Apocalypto



La familia unida…

La historia del celuloide nos ha regalado no pocas películas que con mayor o menor acierto, y con más o menos profundidad, han abordado el siempre apetecible asunto de los orígenes, la naturaleza y la decadencia de nuestra civilización. Desde películas vindicativas de la bondad de la vida en cautividad, sin el contagio venenoso de la voraz maquinaria civilizadora, como las estupendas La selva esmeralda (Boorman), La costa de los mosquitos (Weir) o Las aventuras de Jeremías Johnson (Pollack), la mantequillosa Bailando con lobos o la militante Gorilas en la niebla, pasando por estudios antropológicos como El pequeño salvaje (Truffaut), Nanuk el esquimal (Flaherty), o esa joyita llamada Dersu Uzala (Kurosawa), o películas sobre una insondable y devoradora Naturaleza, que acaba engullendo a quienes intentan conquistarla (Aguirre, la cólera de Dios). Sin olvidar obras fascinantes sobre el natural potencial destructor del ser humano (Apocalypse Now).

También tenemos copiosas escatologías que premonizan lo mal que le irá al mundo si sigue agotando los recursos naturales (El día de mañana), investigando en temas que sólo competen a Dios o a la Madre Naturaleza (Frankenstein, 12 monos), o desarrollando una inteligencia artificial capaz de sustituirnos o incluso utilizarnos como energía (Terminator, Matrix). Y si sacamos punta podemos ver en algunos productos Disney una alabanza a las grandezas rousseaunianas de la vida natural, libre y despreocupada (El libro de la selva, Robin Hood, Tarzán), o el aviso de sus acechantes peligros (Bambi, El Rey León, Buscando a Nemo).

Gibson se une con dignidad a esta lista y firma una película fresca, directa, sin pudor, que divierte igual que hace pensar. De poco sirven las críticas académicas sobre su dudosa historicidad, ni los ataques de pudor contra sus escenas de violencia explícita. A Gibson le ha quedado una película sabiamente sazonada, con perdón de los detractores del picante. Quien quiera ver una puesta en escena trepidante (esos treinta minutos finales de persecución son tan bellos como emocionantes). Me hicieron recordar mucho el final de La selva esmeralda.

Además, es de agradecer un reparto desconocido y una versión original (en lengua Yucatec Maya, que aún se habla en la Península de Yucatán) que nos sitúan sin muletas en la historia que se quiere contar.

Por otro lado, quienes se diviertan sacando punta a un guión que con modestia y sin aspavientos antropológicos indaga en las paradojas de toda civilización, tienen en Apocalypto no pocos cafés de debate y discusión. A mi juicio, Gibson –preocupado siempre por preservar los valores individualistas de construyen todo héroe americano (Braveheat, La pasión de Cristo, Cuando éramos soldados), o subrayando la necesidad de proteger la familia como baluarte de toda comunidad (Rescate, El patriota, Señales) que no acabe asfixiándose por el afán de logro capitalista o los temores que sitúan al extranjero (las tribus vecinas) como la diana de sus odios- nos presenta el viaje épico de un superviviente de ese mundo civilizado -es decir, inmoral, dominante y autocomplaciente- en pos de proteger a su mujer e hijos de sus egotistas garras. La felicidad está siempre en otro lugar, fuera de todo imperio, sea maya o español (más feroz si cabe, ya que no sólo intentará dominar cuerpos sino también almas a las que salvar del infierno eterno), pero siempre en familia. No es extraño el final propuesto por Gibson, nada ilógico.

Como tampoco que se indague constantemente en las relaciones familiares como catalizadoras del carácter de sus sociedades. Así, el padre maya tiene dos hijos a los que inculca fortaleza con mano dura (como decían Hobbes o Maquiavelo, las sociedades se fundan en el temor), frente al protagonista, cuyo padre buscará que su hijo tampoco tema, pero sin medirse frente a los otros como enemigos potenciales, y sí discerniendo en su interior sobre aquello que le inquieta. Como diría Yoda, el temor lleva al odio y el odio al Lado Oscuro de la Fuerza. Cosas del manual de psicología básica made in USA.

Por eso Gibson se preocupa en la media hora inicial por mostrarnos la sencilla pero eficaz felicidad que vive toda pequeña comunidad en un medio rural (en este caso tropical), ocupada en quehaceres caseros y risas inocentes. Incluyendo en el lote a la típica suegra absorbente. Esta comunidad no toma como suyo lo que la tierra le da, sin posibilidad de compartirlo con otros; por eso el jefe del clan permitirá a la tribu visitante establecerse allí sin hostilidad. En esto Gibson es americano hasta la médula. Los valores del viejo colono –ya se sabe por los westerns- son el amor a su familia y a la tierra (si es que hay diferencia entre ambos). De hecho, Gibson es el sexto de una familia de once hermanos, y actualmente él mismo tiene siete zagales.

