.

Pero no es para recordar su paso en el cine para lo que nos paramos en la figura de este soulman, sino para anunciar cómo el cine ha decidido acercarse a él. Siguiendo la moda reciente del cine norteamericano por buscar temas de interés en biopics de personajes del mundo de la música, Spike Lee no ha sido menos y parece ser que nos brindará para 2008 la posibilidad de ver en pantalla grande los excesos vitales de James Brown. Quizá busque un oscar, como ya obtuvieran los biopics de Ray Charles (Ray, de Taylor Hackford) y Johnny Cash (En la cuerda floja, de James Mangold).

A James Brown le debe mucho a la música contemporánea. El creador de temas emblemáticos como Sex Machine o I Feel Good inventó la música funk, inspiró los movimientos de baile de Mick Jagger y Michael Jackson, y ayu
dó a preparar el camino para el hip-hop. Supongo que la querencia de Spike Lee a retratar la deuda que tiene EE.UU. con la cultura afroamericana le ha llevado a volver su mirada hacia este mito de la música. Si a esto le unimos la tormentosa y acelerada vida que llevó, tenemos material suficiente para hacer una película cuando menos sugerente, aunque la verdad es que ya estoy un poco cansado de tanto biopic mediocre.

Y es que la vida de Brown no fue un camino de rosas. Su tía -con la que se crió- dirigía un prostíbulo. El pequeño James tuvo muy pronto que currar en lo que caía. Pasó tres años en la cárcel cuando aún era menor -acusación: robo con arma e intimidación-, y otros tres en un reformatorio. Ya talludito le acusan de maltrato a su mujer y consumo de drogas. Otros tres años en el trullo, aunque pudieron ser seis. La historia se repitió con su última esposa en 2004, pero esta vez
con pagar fianza bastó. En fin, un tornado que ni la música lo calma; y es que el cuento del flautista de Hamelín era un timo.

Espero que no nos venda Spike Lee un producto acomodado a la
corrección política, intentando redimir al personaje de sus desmadres a través de la pasión por la música. Esas historias no me dicen mucho. En Ray lo de menos era si Ray Charles se drogaba o si engañaba a su mujer; de hecho es en esas historias cotidianas donde esta película hace aguas o se queda en mero telefilm basado en hechos reales. Sin embargo, cuando Ray entra en el estudio de grabación, se pone los cascos y mira al infinito dispuesto a abrir su voz única, el tiempo se detiene y todo es mágico. Lo dicho, mezclar música con moralina es lo peor que se puede esperar de un biopic.


Sólo, que mi memoria alcance, me convence y conmueve la estupenda Bird del aficionado al jazz -también es un nada desdeñable compositor e intérprete- Clint Eastwood. Y me conmueve porque se mueve con respeto y melancolía por encima de la triste vida del genio de Charlie Parker. No hay corrección política ni moralina en la cinta de Eastwood, aunque active nuestra empatía ver cómo se trunca la vida de un gran hombre. En Bird la capacidad creadora de Parker se presenta como trágica terapia y a la vez como acelerador del esperado final del personaje. Pero no hay consideración ni compasión en la mirada de Eastwood. La vida es triste y el jazz nos hace olvidarlo. Nada más y nada menos. Bird es una película tan triste como grandiosa. Un homenaje intenso a la vida de un músico extraordinario y una mirada emotiva pero sin contemplaciones hacia su devenir. Y el resultado es hermoso. Si no la habéis visto y os gusta el jazz, es recomendable acercarse a esta película.

No se puede decir lo mismo de Ray, En la cuerda floja, Beyond the sea, y demás productos de consumo fácil y moral condescendiente, donde se muestra el lado oscuro del personaje para de-mostrar al final que no era tan malo como aparentaba y que se merece nuestra conmiseración y cariño. Todo muy tramposillo. La moda de los biopics no parece que tenga freno. Se esperan los de Edith Piaf (La Môme, del olvidable Olivier Dahan), Miles Davis (interpretado por el magnífico Don Cheadle), Iggy Pop (The Passenger, del lógicamente desconocido Nick Gomez), Nina Simone (aún sin precisar). Josh Hartnett -Tanhausser es devoto admirador suyo- va a dar vida a Chet Baker (¡qué barbaridad!, físicamente son noche y día) en The Chet Baker Story, de Bruce Beresford. Gospel according to Janis revisitará la vida de Janis Joplin. Y Bob Dylan en la que será titulada I’m Not There. Incluso Freddie Mercury tendrá su propio biopic. Y piensan llevar a las pantallas a Lenny Kravitz como Jimmy Hendrix, de la mano de Lee Daniels (productor de la intensa Monster's Ball).

