Bandas sonoras emblemáticas

Hay películas que recordaremos siempre por su música. No es solo que su banda sonora tenga un peso incuestionable en ellas, sino que se convierte en su seña de identidad. Toda ella en su conjunto o, más frecuentemente, uno de sus temas. Querría proponeros que hablásemos de estas películas: las que quedan en la memoria e incluso en la historia del cine vinculadas definitivamente a su música, las que recordamos por una melodía, un tema concreto, una canción, antes incluso que por su director.

Para empezar, hay un nombre en el que pienso nada más plantear el tema: Henry Mancini. Como sabéis, Mancini compuso la banda sonora de la maravillosa Desayuno con diamantes (adaptación de la novela de Truman Capote que realizó Blake Edwards en 1961). La inolvidable Moon River, (letra de Mancini y John Mercer) la identifica en la memoria cinematográfica de todos. Ningún amante del cine dejará jamás de deleitarse y de emocionarse con la escena que abre la película: Holly Golightly (Audrey Hepburn) pasea al amanecer por una amplia y solitaria avenida de Manhattan. Lleva un traje negro de noche, y una bolsa de papel de la que extrae un vaso de plástico y unos bollos. Se detiene ante el escaparate de Tiffany´s, mordisquea el bollo, bebe del vaso. La melodía de Moon River inunda la escena, y entonces se produce la magia: el escenario urbano se convierte en mítico, la trivialidad del desayuno improvisado, en la descripción exacta del glamour. Cine en estado puro, gracias a la música.



Sin duda Blake Edwards conocía bien el poderoso atractivo de la actriz que quedaría inmortalizada, más que en ningún otro, en el papel de Holly Golightly; sin duda sabía que Mancini era el mejor compositor que podía ponerle música a su película (fue precisamente Edwards quien rescató al músico de un desolador periodo de desempleo, al encomendarle la banda sonora de Breakfast at Tiffany´s). Pero seguramente nunca imaginó que la mezcla Hepburn-Moon River habría de convertirse en un hito imprescindible en la historia del cine, ni que había creado una escena legendaria, para abrir una película legendaria.

Henry Mancini ganó dos Óscar por la banda sonora de esta película (canción y partitura). Después, también de la mano de Blake Edwards, vendrían Días de vino y rosas (que le supuso un nuevo Óscar en 1962), La pantera rosa (1964), trabajos magníficos con Stanley Donen, como Charada (1963), Dos en la carretera (1967), etc.

La lista de títulos se prolongaría y llegaría a los años 80, (
Víctor o Victoria, 1984, una vez más con Blake Edwards, y nuevo Óscar para el músico). Y en cada caso, el milagro se produciría una y otra vez, indicador preciso de que la flauta no había sonado por casualidad: Mancini podía convertir en mítica cualquier película que musicase.

Precisamente Charada es un caso tan significativo como el de Desayuno con diamantes. En esta ocasión, Mancini alcanza por completo el ideal de toda banda sonora cinematográfica: que la música evoque el contenido íntegro de la película. Y no era fácil en esta historia, que conjuga la trama de espías con la relación amorosa entre los protagonistas (una magnífica Audrey Hepburn, nuevamente, y un maduro Cary Grant, para quien los años no son más que un modo de aumentar su gallardía). Sería fantástico poder volver a ver Charada por primera vez, sin un solo dato previo sobre su argumento, sorprendernos de esa primera toma de la película, anterior incluso a la presentación de la misma (un cadáver arrojado al campo desde un tren en marcha) magistralmente tratada desde el punto de vista sonoro: el pitido del tren que se aleja rápidamente, y la percusión que comienza justo después, y da paso a la presentación del filme. En ese momento Mancini atrapa al espectador. Mancini, en efecto. Luego serán el director y los actores, pero ahora es la música de Mancini la que le dice al espectador: “Prepárate, ahí va una dosis mezclada de intriga y de romance”. Se lo dice con la percusión y las cuerdas iniciales, la melodía que ocupa la primera parte de esta pieza y nos remite de un modo al cine clásico de espías. Pero luego entran en escena los metales y los violines, y se produce una insólita mezcla musical (además de grandiosa) que da paso a la evocación romántica.