Web oficial

Escena final

Rueda de prensa en Méjico

Nos vemos en el cine...

Las partículas elementales



El sueño del 68 produce monstruos

Las partículas elementales, con guión y dirección del alemán Oskar Roehler, orbita en torno al universo pesimista que domina su referente literario, la novela (del mismo título) del controvertido escritor Michel Houellebecq. Dicho universo, condenado irremisiblemente a estallar en pedazos (a menos que devolvamos al mundo su sentido común), es consecuencia de la aciaga herencia recibida de nuestros padres de Mayo del 68 -tesis que firmaría Sarkozy con los ojos cerrados-, que sólo nos ha dejado soledad, frustración y políticas sexuales hipócritas. El folclórico eslogan de “haz el amor y no la guerra” quedaría diluido en los reclamos publicitarios de sufrimos a diario en nuestros televisores, vendiendo deseo sin fronteras a cambio del último modelo de coche. La mujer queda cosificada y condenada a un sexo sin amor, y no podrá encontrar éste sin el prosaico arbitrio de aquél. Y el hombre, ligado al fatídico sino de su deseo sexual, no encontrará más que eso, sexo y vacío, que buscará camuflar bajo el trabajo, una buena mesa o la violencia. Ahora bien, tarde o temprano habremos de enfrentarnos a la triste pero necesaria realidad del dolor, la vejez y la soledad no deseada.

«Los hombres que envejecen solos son mucho menos dignos de compasión que las mujeres en la misma situación. Ellos beben vino malo, se quedan dormidos, les apesta el aliento; se despiertan y empiezan otra vez; y se mueren bastante deprisa. Las mujeres toman calmantes, hacen yoga, van a ver a un psicólogo; viven muchos años y sufren mucho. Tienen el cuerpo débil y estropeado; lo saben y sufren por ello. Pero siguen adelante, porque no logran renunciar a ser amadas. Son víctimas de esta ilusión hasta el final. A partir de cierta edad, una mujer siempre tiene la posibilidad de frotarse contra una polla; pero ya no tiene la menor posibilidad de ser amada. Los hombres son así, eso es todo.» [Las partículas..., p.141]

Los protagonistas: dos hermanos que en principio no saben que lo son, Michael y Bruno. Los dos a su manera subliman sus angustias existenciales (sexuales, para ser más exactos) a través del ejercicio intelectual. Uno como tímido científico genetista -obsesionado con obtener algún día un método de reproducción que no exija el contacto físico-, incapaz de expresar lo que siente por un primer amor de infancia (interpretado por una inexpresiva Franka Potente) de la que aún está enamorado. El otro, Bruno, como depresivo y reprimido profesor de literatura que sueña con follarse todo lo que se menea, sin conseguir más sexo que aquel que proporciona el onanismo o la prostitución, pero que pronto encontrará a alguien a la que amar (follar, entendámonos) sin angustias ni reclamos externos. Los dos extremos del deseo se ejemplifican en estos dos hermanos: su carencia y represión, y su excesiva e incontrolada necesidad. Pero ambos son infelices. Michael desea dar un cambio a su vida, dejando la universidad y entregándose a una entelequia; por su parte, Bruno deja a su mujer, por la que ya no siente el mínimo deseo.

Los dos hermanos fueron abandonados por su madre hippie, que vio en sus hijos un impedimento para expresar sin obstáculos su insaciable libertad y sus deseos. El propio escritor, Houellebecq, sería abandonado por sus padres y criado por su abuela comunista, de la que admiraría su sencillez de vida y su felicidad sin más necesidades que ver pasar la vida y saborearla (las partículas elementales, que diría el autor). En una escena de la película, el personaje que interpreta Franka Potente observa con su pusilánime enamorado a sus laboriosos padres, entretenidos juntos en sus labores domésticas de su preciosa casa de campo. Ella destaca a él la felicidad de sus padres, basada en el conservador binomio de “él trabajando, ella en la cocina”. Esta observación contrasta con las convulsas angustias del hombre contemporáneo, heredero del idealismo sexual del 68, incapaz de ser feliz y obsesionado con entregarse a molinos de viento que lo alejan de lo elemental.

En otra escena una deliciosa Martina Gedeck reflexiona sonriendo a su recién estrenado partenaire sobre las miserias de una generación de mujeres liberadas y revolucionarias del feminismo sesentero, que con el tiempo acabaron reproduciendo aquello que criticaron con ferocidad. Houellebecq, y con él el director Oskar Roehler, ahondan en esta paradójica fractura de los ideales sexuales de aquellos años, culpándoles –como lo hace hoy un triunfante Sarkozy- de los males actuales de nuestros contemporáneos. Los hijos de Mayo del 68 disfrazaron de bonitas palabras lo que de seguro es más elemental: sólo el trabajo, la familia y el respeto pueden hacer felices y libres a los seres humanos. Lo demás son patochadas progres que quedan muy bien sobre el papel, pero que en la realidad se demuestran incapaces de solucionar los problemas existenciales de los hombres y las mujeres de hoy.