Sírvanse ustedes mismos. De seguro el menú les saciará y la digestión será discreta. Eso sí, más música y menos historias
(a no ser que sea de la sabia y reposada mano de Eastwood).




Nos vemos en el cine...

El truco final (El prestigio)


Prometeo begins

Christopher Nolan nos sitúa no se sabe bien si a finales del siglo XIX o ya entrado el iluminado siglo XX, pero uno sabe desde el principio que el dominio de la tecnología se apoderará muy pronto de toda actividad humana, incluida el aún virginal por entonces séptimo arte, precedido por las escénicas ilusiones de los magos de salón. Aunque la magia se diferencie de la ciencia en que aquélla se concentra en la ilusión creada en el espectador de que lo que ven va más allá de la ciencia, el saber científico basa su poder en el desvelamiento impúdico del truco, revelado ya como una ley más de la naturaleza. Sin embargo, en manos del saber tecnológico ambas disciplinas, magia y ciencia, devienen en puro y banal artificio a mayor gloria del mercado, muy a pesar de la el ilusionado optimismo del mago o del científico. Y es ahí donde esta película se presta con acierto a una nueva reflexión acerca de los efectos perversos del progreso tecnológico –incluida la posibilidad de clonar humanos-, a través de la mirada de estos dos magos, entregados hasta la muerte a la pasión irracional con la que sienten su arte. La competitividad entre ellos es tan voraz que fagocita como un agujero negro todo lo que se menea a su alrededor, amplificada aún más por la dependencia que tienen de los sistemas tecnológicos emergentes en los que basan la innovación de sus trucos.

Esta feroz dependencia de la tecnología se hace patente como una verdad de perogrullo en el arte cinematográfico, que muy lenta pero fatalmente irá desplazando de su trono al teatro (incluida la magia de salón), que no posee ni de cerca la capacidad de asombro que destila en cada fotograma el cine. De hecho, el séptimo arte se revelará como un espectáculo mágico para los primeros espectadores de inicios del siglo XX, que absortos no saben aún separar la ficción de la realidad debido al desconocimiento de esta nueva técnica. Este arte, al que muchos se entregarán con denodada pasión, se convertirá muy pronto en un palomitero producto de mercado globalizado en manos del viento que mueven las grandes multinacionales del audiovisual, y cada vez más afín a los nuevos descubrimientos técnicos en esta materia (véanse si no todos los avances en animación digital y efectos especiales).

Nolan se hace eco de este hecho, abordando el conflicto trágico entre arte y técnica a través del devenir de estos dos magos. Como Prometeo, poseen un entusiasmo casi infantil en lo que hacen, sin apreciar que un fáustico enemigo los devorará como castigo a su atrevimiento. De hecho, no es exactamente el arte lo que buscan los magos de esta película: es el conocimiento, el árbol de la ciencia, el desvelamiento del truco, la llave que fascine al mundo. Y por ello pagarán un triste tributo. Si Nolan hubiera sido malo, malo, ni siquiera hubiera permitido que el padre (no sabemos si el biológico) recuperara a su hija. Pero ya se sabe que las productoras (en este caso, Touchstone y Warner Bros.) no quieren que la gente salga del cine despotricando contra un final jodido. Para tragedias ya tenemos este mundo y sus telediarios.

Sólo (Nikola) Tesla -magnéticamente interpretado por un contenido David Bowie- entendía que había que destruir la máquina, que la ciencia es benévola cuando no se entiende como un poder, sino como sabiduría. Pero el emergente mundo tecnificado y capitalista no podía nunca entender esta premisa. Por eso, Tesla busca en el arte el último reducto de representación de su descubrimiento, ya que en manos del oportunista Edison hubiera sido objeto de negocio para las masas. Para los que no lo sepan, hay que decir que el personaje de Tesla no es inventado, sino que muy por el contrario está representado muy fielmente. Nikola Tesla existió –este pasado año se cumplieron los 150 años de su nacimiento- y fue un prolífico inventor; entre sus artilugios cabe destacar un sistema de iluminación fluorescente, el motor de corriente alterna, sistemas de generación y transmisión de energía, un generador de corriente de alta frecuencia. Sin embargo, fue en 1891 que Tesla patentó lo que un día podría convertirse en su más famosa invención: la base para la transmisión inalámbrica de corriente eléctrica, conocido como la Bobina Transformadora Tesla. Consistiría en la alimentación eléctrica sin cables. De este modo cualquier dispositivo dentro del radio de acción del sistema recibiría la energía necesaria para funcionar sin necesidad de cable alguno. Ya se le denomina wireless energy.