El tema de la música emblemática en el cine daría para muchos artículos. Si os apetece, podemos pasear por este tema. Propongo nombres soberbios, como el de
Morricone, un accidente sin duda alguna en la historia de la música cinematográfica, un compositor muy diferente a Mancini, pero igualmente atrevido en la mezcla de géneros y de instrumentación, y capaz de dejar establecidos para siempre los vínculos entre su música y la película para la que la escribió. ¿Cómo recordar La misión, Érase una vez en América o Cinema Paradiso sin su música? Propongo también el nombre de Sakamoto, a quien no hace mucho se ha recordado en este blog a través de El cielo protector. ¿Qué me decís de la soberbia banda sonora de El último emperador?

La vida de los otros


La vida de los otros es una muy buena película, sustentada por un excelente guión. Es más que una película de espías. A medida que transcurre se va convirtiendo en una cinta de ciencia-ficción sobre el tema del control del estado sobre la población, una especie de Gran Hermano de 1984, de El show de Truman o de la magnífica Minority Report. Esos son sus antecentes, y no las viejas películas de espías, o al menos así lo veo yo. Lo que ocurre es que los adornos, abalorios y telones de la ciencia-ficción (sobre todo si vienen de Hollywood) se diluyen en el tapiz oscuro de la realidad diaria de la antigua República Democrática Alemana, en su cielo azul oscuro y en su continuo otoño deshojado. En este sentido, tanto las localizaciones exteriores y la fotografía general de la película como la inexpresividad del actor principal ayudan mucho. Es una película gris, deliberadamente gris. Se percibe en el color de los edificios, en la soledad de las calles, en el aterrador escaso ambiente de los bares, en los parques solitarios, en los interiores de los edificios del régimen (los largos pasillos, la austeridad, las habitaciones de los interrogatorios, los comedores), en un vestuario con una paleta entera de grises y en un sinfín más de detalles. El único color lo muestra la actriz principal, también actriz en la ficción. Pero su ropa, su maquillaje y su elegancia esconden quizá el drama más importante de la película, la amenaza de una estrella del teatro dirigido por el régimen político, que puede poner y quitar a su antojo a actores y dramaturgos.


En este sentido, esta película debería proyectarse como ejemplo de los hábitos de la censura en cualquier país que la haya sufrido, entre otros España. En fin, no quiero extenderme más. Se trata de una película muy interesante. Y es también, hay que decirlo, una gran historia de amor que, por momentos hace un guiño a Casablanca (yo creo que el vestuario de ella también lo recuerda en ocasiones). Es lógico que haya cosechado premios en toda Europa y que haya entrado en la quiniela de los Oscar. De cualquier modo, aun siendo muy buena esta peli, creo que no puede competir en la lucha por los Oscar a la mejor película extranjera con El Laberinto del fauno de Guillermo del Toro, que es quizá, con Babel, la mejor película del año. Por cierto, aún no logro entender el reparto de premios en esta edición de los Goya. El Laberinto del fauno es mucho más película en todos los sentidos que Volver y todo el mundo fuera de España así lo reconoce. Aquí andamos todavía con paños calientes, queriendo recoger al hijo pródigo para que no se enfade con la Academia y vuelva al redil. Pero no hay color entre una y otra. De los Goya más injustos, el de mejor música. Con todos mis respetos y mi admiración por Iglesias, que ha compuesto bandas extraordinarias, pienso que esta vez no puede competir con la música tan sugerente de El laberinto del fauno, para mí una de las mejores de los últimos años. Me recuerda, en su dramatismo, a la de La lista de Schindler de Williams, el compositor habitual de Spielberg.


En fin, si Del toro ha decidido hacer algo con Tarzán, estoy seguro de que hará maravillas y lo tratará con el respeto de un friki, no como lo que hicieron con Hulk o con King-kong, pese al buen oficio de quienes lo emprendieron. Confío más en Del Toro, que será uno de los grandes directores de los próximos años.

Por último, unos cuantos consejos para no ir al cine: Ases calientes, Diamante de sangre y El motorista fantasma. Prescindibles.

En fin, un cordial saludo a todos.