La escena final, con los cuatro personajes tumbados en la playa, sonriendo felices pese a la elemental candidez de su alegría, lo dice todo. El sexo no da la felicidad, y ni siquiera es probable que ésta exista. Igual que la ingenua y ñoña Soñadores, de Bertolucci, intentaba destapar la superficialidad, el esnobismo y el elitismo de los niños de papá de Mayo del 68, Las partículas elementales –más adulta y cañera que aquélla- disecciona sin anestesiar ni cauterizar la mentira sobre la que se asienta toda esa generación y los monstruos que ha generado. Si esta reflexión la leemos desde un plano político, supone la necesidad de una revisión de los ideales en los que se basa una envejecida (eso es lo que ve Houellebecq) izquierda, depositaria hasta ahora de valores sobre las que se asientan costumbres e instituciones. Pero es el espectador el que ha de elegir si leer esta película como una reflexión psicológica acerca de las paradojas del deseo, o como una crítica sociopolítica a la generación de Mayo del 68. O no leer nada y dejarse llevar.


Lo mejor: de seguro, Moritz Bleibtreu, ganador del Oso de Plata en el pasado Festival de Berlín. Da credibilidad a un personaje complejo, lleno de matices y sentimientos contrarios que refleja en una misma escena sin perder verosimilitud ni profundidad. Quizá lo recordéis por su papel protagonista en la inquietante El experimento, o de secundario en Munich.

Pero la imagen que aún no me puedo quitar de la cabeza es la de esa diosa llamada Martina Gedeck, que ha madurado para deleite de nuestros ojos y neuronas. La hemos podido disfrutar en las recientes La vida de los otros o El buen pastor, o en títulos más lejanos como Deliciosa Martha o El hombre deseado (también empeñada en desmitologizar en clave de humor los clichés sociales del deseo sexual masculino).

La escena: Bruno tirando a la basura su pájaro. Bruno preguntando en la calle a un hombre qué le ha pasado a su pareja. Los primeros planos con el rostro de Martina Gedeck.

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Escena

Texto de Houellebecq

Las metáforas de Houellebecq

Houellebecq: una reivindicación del orden

Nos vemos en el cine...

Actores minusvalorados


Al rescate de actores escasamente reconocidos

Queridos amigos, quiero abrir en nuestro blog un tema qu
e seguro que resultará de vuestro interés, que no es otro que el del rescate de actores poco reconocidos o no lo que creemos que deberían estarlo. A todos los cinéfilos siempre nos ha sorprendido cómo un actor secundario no obtuviera más fama, prestigio o reconocimiento por un papel que para nosotros transitaba por la perfección, hasta el punto de oscurecer o neutralizar el brillo del protagonista. La historia del cine está llena de ejemplos, y en buena medida el Oscar o el Goya al actor secundario no hacen sino premiar a estos actores que, se sabe, podrían optar perfectamente al de mejor actor protagonista.

Se me vienen a la mente, de los últimos años, los casos de la brillante Judy Dench (Orgullo y prejuicio, Shakespeare in love), Kevin Spacey (American Beauty), Morgan Freeman (Millon Dolar Baby, Seven), Sean Connery (que siempre ha actuado mejor de secundario, Indiana Jones, Los intocables de Elliot Ness), Ed Harris (de lujo en Enemigo a las puertas y El show de Truman) o el propio Javier Cámara (en las últimas de Almodóvar), que nos han regalado en los últimos años secundarios absolutamente geniales.


La Historia del cine, insisto, está repleta de estos grandes actores, no necesariamente secundarios, sino, sencillamente, actores que siempre han estado en un segundo plano, y todos tenemos nuestros favoritos. Como soy yo quien escribo esta entrada mencionaré algunos de ellos, pero de los más recónditos y arriesgados con el fin de suscitar entre los lectores adhesiones o críticas y, así de paso, invitar a los blogueros a aportar sus -seguro que sugerentes- preferencias al respecto. Limito mis predilecciones a actores (varones), dos españoles y tres extranjeros, y sin enrollarme.

Los dos españoles son Alberto Closas y Agustín González. Los dos han podido disfrutar de pocos papeles protagonistas, pero, cuando lo han hecho, lo han aprovechado perfectamente. Creo que Alberto Closas era el mejor actor de su generación, muy por encima, por ejemplo, de un Francisco Rabal, un López Vázquez o un Fernando Fernán Gómez. Estos otros tres ganaron con el tiempo hasta convertirse en monstruos de la interpretación, pero, cuando todos ellos eran jóvenes, Alberto Closas les superaba (coincidieron en películas y para mí no hay discusión), era el que menos gesticulaba, el de mejor planta, el mejor galán, era nuestro Gary Grant, en suma. Lo recuerdo en La gran familia y, sobre todo, en Muerte de un ciclista, muy por encima de sus compañeros de reparto, soportando sobre sus hombros sólo él la película.