la bobina de Tesla

A
él le debemos también que hoy tengamos en nuestros enchufes corriente alterna, y no continua como defendía Edison –gracias a Dios, la propuesta de Tesla era más barata para el contribuyente-. Edison se encargó durante mucho tiempo de desprestigiar a Tesla, diciendo que era peligrosa y que podía electrocutar con facilidad a cualquiera. En 1888 el gobernador de Nueva York firmó el decreto que establecía la silla eléctrica como método legal de ejecución de criminales. Y se eligió la corriente alterna. Esto indignó a Westinghouse (que le compró la patente a Tesla), quien se negó a prestar sus aparatos para matar delincuentes. No quería que su sistema quedara asociado con la muerte.

Hasta el propio Marconi le debe a Tesla su radio, y ya tenía preparado un invento similar al televisor actual. En 1912 le otorgan el premio Nobel de Física, pero amargado por que este había sido otorgado antes a Marconi por ¿su? invento lo rechazó.

Pero lo más sorprendente es que Tesla no era un inventor al uso, más bien se trataba de un ingeniero místico, obsesionado con acercar al ser humano a sus raíces naturales a través de la tecnología. Nada más alejado del uso actual de los sistemas tecnológicos, cada vez más nocivos para el medio ambiente. Según Tesla, en el Universo todo es energía, y así todo está íntimamente ligado, o puede estarlo, si el ser humano lo quisiera. No es el caso de nuestros protagonistas.

Igualmente, Tesla soñó que llegaría un día en el que todo ser humano dispondría de electricidad gratis –versus el sueño mercantilista de Edison y sus secuaces, tan sucinta como meridianamente retratados en la película-. Otro sueño de ciencia-ficción. Si no, mirad vuestras facturas de Endesa. El mismo Tesla llegó a decir en cierta ocasión: “El conocimiento absoluto en manos de aquel que no tiene tierno el corazón, se convierte en un arma terrible.” Por eso quizá eligiera Nolan el sacrificio del amor como ingrata contrapartida al prestigio que da un buen truco, no como una triste pero bonita historia romántica, sino como catarsis que nos desvele lo crueles que nos hemos vuelto desde que Prometeo robara ¿para nuestro bien? el fuego a los dioses.

Nolan toma su película de la famosa novela "El Gran Truco", de Christopher Priest, quien utiliza el personaje de Tesla convirtiéndolo en inventor de un ingenioso (y mortal) aparato eléctrico utilizado por uno de los ilusionistas que protagonizan la historia. Y hoy en día incluso la comunidad científica ha terminado por rendirle honores dando su nombre (“el tesla”) a la unidad de medida de densidad de flujo magnético, que se emplea para calibrar las máquinas visualizadoras de resonancia magnética.

De la prometeica ingenuidad de Tesla quedan estas palabras: "En un futuro próximo veremos una gran cantidad de aplicaciones de la electricidad: Podremos dispersar la niebla mediante fuerza eléctrica. Centrales sin hilos se utilizarán con el propósito de iluminar los océanos. Se conseguirá la transmisión de imágenes mediante hilos telegráficos ordinarios (transmisión sin hilos de inteligencia y energía). Otra valiosa novedad será una máquina de escribir operada mediante la voz humana. Tendremos eliminadores de humo, absorbedores de polvo, esterilizadores de agua, aire, alimentos, y ropa. Se convertirá en imposible contraer enfermedades por gérmenes y la gente del campo irá a las ciudades para permanecer allí. Transmisión de energía sin hilos (producida por generadores ambientalmente compatibles) para que el hombre pueda solucionar todos los problemas de la existencia material. La distancia, que es el impedimento principal del progreso de la humanidad, será completamente superada, en palabra y acción. La humanidad estará unida, la guerras serán imposibles, y la paz reinará en todo el planeta."

En el fondo, El truco final defiende la tesis no menos ingenua, pero temporalmente consoladora, de que sólo el arte -cuando es tomado sólo como lo que es- se convierte en un arma prodigiosa contra los absurdos. Ójala sea cierto, y nunca despertemos del embrujo que genera sobre nuestra mente la magia de este buen truco.

web oficial



TRAILER

Nos vemos en el cine...