Tanhausser


Una historia de Brooklyn


Edipo en Brooklyn

Al igual que realizadores como Visconti o Buñuel desmitificaron y abrieron en canal las vísceras de la refinada aristocracia y su hermana pequeña, la burguesía, otros directores más cercanos a nosotros -véase si no la filmografía de Woody Allen- han hecho lo propio con el imperturbable mapa emocional de la clase intelectual norteamericana de los ochenta, a la que se presenta sobradamente preparada para ordenar de manera lógica y calculada su intelecto -es impagable la escena en la que los padres anuncian salomónicamente la separación y posterior reparto de cuotas de visita a sus desconcertados hijos-, pero incapaz de expresar y saber qué hacer con sus emociones (o siquiera freír una hamburguesa). Es el caso de Una historia de Brooklyn, cuyo título original y más decente, El calamar y la ballena, hace referencia a las tirantes relaciones del matrimonio de escritores protagonista e iconizado en una enorme maqueta de los dos animales expuestos en el Museo de Ciencias Naturales que el hijo mayor del matrimonio revisitará en una sana vuelta a sus más sinceros recuerdos infantiles, más allá de las faldas de su padre. A su vez, este título se asemeja al de otra película, la francesa de Jean Eustache, La mamá y la puta, colgada de la pared en una escena de esta cinta y que sirve no sólo de referente cinéfilo, sino también de metáfora de la hostilidad edípica del hijo mayor hacia su madre y de sincero homenaje a la Nouvelle Vague. No en vano, al final de Una historia de Brooklyn vemos cómo el egocéntrico padre se despide de su mujer recordándole la escena final de Al final de la escapada, de Godard. Y no en vano la frescura y naturalidad de esta cinta nos recuerda descaradamente al estilo de ese movimiento artístico francés de los sesenta, salvando las distancias y el carácter deconstructivo de toda una generación que nos ofrece Baumbach.


El punto de vista hegemónico de la película es el del personaje representado por el hijo mayor, que será quien tenga que descubrir no sin dolor y extrañeza la naturaleza narcisista de su progenitor, un Jeff Daniels contenido y más que correcto. Será de hecho en la segunda parte de la cinta donde se crecerá la trama, más allá de lo que podría haber sido una mera recreación de los sin
sabores de una custodia compartida a lo Kramer contra Kramer. El guión crecerá en altura con el retrato de un hijo desconcertado no sólo por la ruptura de sus padres, sino aún más por descubrir de primera mano que su padre es un ser menos deslumbrante de lo que creía. Esta superación del complejo de Edipo y entrada en la vida adulta está narrada con sencillez, sin aspavientos dramáticos, y a su vez intentando superar la sensación de frialdad que a ratos nos da la cinta, medio salvada por las excentricidades de los personajes y algún que otra escena simpática.


Una historia de Brooklyn supone un fecundo regreso a los temas de ruptura generación que tanto gustaban a la Nouvelle Vague, con jóvenes desconcertados y obligados a buscar su lugar en el mundo, fuera de las reglas encorsetadas de sus tutores. La película está cargada de escenas que revelan la necesidad de los hijos de reconstruir un mundo que no entienden y en el que creían vivir felices. El hijo menor bebe cerveza para hacer de hombre de la casa, y se masturba en cada esquina del colegio dejando recuerdos húmedos de su gimnasia sexual. El mayor emula torpemente a su padre escritor, simulando que lee libros y que los entiende, plagiando canciones de Pink Floyd para parecer culto, o despreciando a su novia -lo único real y sincero que se le presenta en la vida- en pos de conquistas ficticias que nunca llegarán. Y todo bajo la asfixiante sombra del padre, que usa a su hijo como justificante de sus errores y frustraciones. El final no podía ser otro y más justo. Todos podemos sentir en la mirada del hijo a esa escultura del calamar y la ballena -igual que el Antoine de Los cuatrocientos golpes frente al mar- que ya puede mirar hacia delante sin rencor y respirar, sin la pesada carga del padre a sus espaldas. Su despedida del padre en el hospital es serena, silenciosa, adulta.


Por cierto, qué bien está Laura Linney, a pesar de tener un personaje tan desdibujado
. Esa mujer siempre me ha resultado creíble, más allá de los histrionismos o glamouradas de otras actrices de su generación.


Nos vemos en el cine...

Orfeo negro


Aprovechando el viento que sopla estos días, me gustaría traer a la memoria de los que os dejáis caer por OjO de buey una película poco comentada y olvidada, no sólo porque el tiempo haya pasado por ella sino también porque no ha gozado nunca de estima más allá de la popularidad que en su día tuvo como catalizadora en todo el mundo del espíritu sambero que hoy ya tenemos asumido en nuestra culturilla musical occidental. Pero por aquel año de 1959 la samba era aún patrimonio brasileño. Orfeo negro fue dirigida por el nada prolífico Marcel Camus, sobre un guión que a su vez está basado en la obra teatral del poeta y compositor Vinicius de Moraes, Orfeu da Conceição. En 1959 ganaría la Palma de Oro en Cannes, y en 1960 el Globo de Oro y el Oscar a la Mejor Película Extranjera. La música corría a cargo de dos monstruos de la bossa nova: Antonio Carlos Jobim y Luis Bonfa.