Quiero también rescatar al mejor secundario durante años del cine español: Agustín González. Recuerdo sus breves papeles en La Colmena, en Volver a empezar (descomunal en sus brevísimas apariciones), Los Santos inocentes, Belle Epoque y el que probablemente sea su mejor papel, Las bicicletas son para el verano, en el cual desplegó todo su potencial interpretativo, hasta entonces limitado a papeles estereotipados del t
ipo La escopeta nacional y en este plan.

Entre los extranjeros, tengo varias debilidades, pero hoy solo citaré tres, para abrir boca: Richard Harris, Willem Dafoe y Gary Oldman. Richard Harris, de origen inglés, siempre me ha parecido un actor genial, que llenaba la pantalla como nadie. Sus papeles en Un hombre llamado caballo, en El violinista en el tejado, en Patos salvajes, en Rebelión a bordo o en Gladiator son memorables, por citar sólo algunas pelis. Creo que su físico, que da un poco el perfil de tío fresco y barriobajero al estilo de Rebelión a bordo, le ha impedido obtener otro tipo de papeles más versátiles que, sin duda, hubiera realizado con solvencia. Otro actor con similar físico, Steve Mcqueen, disfrutó de otros papeles siendo, a mi juicio, inferior en sus registros interpretativos.


Willem Dafoe es otro de mis actores favoritos en esta lista de secundarios o rescatables. Sus interpretaciones en Saigon, Platoon, La última tentación de Cristo o Spiderman siempre elevan la calidad de la película. Tiene imán. Sus interpretaciones siempre me llaman la atención. Es un malo al que le cuesta controlar sus nervios pero que alberga nobleza en su corazón.


Por finalizar, quería citar a ese pedazo de actor que es Gary Oldman. En Drácula se sale; en Amor a quemarropa borda el papel de gánster inmisericorde. En La letra escarlata, El quinto elemento, Batman begins e incluso Harry Potter está de lo más convincente. Ahora, haciendo de vasco en Bosque de sombras parece que lleva toda la vida por los valles del norte con ese chambergo verde, esa cara de vasco con ADN vasco (para contrariar a Arzalluz) y esa escopeta de dos cañones paralelos. No entiendo cómo no le ofrecen más papeles y, sobre todo, más jugosos.

En fin, he aquí algunos de mis actores favoritos -escasamente- reconocidos a los que siempre me gusta ver en pantalla porque tienen el don de introducirme con una sola mirada en la ficción y transportarme a este mundo de los sueños que tanto nos gusta.

Salud.

Tanhausser

Hijos de los hombres


Proyecto Humano: el Otro como salvación

Cuarón e Iñárritu comparten en sus dos recientes obras esa mirada amarga (¿mejicana?), penetrante y reflexiva, sobre el mundo contemporáneo y sus contradicciones, así como una perspectiva sin concesiones acerca del dolor y la soledad. En Hijos de los hombres este panorama se dibuja a través de un Londres futurible y apocalíptico, sumido en el terror y la desesperación, cuyo Estado releja en un sombrío apartheid (que recuerda a Auschwitz) a sus inmigrantes, y conduce a sus ciudadanos al suicidio o la desidia (como la del propio personaje interpretado con sobriedad por el casi siempre estupendo Clive Owen).

Pero -como en Babel- será precisamente desde el vientre de esos inmigrantes donde se tejerá la última esperanza para una sociedad opulenta, tecnificada, pero estéril y nihilista, condenada a desaparecer. La pretensión política de Cuarón es explícita. Aún así su discurso -y el de su amigo Iñárritu- no se cierra ahí. Ambos indagan en el drama psicológico de sus personajes, extrayendo de él una metáfora perfecta sobre nuestra civilización, pero a su vez una reflexión personal que dispara directo al espectador, incomodándole y obligándole a pensar.

Todo el guión funciona como una metáfora cuya intención no es avisar sobre lo que pudiera sucederle a nuestra civilización, sino que más bien deforma la realidad en la que ya estamos instalados para que cada espectador realice su propio mapa del mundo y sus paradojas. El inmigrante es tomado en Hijos de los hombres como arquetipo del Otro, al que el mundo opulento teme pero necesita como mano de obra barata e incremento en sus estadísticas de natalidad. Europa ya no quiere tener hijos, o los tiene a un ritmo exiguo respecto al número de jubilados que engrosan el Imserso.

Pero la infertilidad de la que habla la película es más extensible al climax que según Cuarón se respira en un primer mundo cansado aunque sobradamente rodeado de comodidades. Es iluminadora la escena en la que la gente descubre con aflicción -delante de sus televisores extraplanos- la noticia de la muerte del más joven de sus conciudadanos. La aceptación de la muerte y la necesidad de esperanza sólo pueden llegar de países dotados de una biografía teñida de dolor y pobreza. Una sociedad autocomplaciente no acepta la muerte y la pretende engañar viviendo el sueño del eterno presente feliz.