BANDERAS DE NUESTROS PADRES de Clint Eastwood



Con cierto temor inicio mi crítica sobre esta película sabiendo como sé el prestigio del que goza el director, del que se ha dicho que se trata del último director clásico. ¡Qué grandes son las palabras, más incluso que el cine en ocasiones!

Me confieso un admirador de Clint Eastwood, del actor y del director. He disfrutado viéndole, sobre todo, en
El Seductor (uno de sus mejores papeles, y más desconocidos), pero también, por supuesto, en Dos mulas y una mujer, en El bueno, el feo y el malo, en La muerte tenía un precio, en El jinete pálido y, cómo no, en la saga de Harry el sucio, donde compone un gran personaje (otra cosa es comulgar con su ideología) que luego han querido imitar otros actores asociándose a la imagen de un detective o policía (Tom Cruise, Matt Damon, Bruce Willis, etc.). Como otros fanáticos de Clint, no le perdono, en cambio, su papel en Los puentes de Madison, ahí llorando, lavando los platos y tirando fotos a las flores. Para ver la realidad me hubiera quedado en casa. Los frikies del mejor Clint esperábamos que le hubiese puesto una carga de dinamita al dichoso puente de Madison y le hubiera hecho volar por los aires, pero en fin, no quiero ir por ahí que me caliento.


Como director, Clint tiene sus luces y sus sombras, como todos los grandes directores. Me confieso un admirador total de Sin perdón (esto no le sorprende a nadie), de Mystic River (magnífica película) y, sobre todo, de Poder absoluto, que os animo a revisitar. Y luego tiene cosas verdaderamente inquietantes como eso de Space Cowboys (para mayor gloria de sus amigos jubilados), Cazador blanco, corazón negro y Medianoche en el jardín del bien y del mal. Soy, además, de quienes no estuvieron totalmente conformes con la premiada Million dollar Baby, no porque fuese mala, sino porque no nos pareció tan buena.

En fin, luces y sombras en un gran director, que lo mejor que tiene es la elección de los guiones, para lo que siempre ha tenido un buen ojo.
Pero iniciemos las críticas de Banderas de nuestros padres, que es a lo que hemos venido, y que son cuatro.

Primero, yo creo que cuando se dice de un autor que es clásico nos referimos a que posee un gran respeto por la tradición cinematográfica que le precede, una gran destreza narrativa contando las cosas al espectador de la forma más sencilla, seleccionando siempre los ángulos más significativos y no acudiendo casi nunca a los efectos especiales o digitales, pues se confía en que con los recursos narrativos clásicos se consigue tanta o mayor expresividad. Con ello se apuesta por la historia y no por el embobamiento que producen los efectos. De los aspectos citados, no cabe duda de que Clint Eastwood, como director, siempre se ha inclinado por la sencillez narrativa, de la que ha hecho gala en su filmografía con considerable acierto y éxito. Pero es que ya se pasa un poco, y algunas veces la sencillez se convierte en ramplonería: que no se preocupe, que nos enteramos todos de la historia. Por un poco más de riesgo no hubiera quebrado. Resulta todo demasiado plano. Una cosa es respetar al espectador, otra creer que somos tontos.


Segundo, relacionado con lo anterior, es la elección de la forma narrativa. La historia la tenemos, es buena, porque, como dije antes, Clint siempre se ha distinguido por aparecer en o dirigir buenos guiones (creo que menos
Mediodía en el jardín...). Pues bien, tenemos una buena idea, una buena historia, incluso con una interesante carga social y política, y ahora a ver cómo la contamos. Ha podido elegir diversas formas y creo que se ha equivocado de pleno en la seleccionada. Me explico. La película, en el plano narratológico, se basa formalmente en el conocido recurso del flash-back o relato hacia atrás. No es original, es clásico, de acuerdo. Pero una cosa es eso y otra abusar de él porque el flash-back es continuo y a dos niveles: el del relato del viejo contándole al hijo del amigo la historia y el de los continuos flash-backs de los protagonistas que, mientras están en su tour por el país recaudando dinero, recuerdan lo que les sucedió en Iwo Jima. Resulta reiterativo y enormemente pesado. Se queda ya sin recursos y sin variedad de fundidos, tal es el número de ocasiones en que recurre al flash-back. De hecho, cada vez que se ilumina un foco o hay algún destello o pasa un tren se recurre al flash-back, resultando definitivamente pesado.