El guión se basa, como a todos sonará, en el mito griego de Orfeo y Eurídice, pero con el carnaval de Río como telón de fondo.
Eurídice es una bella joven que huyendo del acoso de un hombre llega a Río de Janeiro con la intención de refugiarse en la casa de una prima suya que vive en la zona de los suburbios, donde se encuentran las más famosas escuelas de samba. Allí conocerá a Orfeo, el director de una de esas escuelas, que se enamora perdidamente de ella. La combinación entre bossa nova, mito griego y cultura popular brasileña (santería, budú, etc.) hace de esta película única. A su vez, nos ejemplifica la universalidad de los grandes mitos, unificando la cultura europea y la latinoamericana. Pero es para los amantes de la música brasileña donde reside el mayor atractivo de Orfeo negro. En su banda sonora destacan los famosos temas de A Felicidade (Jobim) y Manha de Carnaval (Bonfa), dos iconos de la música popular brasileña.



Escena de Orfeo negro

De hecho, esta película marcó un inicio fecundo en el binomio entre cine y música brasileña que dura aún hoy con cintas como el delicioso documental Brasileirinho -sobre el choro, una música instrumental alegre e improvisada que nació hace más de un siglo en las calles de Río-, y su niña pequeña, El milagro de Candeal, más atenta en cargar las tintas en el valor terapéutico y social de la música. Sin embargo, Orfeo negro sigue aún hoy siendo una película única, personal e inclasificable, a veces oscura, otras luminosa, como la misma vida que fluye por las calles de Río. A su vez, reactualiza valores profundos insertos en la cultura brasileño, más alejados de lo que creemos aquí en España de los estándares sobre el carnaval como
espectáculo que los ayuntamientos nos han vendido made in brazil. Es una visión de la vida quizá más ligada a la cultura gitana que al mundo payo, donde todo se traviste en consumo y mercadotecnia plastificada.



Tema de carnaval incluido en la banda sonora




Escena de Brasileirinho, de Mika Kaurismäki

Nos vemos en el cine...

Bosque de sombras


Más paja que perros

Primer largo del bilbaíno Koldo Serra, pero no su primera experiencia. En 1993 realiza su primer cortometraje Sick of you, con el que gana en el Cinema Jove de Valencia. Le siguen La noche de autos, Háchame!, y Amor de madre (1999) y El tren de la bruja (2003), todos muy jugosos. Con este último gana muchos premios, entre ellos el Meliés de Oro al Mejor Cortometraje Europeo de Cine Fantástico de 2003. También le ha dado al spot televisivo (Licor 43, Bizkaia Turismo, Galicia Calidade) y al video-clips (El sueño de Morfeo, OBK, Extremoduro, Siniestro Total) como realizador, ayudante de dirección, guionista y dibujante de storyboard. El muchacho también le da al diseño gráfico, como cartelista para festivales de cine y muestras de cortometrajes. Ha publicado un álbum de cómics titulado La bestia del día. En fin, Koldo sabe del oficio, aunque necesite muchas más muescas en su revólver.

En tiempos de sequedad creativa, esperamos que noveles realizadores nos saquen de la oscuridad y nos deslumbren con sus óperas primas frescas y desprejuiciadas. Pasó con Amenábar o el pequeño de los Trueba, y a Koldo Serra se lo ha presentado en los medios como un prometedor debutante que va camino de darnos buenos momentos de cine –por cierto, Amenábar también debutó con un thriller, género goloso pero muy difícil de arrancar la atención del público, quizá por la saturación-. No dudo que Koldo vaya por buen camino. La verdad es que la factura técnica de Bosque de sombras es sobresaliente, y al debutante se le nota que sabe llevar la cámara donde se precisa. Y los exteriores guipuzcoanos son mágicos. Pero deja de contar. El casting es deficiente –exceptuando a Oldman y Homar-, tanto o más como lo es el doblaje (¡es penoso oír a Aitana!). Los actores que interpretan a los hermanos –un debutante Jon Ariño; Andrés Gertrudix, que a ratos es el más creíble; y Kándido Uranga- son de comic. Aitana está -además de irreconocible- insípida, al igual que Paddy Considine, que por mucho que se haga el duro, sigue siendo un memo toda la cinta. Sólo a Virginie Ledoyen –una Natalie Portman a la francesa- se le notan las tablas, aunque Koldo la desaprovecha; hubiera estado genial utilizarla para levantar la acción, corriendo por esos bosques de Artikutza. Oldman y Homar están tremendos allá donde vayan, aunque el guión no da para mucho más.