Ya en Y tu mamá también –y en su primera obra, Sólo con tu pareja, o como asistente de dirección en Gaby: una historia verdadera- vemos la preocupación de este realizador por desenmascarar los recortes con los que huimos de la muerte y el dolor. Y lo hace sin contemplaciones, pero dejando siempre hueco a la esperanza que renace al sentirse mortal y tocado por la desdicha.

En Hijos de los hombres, Theo recibe la oportuna visita de Julian, con la que tuvo un hijo, muerto al poco tiempo de unas fiebres. Julian incita a Theo a recorrer un viaje de redención a través del que salvará su lóbrega existencia a causa del recuerdo de su hijo muerto. Como el personaje de Richard (Brad Pitt) –o el de Chieko (Rinko Kikuchi), en su búsqueda desesperada de cariño- en Babel, Theo descubre que ese dolor sólo sana con ayuda del Otro. De hecho, antes de que apareciera Julian, Theo tan sólo tenía amigos encerrados en sus torres de marfil, soportables por la música y las drogas (Michael Caine) o por el disfrute por lo bello (Danny Huston). Julian (Julianne Moore) le devuelve a la realidad, como el Morfeo de Matrix. Incluso tendrá que hacerse pasar por un inmigrante más, descubriendo el trato que reciben y las condiciones en las que viven.

A su vez, Proyecto Humano se adecua como una metáfora nada sutil de ese espacio utópico (alejado de la ciudad, en alta mar, sin puerto fijo) donde las diferencias son remarcadas tan sólo como medio para proteger derechos fundamentales y no para segregar, excluir o explotar, y donde todos son tratados sólo como son, humanos. La esperanza no puede venir tampoco del terrorismo que dice defender derechos de las minorías contra el totalitarismo de un Estado opresor. Por eso la niña por nacer no tiene más cabida que en ese barco que no tiene más dueño que el que lo desee, fuera de la ciudad, ese Londres, símbolo del progreso y la democracia.

Hijos de los hombres se disfruta dejando que te sugiera más allá de lo mostrado (que no es poco). Como película de ciencia-ficción es correcta, entretenida a ratos, pero deviene pronto en lo que es: una metáfora reflexiva, en ocasiones poética (como esa escena final en el edificio tiroteado, con unos soldados petrificados al oír el llanto del bebé). A destacar la puesta en escena, la ambientación de un Londres irreconocible, los planos secuencia trepidantes, unos actores más que buenos. Pero no es una película que satisfaga el estómago del buen amante del cine de acción, ni siquiera es una película de ciencia-ficción al uso, aunque este género acabe con facilidad bordeando la frontera del discurso ético y político.

Entre los momentos más destacables, la visita a esa escuela vacía, casi derruida.

Se puede leer en la obra de P. D. James que da título y referentes a esta película:

"Hemos apartado de nosotros, como padres en duelo, todos los recuerdos dolorosos de nuestra perdida. Los juegos para los niños han sido retirados de las plazas...Quemaron todos los juguetes, excepto las muñecas que algunas mujeres no del todo cuerdas utilizan como sustitutos de niños. Las escuelas estuvieron cerradas durante un largo tiempo hasta que las clausuraron o las convirtieron en establecimientos de educación para gente adulta...Solo en los casetes y los discos se escuchan las voces de los niños...Para algunos resulta insoportable, pero para la mayoría de la gente funcionan como una droga."

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Tráiler

Escena con un plano secuencia

(vía | Youtube)

Nos vemos en el cine…

Películas que nunca veré...


...en la cartelera de mi barrio

No es que uno sea tiquismiquis en lo referente a dónde ver una película. La verdad que el cine en casa no está mal. Pero como una sala de cine no hay nada. La primera condición sine qua non es el tamaño (que sí importa). Una pantalla de cine siempre tiene que ser enorme. Si no es así uno no puede sentirse estremecido cuando ve cómo se enciende ante sí ese universo de seres de celuloide. El espectador es sumergido en esa vida que pasa ante sí y no es la suya. Ir al cine es como ir al mar; la mirada ha de perderse a lo lejos, y si miramos de un lado a otro sólo contemplar eso, el mar, sólo el mar, confundido en el horizonte con el cielo. Es algo así como una experiencia oceánica, como decía Freud para referirse a la religión.

La segunda condición es que esa experienc
ia sea compartida con más personas que al igual que tú se clavan a la silla y en silencio esperan ser inoculados de fotogramas en movimiento. Casi nadie dice nada, pero todos saben que alguien más está ahí, viendo lo que tú ves, y sintiendo (quizá) emociones que también son tuyas. Uno puede ir solo al cine, pero si al llegar a la sala estamos acompañados, la diferencia se hace palpable. Una sala vacía es una triste contradicción, un sinsentido no aplicable de igual forma a la experiencia del cine en casa.