Tercero, los actores. ¿Pero de dónde se han sacado ese casting? Hay que rascarse el bolsillo, señor Spielberg (que es el productor). ¿Acaso no se rodea él mismo de excelentes actores en, por ejemplo, Salvar al soldado Ryan. ¡Hombre!, pues proporciónale al bueno de Clint un buen reparto, solvente. Fijaos, si no, en el actor indio cuando hace de borracho, totalmente histriónico (no te preocupes, que nos enteramos de que estás borracho; podría aprender del Nicholas Cage de Leaving Las Vegas), o la escasa expresividad de los otros dos héroes. ¡Por favor!

Cuarto y último, las escenas bélicas. Agudeza visual: ¿A qué película recuerda el desembarco de Iwo Jima? ¿Quién las ha rodado, Clint Eastwood o el productor, Steven Spielberg? ¡Pero si son igualitas que los primeros 25 minutos de Salvar al soldado Ryan!, que es lo mejor que se ha hecho en cine bélico (en batallas estoy hablando) en la historia del cine: mismas acciones, mismos cuerpos mutilados, misma ralentización y, sobre todo, idénticas técnicas fotográficas con ese realismo sucio azulado. No puede ser. Con razón se dice que Clint se mueve mejor como director en los espacios cerrados e íntimos que en los abiertos. En la campaña bélica lo único que ha hecho es subirse a las espaldas de un gigante, como hacían los escritores de la Edad Media, y en este caso el gigante es Spielberg. No me sorprende, por tanto, que por ésta no le hayan dado nada en la ceremonia de los Globos de Oro. Habrá que ver la versión japonesa, que seguro que mejorará la presente, sobre todo teniendo en cuenta que ha sido premiada en los Globos de Oro por delante de películas extranjeras realmente interesantes. No quiero quedar tan mal sabor de boca al personal. A pesar de todo la película es interesante por el tema que plantea, muy bien tratado y convenientemente resuelto. Lo que falla es la factura. No quiero concluir sin señalar y destacar una escena que me parece memorable, y es cuando, al comienzo de la película, mientras van los soldados en un acorazado rumbo a Iwo Jima, uno de ellos se cae del barco accidentalmente mientras saluda a los aviones que les escoltan. Todos los soldados se ríen en un primer momento de la torpeza del compañero, pero los gestos cambian cuando ven pasar uno tras otro los acorazados y ninguno se detiene a recoger al soldado caído. “No van a parar”, dice uno de ellos. Resulta escalofriante que una flota de cientos de barcos abandone a un hombre...




Un cordial saludo a todos....


Tanhausser.

Si me necesitas, silba

Para los que siempre creimos que Bogart es eterno, va la televisión y nos jode la ilusión diciéndonos que no, que murió hace 50 años. Y es que la televisión es un invento diabólico, que te rompe de un plumazo los pocos mitos que te quedan, y que uno atesora como el anillo del Golum.

Y es que comparto la imagen que tenía de Bogart el inseguro (¿fue seguro alguna vez?) Woody Allen en Sueños de un seductor, de Herbert Ross (sí, no es de Allen, aunque sea casi suya exceptuando la dirección). Los mitos tapan los agujeros de nuestra propia alma, y por un momento uno es un héroe griego, o un investigador privado, o el más atractivo agente secreto al servicio de su majestad. Hay para todos los agujeros, por muy grandes que sean. La fontanería del cine no defrauda, os lo aseguro.

Bogart es un de los mitos que han poblado a sus anchas mi
imaginario infantil, adolecente, y aún hoy campa a sus anchas por mi imaginación, desgranando como siempre primeras las frases y poses por las que se hizo inmortal. No lo imagino joven, ni con pelo largo, ni en chandal, y siempre lleva en la fotografía mental que me hago de él un cigarrillo que nunca se apaga. Mira de soslayo, sin importarle aparentemente nada de lo que sucede a su alrededor, pero sólo tienes que silbar y allí estará, para sacarte las castañas del fuego. Pero nunca irá de honesto por la vida; esa pose no va con él. Prefiere dejar a la chica que traicionarse a sí mismo, pero nunca llorará por ello ni pedirá cuentas al cielo. Es esta ambivalencia la que me encanta de Bogart, es su tierna rudeza la que lo hace tan romántico. Por eso no buscó nunca chicas fáciles, que lloraran yendo a mamá a la primera frase lapidaria. Él las deseaba fuertes, no tan cerca que pudiera leerles la mente. Porque para Bogart nada puede ni debe ser fácil. Él sabe que perderá y que en la mirada del perdedor está la elegancia y la heroicidad. Como el Rhett Butler del final de Lo que el viento se llevó: ¡Francamente, nena, me importa una mierda lo que hagas!