Koldo toma de referentes fílmicos dos muy superiores cintas de las que dice beber su Bosque de sombras: Defensa (Boorman, 1972) y Perros de paja (Peckinpah, 1971). Y es cierto, son referentes directos, tan directos que hay escenas del guión –escrito por Koldo y un colega- que sobreviven de los originales. Véase si no la escena en la que una sensual Virginie Ledoyen moja su blusa en una fuente, dejando ver sus pequeños pero turgentes pezones –como los de Susan George en Perros de paja- ante la mandíbula desencajada del que parecía el tonto del pueblo –un excelente David Warner en Perros de paja-, y más tarde delante de todos los lugareños del bar, y todo para llamar la atención de su pusilánime maridito. Quien haya visto Perros de paja sabe de qué estamos hablando. Sólo que en la cinta de Peckinpah la tensión crece pausada pero eficaz, cosa que no vemos en Bosque de sombras. A ello contribuye muy mucho el hecho de alargar en exceso la presentación de los personajes y sus conflictos emocionales. Exceptuando la escena inicial en el bar, tras una hora de película no ha sucedido nada, y ya nos esperamos cualquier cosa. Es tarde para apurar el drama que se va a desencadenar.

No menos cercano a Perros de paja quieren parecer las escenas del intento de violación o de la aparición del grupo ante la puerta de la casona. Respecto a Defensa, encontramos parecidos no sólo en el entorno elegido y mal aprovechado por Koldo para crear inquietud en el espectador, sino también en la idea igualmente desaprovechada de que los seres humanos se transforman en bestias cuando de supervivencia (defensa) se trata. En Bosque de sombras, el entorno no se presenta tan hostil como sí lo parece desde el principio el de Defensa de Boorman. La presentación de los lugareños en el bar es ñoña, de geriátrico. Por muchas caras que pongan los actores, no sentimos que allí vaya a pasar algo gordo y acojonante, más allá del teaser que pudimos ver en la tele. En Perros de paja, Peckinpah nos va acercando con sigilo pero sin pausa a la tragedia a través de la desapasionada relación entre el escritor y su mujer, y los actos de exhibicionismo de ésta ante un grupo de lugareños emocionados al ver pasear desnuda a la casera por las ventanas de la casa. En Bosque de sombras la tensión llega tarde y sin motivos que la hagan creíble. En este sentido, los fallos de guión son fatídicos, desmereciendo lo que podría haber sido una película sugerente. Si Koldo le hubiera dejado el guión a alguien más capaz o iluminado, todo se habría resuelto de otra forma. No basta una fotografía correcta con paisajes deslumbrantes para atraer la atención del un público hacia un género tan difícilmente copiable y, cuánto más, superable. Aún así, entretiene, que es siempre la mitad de lo que un director debiera esperar de toda creación.

Será para la próxima, Koldo.

Tráiler de la película

Homenaje a Perros de paja

Escena de Defensa


Nos vemos en el cine…

El cielo protector


"Mientras miraba el jardín en calma tuvo la impresión de que por primera vez desde su infancia veía claramente los objetos. De pronto la vida estaba allí; ella no la miraba a través de la ventana, estaba adentro. La dignidad que nacía de sentirse parte de su poder y de su grandeza le era familiar, pero hacía muchos años que no la sentía. (...) Pensó: 'Jamás volveré a ponerme histérica'. Pensó que nunca más en la vida volvería a sentir ese tipo de tensión, ese grado de preocupación por sí misma."