Y aún más triste es comprobar cada semana -y más aún en estas fechas casi estivales- el desierto de las taquillas. Muchos estrenos jugosos y poca oferta en las salas. Es un mito esa idea de que en verano no hay buen cine, pero sí es una perogrullada afirmar que las taquillas se saturan en estas fechas de productos infantiles que ya a veces ni gustan a los niños. Pero algo hay que ver, se dice el espectador resignado. Y al final las salas se llenan.

La taquilla no representa más que un reducido mapa del universo de buenas películas que
pueblan la producción anual de cine de calidad. Gracias al videoclub e Internet podemos contemplar cómo ya se estrenaron joyas que se intuyen estupendas, y otras que se estrenarán en breve y que sin remisión quizá ni pasen por las estanterías de los videoclubs de tu barrio. Si acaso las vías subterráneas que aporta Internet nos hagan descubrir esas delicatessen en formatos proletarios que bien podríamos haber visionado en las salas.

Entre esos preestrenos cabe citar algunos que se me antojan suculentos y que si puedo rastrearé sin pudor hasta dar con ellos.

El fin de la inocencia
Director: Michael Cuesta

Nacionalidad: EE.UU., 2006

ESTRENO: 18 de Mayo

Bajo el eslogan "¿Sabes realmente quienes son tus hijos?", abre esta producción independiente que aborda temas trillados pero siempre interesantes como la pérdida de la inocencia y la aceptación del dolor en una sociedad que nos aisla de él bajo el consumista velo de la eterna juventud. Y lo hace a través de la mirada de diferentes jóvenes, reflejo cada uno de la sociedad en la que habitan. Rudy y Jacob son dos hermanos gemelos, iguales y diferentes. Uno, el deportista, valiente y popular; el otro, tímido y marcado por una señal de nacimiento en su cara. Completa el grupo una niña precoz, hija única de una doctora con problemas emocionales, y un chico gordito de familia de gorditos.

Dirige Michael Cuesta, conocido también por L.I.E.: Long Island Expressway, película nominada para seis Independent Spirit Awards, incluyendo mejor película y mejor director, y en la que también aborda su visión del mundo desde la mirada de jóvenes adolescentes afectados por un suceso doloroso. Cuesta ha sido también premiado como director de spots publicitarios, entre otros por el Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York. Su nombre está igualmente ligado a la serie televisiva de éxito A dos metros bajo tierra (con guión de Alan Ball, conocido por American Beauty), de la que dirigió numerosos capítulos.


¿Por qué creo que me gustará? Porque siempre me dieron qué pensar las películas que diagnostican la salud de una sociedad a través del devenir de sus retoños. Porque su tráiler suena a fresco, pero sin mermeladas melodramáticas. Porque actúa la turbadora (sin por ello ser turgente) Annabella Sciorra...

Takeshis'
Director: Takeshi Kitano
Nacionalidad: Japón, 2005

ESTRENO: 15 de Junio

Después de su Zatoichi, Kitano -libre como el junco que se mece pero no se rompe- se nos marca una obra deconstructiva (¡será que se está haciendo viejo!), en la que desmonta pieza a pieza su imagen mediática para resucitar renovado en veremos qué otro sustrato. Cosas del zen, donde el yo occidental rehuye la universalidad del concepto para fluir libre de corsés, pero de nuevo empaquetado en la pueril presencia de la pantalla. En Takeshis', Kitano contrapone dialécticamente su doble imagen cinematográfica -la de televisivo payaso amarillo y la de hiperviolento con intenciones intelectuales-, para (espero que sin acierto) deshacerse de ellas, como si de un lastre se tratara. O quizá no, quizá sólo sea un juego posmoderno sobre la facultad poliédrica de todo actor (que en el fondo somos todos) y la aceptación de sus contradicciones.


¿Por qué creo que me gustará?
Porque Kitano me pone, quizá por lo raro, quizá por hacer el cine
que desea hacer, quizá por su visión melancólica del héroe, sin restar por ello poder visual a la escenog
rafía de la violencia. Porque me recuerda que hay que ver de nuevo Hana-bi...

Barakat!
Directora: Djamila Sahraoui

Nacionalidad: Argelia, 2005

ESTRENO: ¡quién sabe!

De la cuarta edición del joven pero interesante Festival de Cine Africano nos llega (en DVD esperemos que pronto) la ganadora del Griot de Arcilla a la mejor dirección de largometraje Bakarat!, de la realizadora argelina Djamila Sahraoui, con residencia en Francia. Es su primer largo, aunque no su primera experiencia cinematográfica. Ya realizó documentales para la France 3.