Por eso lo escoje para sí otro icono del perdedor con encanto llamado Woody Allen, aunque menos romántico y elegante.






Nos vemos en el cine...




Babel


Tras la travesía por el desierto cinematográfico que han resultado las navidades (Eragon, Hollidays, Deja Vu, aunque me han dicho que de lo peor me he librado: La alianza del mal, Cándida, El ratoncito Pérez, Natividad) llega por fin una gran película, Babel, de Alejandro González Iñárritu. Espero no haberme contaminado mucho de las opiniones que he escuchado estos días sobre ella para hacer mi crítica. Es una película sobresaliente en el fondo y en la forma, que cierra perfectamente una trilogía que pasará, seguro, a la Historia del cine como una de las cartas de presentación de un director más prometedora: Amores perros, 21 gramos y Babel, las tres dirigidas por Iñárritu con guión de Guillermo Arriaga, al que, obviamente, deben mucho. Babel es una gran película porque plantea el que quizá sea el gran tema o paradoja de nuestro tiempo: la profunda incomunicación en un mundo hipercomunicado.

Las cuatro historias, no tan bien tejidas como en Amores perros, resultan muy significativas en este aspecto, ofreciendo cuatro puntos de vista de este leit-motiv que une las distintas anécdotas, una incomunicación que no es sólo entre personas, sino entre naciones y, para desgracia de Zapatero (el último optimista), entre civilizaciones. La quiebra es completa. Tan sólo con una inmersión -parece decirnos el guionista- sería posible cierto entendimiento, pero esta inmersión sólo se produce accidentalmente porque Occidente sólo va al Sur de vacaciones o de cacería. Pero resulta que la incomunicación va más allá de las limitaciones físicas (la historia de la sordomuda es realmente extraordinaria porque en su limitación no radica la incomunicación sino en la falta de afecto) o de la insalvable falla de la confusión babélica de idiomas; es que a veces a los personajes les cuesta hablar, no saben hablar, mascullan, dicen onomatopeyas, anacolutos, sinsentidos, acuden a la escritura, al teléfono, a los gestos (el desnudo de la hermana, el viento azotando a los hermanos en las altiplanicies del Atlas, las tímidas caricias de Brad Pitt y Cate Blanchett, el dinero rechazado del marroquí, el exhibicionismo de la sordomuda en el bar).

Incomunicación, desconfianza en el lenguaje, fractura entre las palabras y las cosas; éstos son los grandes temas que plantea la película con una factura formal que se ciñe perfectamente al contenido: los flash-back significativos, los silencios, la música onírica, a veces sin melodía, los fundidos conjuntivos entre historia
s, en fin, todo muy convincente. Un aspecto muy interesante que posee esta película es que no es tan de tesis como las dos anteriores del director. En esta lo queda menos claro y por eso precisamente es más sugerente y amplía las perspectivas y los puntos de vista. De igual modo es una película pluritemática pues toca tangencialmente los temas de los espaldas mojadas, del terrorismo islámico, etc. Los actores resultan todos, sin excepción, muy convincentes, tanto los consagrados como los desconocidos. El paisaje de la gran urbe de Tokio (aunque ya visto en Lost in Traslation) resulta onírico y espectacular. Pero quizá los paisajes más novedosos y por tanto más sorprendentes sean los de Casablanca de noche desde el cielo y los áridos paisajes del Atlas marroquí, verdaderamente espectaculares. El final es bueno. Algún hipercrítico puede considerar que cierto final cuasi-feliz es una concesión a la Academia de Hollywood en vistas a unos más que probables premios, teniendo en cuenta que Iñárritu no ha quedado jamás títere con cabeza, pero no estoy de acuerdo. Creo que sólo disfrutan de finales buenos o semibuenos los ricos, mientras que los pobres (el Sur) acaban malamente. Pero eso no es ninguna concesión sino la realidad: quien menos posee, más posibilidades tiene de salir malparado. Todos los recientes conflictos así lo atestiguan, empezando por Irak y acabando por Barajas.


Tan sólo una crítica, a mi juicio muy acertada, que se la debo de pleno a un compañero de trabajo, y es que esta peli debería haberse programado en V.O. subtitulada para entender ciertas escenas como las de la aduana y otras muchas. Además, así harían verdadero honor a su bien elegido título, basado en la fabulosa leyenda bíblica.

En fin, un disfrute, compañeros. ¡Qué grande es el cine, y qué oscuro a veces...!

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