Un dieciocho de noviembre de 1999 moría el escritor Paul Bowles, bajo el cielo protector de Tánger. Según narra él mismo, nunca decidió vivir allí, pero –como muchos escritores y artistas de la generación beat- cayó bajo el embrujo de ese extraordinario país, tan denostado por entonces en el imaginario colectivo español (incluso aún hoy miramos a nuestros vecinos con una mezcla de recelo y superioridad). Cincuenta años atrás publicaba su primera novela, El cielo protector, cuyo eje narrativo gira en torno al triángulo amoroso de Port, Kit y Tunner. Los dos primeros son un matrimonio en crisis. Tunner acosa a Kit. Port enferma... y la cosa se complica. Imposible huir de lo inevitable, imposible huir del dolor y de la muerte. Pero es esa naturaleza mortal y frágil del ser humano la que le hace apreciar lo fugaz como imperecedero, y saborearlo como si aún estuviera ahí.

Esta poesía existencial, aderezada del encanto de un país exótico como Marruecos, atrajo a personajes como Visconti, Capote, Kerouac o Ginsberg, que terminan inmersos en crisis de identidad bajo la inmensidad del desierto y de la mano de Bowles como cicerone. Pero sólo llega al público mayoritario a finales de los ochenta, de la mano del entusiasta del paisaje y otros mundos, Bernardo Bertolucci, que la adaptó al cine con la aprobación del Bowles. Éste incluso prestó su voz para el narrador en off.

"Creo que los dos tenemos miedo de lo mismo. Y por una misma razón. Nunca hemos conseguido, ninguno de los dos, entrar en la vida. Estamos colgando del lado de afuera, por mucho que hagamos, convencidos de que nos vamos a caer en el próximo tumbo.
(...)
Estaba en algún lugar; para regresar de la nada había atravesado vastas regiones. En el centro de su conciencia había la certidumbre de una infinita tristeza, pero esa tristeza lo reconfortaba porque era lo único que le resultaba familiar."

Para quien tenga un día poco receptivo a mensajes profundos o sea enemigo del cine donde se nota demasiado la mano nada inocente del libro de referencia, El cielo protector no es su película. A mí cuando la vi me debió coger sin defensas o en la edad susceptible a recalar en las angostas aguas del existencialismo. Lo cierto es que me encantó (ésta es la palabra más ajustada). Años más tarde volvería a pasear por sus paisajes y diálogos como quien degusta a placer sensaciones aún no perdidas en la memoria y que sabe que en su día fueron dulces. Ya no fue lo mismo, pero no por ello dejé de disfrutar, sólo que con el paso del tiempo y pocos pero decisivos años, la película se me hizo más amarga, menos narcótica que en mi primer visionado. Y creo que la voy entendiendo, aunque lo suyo sea verla cuando los años pesen y el tiempo pierda la elasticidad de la juventud. El cielo protector es una obra adulta, que requiere cuando menos sentir el peso de la experiencia propia, con su aciaga crueldad y su insolente (de tan breve) felicidad. Entonces uno se torna viajero, y menos turista.

No dejéis de verla. Es una película para dejarse posar sobre ella, sin prisas, y a su paso releer en nosotros las grietas de la memoria, con sus dobleces y sus desiertos, inmensos, donde perderse y creer durante un instante que somos dioses, o que lo fuimos.

"Apoyando la cabeza en el regazo de Kit, contempló el cielo claro. De vez en cuando, muy suavemente, ella le acariciaba el pelo. El viento subía cada vez con más fuerza. Lentamente, la luz del cielo perdía intensidad. Kit echó una mirada al árabe; no se había movido. De pronto le dieron ganas de regresar, pero se quedó absolutamente inmóvil mirando con afecto la cabeza inerte en la que se posaba su mano.

-Sabes –dijo Port, y su voz sonó irreal, como ocurre después de una larga pausa en un lugar perfectamente silencioso-, el cielo aquí es muy extraño. A veces, cuando lo miro, tengo la sensación de que es algo sólido, allá arriba, que nos protege de lo que hay detrás.

Kit se estremeció ligeramente.

-¿De lo que hay detrás?
-Sí.

-¿Pero qué hay detrás? –preguntó Kit con un hilo de voz.
-Nada, supongo. Solamente oscuridad. La noche absoluta."