La historia se ambienta en la Argelia de los 90, con una joven médico como protagonista, que se
esfuerza por ejercer su profesión, a pesar de la guerra civil entre los islamistas y el ejército. Su marido, periodista, ha desaparecido. Ante el silencio de las autoridades, decide ir en su búsqueda junto a otra mujer. Juntas deberán salvar los obstáculos que les impone un país de hombres cerrado a la verdad y la libertad.

No sé si será una especie de Thelma & Louise a la argelina, pero qué más da. Es siempre un gustazo observar cómo -aunque en su exilio francés- las mujeres de países aquejados por el integrismo hablan y cuentan sus historias para que nuestra mirada se desc
ongestione.


¿Por qué creo que me gustará? Porque me gustan las películas que pretenden decir algo y lo dicen sin parecerlo. Porque he visto poco cine africano y me seduce saber más. Porque me ha entrado el mono de ir a Tarifa, y dejarme llevar por su viento, sus olas y su Festival de Cine...


Mientras pasa la sequía estival me contentaré con algunos platos que de seguro caerán en taquilla
y que me harán pasar un buen rato:



Zodiac -del estimulante David Fincher (Seven)-, una de policías y asesino en serie, pero con estética del buen cine político de los setenta (Todos los hombres del presidente).

Ocean's 13, la tercera (¿y la vencida?) entrega de las andanzas de este
grupo glamouroso de ladrones de guante muy blanco y encanto a lo Sinatra. Sólo para condicionales que no les importa ser seducidos por la estética lujosa y canalla a lo Martini de la serie.

Y allá por agosto, Grindhouse
+ Planet Terror, del dúo irreverente Rodríguez & Tarantino, que se nos marca de nuevo un producto de serie Z pero con mucho presupuesto, con chicas mutantes y todo ese elenco de freaks típico de las salas Grindhouse americanas, donde se distribuían allá por los años setenta películas de malísima reputación.

Y si eres padre, Shrek 3 te toca seguro. En fin, el calor derrite el celuloide. Siempre nos quedará la
siesta, la playa y una granizada bien fresquita.

Nos vemos en el cine...

Brick


Noir de instituto

¿Por qué los personajes protagonistas del cine negro de los cuarenta son tan talluditos? ¿Por qué no se decantaron sus directores por jovencitos sin pelos en el pecho, de acné facial y risa fácil, o chicas de tersa piel, talle sin grietas y experiencia raquítica? Supongo que la razón esencial es que el público que llenaba las salas por entonces era igualmente madurito e interesado por encontrarse seres con los que pudiera identificarse. Claro que aquellos eran otros tiempos, y el cine negro se encargó de exorcizar los miedos y las esperanzas de una escéptica generación marcada por la guerra.

Gracias a esto hoy podemos disfrutar de un género mítico que ha tenido más que dignos continuadores, especialmente en la Nouvelle Vague y en el neo-noir americano de los noventa. La Nouvelle Vague dota al cine negro de espontaneidad y fluidez narrativa, así como de frescura y cotidianeidad en su puesta en escena. Los diálogos y los escenarios son callejeros, y sus personajes juveniles, enfrentados a una sociedad envejecida que no comprenden ni lo desean. Del escepticismo de la generación de entre guerras pasamos al existencialismo rebelde de una generación que buscaba su lugar en el mundo lejos del mapa aportado por sus conservadores adultos. Hoy los tiempos han cambiado. Los cines se pueblan de adolescentes en busca de su dosis de tetas, romance y buenos efectos especiales. Y ya no buscan lugares ajenos a su entorno donde crecer (la publicidad que les avasalla los prefiere siempre jóvenes).

Brick (en referencia a los ladrillos de heroína que fabrica The Pin) nos inspira el recuerdo de la evolución del género negro (y del hard-boiled asiático, con sus pandillas urbanas) que intenta siempre con esfuerzo reinventarse en fórmulas más o menos acertadas pero que sin remisión nos devuelven a sus fuentes, haciéndonos resoplar: ¡otra vez será!, ¡pues bueno! o ¡a mí me gustó más las de Bogart o Tarantino! Y es que –según dicen los promotores y los admiradores del cine llamado independiente- el mayor acierto de esta obra prima del joven realizador Rian Johnson reside en haber situado un género pensado para personajes adultos en un contexto de adolescentes californianos jugando a ser terribles mafiosos, chicas fatales o astutos detectives. Todo muy aparentemente posmoderno, pero aderezado con un guión más bien clásico: detective (ocasional) en busca de (su) chica perdida, femme fatal sensual de oscuras intenciones (loca por tirarse al detective), matón temible y jefe mafioso excéntrico). Los personajes son caricaturas de dibujo animado, que sólo en breves instantes logran tomar una forma más sólida. Casi siempre cuando aparecen en escena el dúo protagonizado por un solvente y contenido Joseph Gordon-Levitt (¡cuánto me recordó a Fele Martínez en Tesis!) y esa muñeca de ojos expresivos y conspiradores llamada Nora Zehetner (vista por la serie Héroes). Los demás son para echarlos a los tiburones.