Y atención a la banda sonora, de
Ryuichi Sakamoto,que ya trabajara con Bertolucci en El último emperador o El pequeño buda, o en Tacones lejanos de Almodov
ar. Contribuye a esta música también Richard Horowitz, recreando músicas del norte de África. Pero lo que nos deja boquiabiertos es la siempre deslumbrante fotografía del maestro Vittorio Storaro. Recordemos que detrás suya están delicias visuales como Apocalypse now, Dick Tracy, Flamenco y Tango de Saura, o la enciclopédica Novecento. Podríamos prescindir del guión, podríamos ver la fotografía y escuchar su música sin saber qué dicen sus personajes, y la belleza –objetivo perseguido en toda la filmografía del italiano- brillaría sola. El desierto, ese espacio sin origen ni meta, es el personaje sobre el que caminan los personajes, como el horizonte dorado de los campos de Castilla o los ríos que van a dar a la mar de Manrique. Será por eso, como sentenciaba la Yourcenar, que los dioses le tienen envidia a las obras de los hombres, porque rutilan fugazmente pero no antes de iluminar e iluminarse con soberbia energía...

"A partir de cierto punto, no hay retorno posible. Ése es el punto al que hay que llegar"

Aforismo de Kafka usado por Bowles como epígrafe en El cielo protector



Nos vemos en el cine...

Tarzán made in Del Toro

"Arnot le enseñó una barbaridad de cosas acerca de los refinamientos de la civilización, incluido el manejo del cuchillo y el tenedor. A veces, sin embargo, Tarzán soltaba los cubiertos, disgustado, cogía la carne con sus fuertes manos bronceadas y la desgarraba con los dientes como un animal salvaje."

Extraído de "Tarzan of the Apes"


Cuando oímos nombrar Tarzán a los de cierta generación se nos viene en mente enseguida el ciclo que protagonizaron el olímipico e inexpresivo Johnny Weissmuller y la sinuosa hasta cuando se pone modosita Maureen O'Sullivan, que juntos nos regalaron sábados de cine como Tarzán, el hombre mono -la primera película, en la que Tarzan conoce a Jane cuando llega a África para unirse a la expedición de su padre-, Tarzán y su compañera -con la polémica secuencia de Jane y Tarzán nadando desnudos, que originalmente fue eliminada en la versión cinematográfica-, La fuga de Tarzán, Tarzán y su hijo, El tesoro de Tarzán, y Tarzán en Nueva York. Todas de la MGM y rodadas entre los años 30. Más tarde se rodarían otras más en los 40, pero ninguna como estas seis. Para una generación más cercana quizá esté en su memoria infantil la respetable pero aburrida Greystoke, la leyenda de Tarzán, de Hugh Hudson -al que debemos Carros de fuego-. Casi que merece más para el cultivo de la vista la versión tórrida protagonizada por la neumática Bo Derek -y dirigida por su marido- en Tarzán, el hombre mono. Para los curiosos, cabe recordar que existe una película muda de Tarzán de 1918, dirigida por Scott Sidney, más desconocida para el público, pero que tiene la relevancia de que el propio Burroughs participara en la elaboración del guión sobre su novela Tarzan of the Apes.

El personaje de Tarzán, como sabéis todos, antes de ser fotograma ya era novela de la pluma del escritor de ciencia ficción Edgar Rice Burroughs, también célebre por una tira de historietas ambientadas en Marte y titulada Barsoom. Llegaría a publicar desde 1911 a 1946 unas 28 novelas del nombre-mono. Al instante el personaje se haría famoso y pasaría a ser el comic de cabecera de todo niño norteamericano de los años 20. La historia era ideal para el ciudadano medio sobreviviente en las florecientes junglas urbanas de la América capitalista.

El protagonista es John Clayton, Lord Greystoke, cuyos aristocráticos padres son abandonados en la costa oeste de África por malvados navegantes. Lady Alice muere tras enfermar y su marido fallece a manos de un gran gorila llamado Kerchak. Tarzá
n es alimentado y cuidado por otro gorila, Kala, y crece convirtiéndose en un líder de la manada de gorilas debido a su inteligencia y habilidades para la lucha. Tarzán aprende a leer en la jungla cuando encuentra un libro que había pertenecido a sus padres. Por supuesto, con la ayuda de los animales Tarzán se convertirá en el rey de la jungla y conseguira la inmortalidad mediante la fórmula secreta de un brujo. A lo largo de su vida en la jungla, encontrará sus raíces aristocráticas, se casará y tendrá un hijo con Jane Porter y se enfrentará a los alemanes, japoneses y comunistas. Y sin caérsele nunca el taparrapos. El mito está servido.