Supongo que fue precisamente este amateurismo lo que le gustó al público de Sundance (Premio Especial del Jurado) y al de Sitges (premio Citizen Kane al mejor director novel). Y es que Johnson logra crear sensación de cercanía y frescura a costa de un guión elaborado con mimo, aunque acentuada por la falta de presupuesto (los escenarios son escasos y repetitivos). Lo que nos queda (seguro que pronto lo sabremos) es pensar que hubiera hecho este realizador con un mayor presupuesto y una historia más adulta (en todos los sentidos).


Brick es una obra desinflada por su escasez presupuestaria y su reparto adolescente, que dota a la cinta de una sensación de artificiosidad que (a mí por lo menos) despista y aburre. Una pena, porque sus escenas intimistas (el descubrimiento del cadáver en el túnel, las llamadas a su novia, los encuentros con Nora Zehetner) prometían lo que con el tiempo deviene como un puzle aderezado de interminables puñetazos.

Aún así es un acierto (propio de todo producto posmoderno) ofrecer un collage inusual que combine cine negro con personajes que pululan aún por el instituto (de hecho Johnson filmó en la escuela a la que asistió de pequeño), a pesar de parecer tan teatral y forzado. Descubrir papeles de adolescente que no fluctúen entre el humor grueso, el terror prefabricado, o el romance pastelero, es casi un milagro que debería estar protegido por la UNESCO.

Supongo que todo el que vea Brick estará esperando que Johnson nos haga disfrutar en breve de una obra más sólida y más negra que ésta (y quizá sin tanta testosterona derrochada). Por lo visto posee recursos más que probados. En proceso está la que parece que se titulará The Brothers Bloom, un noir triangular, con dos hermanos (Adrien Brody y Mark Buffalo) y una compañera poco fiable (Rinko Kikuchi, la excelente sordomuda de Babel). Completa el reparto la siempre estupenda Rachel Weisz.


Tráiler (vía | Youtube)

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Nos vemos en el cine…

¿Quién quiere vivir para siempre?

La fuente de la vida es una odisea sobre la eterna lucha de un hombre a través del tiempo por salvar a la mujer que ama. Su peripecia épica empieza en la España del siglo XVI, donde el conquistador Tomas comienza su búsqueda de la Fuente de la Eterna Juventud, la legendaria quimera que se cree concede la inmortalidad. Un científico de hoy en día, Tommy Creo, lucha desesperadamente por encontrar una cura para el cáncer que está matando a su adorada esposa. Y, viajando a través del espacio, como un astronauta del siglo XXVI, Tom empieza a comprender los misterios que le han atormentado durante un milenio. Las tres historias convergen en una verdad, cuando los Thomas de todas las épocas (el guerrero, el científico y el explorador) aceptan la vida, el amor, la muerte y el renacimiento.

Darren Aronofsky es un director arriesgado. Después de Pi y de Requiem para un sueño, llega The Fountain. Presentada en el festival de cine de Venecia, Aronofsky espantó a la crítica con "un engendro místico", "su fiasco representa uno de los trastazos más espectaculares que se recuerdan en Venecia", "sólo es recomendable para fans acérrimos, pero mejor si van convenientemente drogados", o "un alud de memez y pedantería". Quién se fia de los críticos, más espectadores que gana La fuente de la vida. Ya está tachada como película de culto, incluso antes de su estreno.

Quizá se trataba de hacer un discurso sobre el anhelo del hombre por la inmortalidad, la búsqueda de la eterna juventud y la lucha por mantener el amor más allá de la muerte, pero se queda en las puertas. La historia resulta bastante confusa al espectador medio, y el recurso narrativo de las tres dimensiones temporales de la humanidad (pasado, presente y futuro) terminan por desquiciar al espectador. Todo se reduce a un ejercicio de experimentación (bellísimo, desde luego) visual. Cada fotograma está impregnado de la estética del director. La forma es lo que cuenta. Sólo eso.

Los actores están magníficos. Hugh Jackman gana en cada nuevo papel que interpreta. La escena en que se tatúa el anillo es verdaderamente sobrecogedora. Rachel Weisz está bellísima, pero no se luce lo suficiente. El papel de Ellen Burstyn es muy secundario. Fotografía, efectos y música -de Clint Mansell- son perfectos. Pero no llenan lo suficiente.


Quizá Darren Aronofski quería hacer una película de ciencia-ficción al estilo de Tarkovsky, como Solaris o Stalker. O simplemente reflexionar sobre nuestras preguntas existenciales. Y es que noventa minutos para concluir en que la solución al sufrimiento y miedo a la muerte es la aceptación de ésta como una etapa más de la vida... El espíritu sobrevive eternamente y nos fundimos con la naturaleza. Lástima que el descubrimiento sea tan poco original.



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