No es de extrañar que Guillermo Del Toro haya tomado a este personaje como protagonista de su nueva cinta, de la que esperamos sea fiel al espíritu decimonónico y oscuro de Burroughs. Por suerte no compró los derechos Sam Raimi, que hubiera hecho del nombre-mono un Spiderman exhibicionista, glamouroso y plastificado. Si acaso se lo permitiríamos a Peter Jackson, rezando para que los fáusticos efectos especiales no se coman el encanto del mito.

Al parecer tiene pensado para el guión a John Coelle, que ya ha hecho guiones tan suculentos como el de Master & Commander. Es casi seguro que primará en la narración la crudeza del hecho de cortar en seco la infancia de un niño, soltándolo a pelo en plena selva, con la consiguiente necesidad de servirnos de la libre imaginación para sanar las heridas de la salvaje adultez. Un tema éste por cierto ya reflejado en la mágica El laberinto del fauno. Además, Del Toro, profundo fagocitador y coleccionista de comics e historietas, intentará de seguro volver a las fuentes literarias y gráficas del personaje, mucho más crudas y tenebrosas que las que nos pintó el cine de Weissmuller. Así que nadie espere recuperar la memoria visual de la infancia con esta resurrección. Si no queréis quedar defraudados, pillad antes de que salga la película un buen comic de Tarzán de los de entonces, publicados aún hoy de la colección sesentera original de Novaro o de la ochentera de Marvel. Y si no, siempre nos queda degustar alguna de las novelas de Burroughs, nada fáciles de digerir pero sugerentes para el aficionado que quiera ir a las fuentes del personaje.

Nos vemos en el cine...


La caja Kovak


Una ginkana mallorquín

Daniel Monzón siempre –en su corta filmografía: El corazón del guerrero (1999) y El robo más grande jamás contado (2002)- ha mostrado un interés por el género fantástico, nacido de su gusto por el comic y otras fuentes populares. Este interés le ha hecho hacerse un hueco en la memoria de los espectadores españoles, especialmente de los más jóvenes. A esto se le suma una factura técnica muy respetable de la que se esperaba daría frutos maduros. A esa misión parece haber encomendado su último trabajo, La caja Kovak, su película más sólida y adulta hasta la fecha. Más madura no sólo por la producción (Fantastic Factory) y reparto (Timothy Hutton, Lucía Jiménez), sino también porque ha optado esta vez por recrear una historia medio negra (de intriga, que se decía antes, o thriller como hemos importado de los americanos) muy paralela al maestro Hitchcock tanto en su temática (chico se ve mezclado en trama que no espera ni en sueños, mientras chica le ayuda a resolver enigma, y de paso le alegra el alma y otras cosas) como en su efectiva banda sonora aderezada por el correcto Roque Baños. A esto se le mezcla el recurso tan solicitado últimamente en el cine (La búsqueda, El código Da Vinci) de la ginkana, con chico y chica que van de un lado a otro tras una pista que lleva a otra pista, y así hasta que cualquier final es creíble y deseado con tal de que termine el mareo. Y es que si bien en un primer tramo de la cinta la intriga nos da esperanzas de buen material, en la segunda se torna un aburrido y retorcido zigzag narrativo que no convence ni entretiene. Por lo menos las reiteradas vistas aéreas de Mallorca -de donde por cierto es Monzón- nos recuerdan las ganas que tenemos que llegue el verano y podamos viajar a una de las limpitas y soleadas playas baleares.

No por ello hemos de desechar este paso nada desdeñable de este director a lo que esperamos sea una filmografía más sugerente e igualmente bien realizada en próximas incursiones. Y por supuesto esperamos que siga siendo dentro del género fantástico que tanto parece gustarle. Lo cierto es que deberíamos estar muy atentos a este nuevo cine español que se adentra con valentía y calidad hacia este género de tan costosa producción y tan difícil acabado artístico. Si no que se lo digan a Del Toro con su estupenda El laberinto del Fauno, recientemente valorada por nuestra Academia de Cine. En este sentido hemos de aplaudir el arrojo de la Fantastic Factory (ligada a la productora Filmax), instalada en Barcelona, que tiene en su haber cintas nada desestimables como las magníficas Darkness o El maquinista, y otras correctas y entretenidas como Romasanta, Los sin nombre o Frágiles. Aunque mejor no recordar subproductos de serie B infumables como Arachnid, Beyond Re-animator o Dagon (último y nada representativo trabajo de Francisco Rabal).

Nos vemos en el cine…

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