Cine fabricado por niños


Desde México llega a mis oídos la feliz noticia de la existencia -nada joven (se creó en 1995)- del Festival Internacional de Cine para Niños, una iniciativa loable que parte de la mano de Matatena A.C. y que busca fomentar y promover el gusto por el cine dentro de la población infantil. La décimo segunda edición del Festival se realizará la segunda semana de Agosto, durante las vacaciones de verano, en la Ciudad de México. En él se podrá disfrutar de cine de calidad en 35 mm. y/o 16 mm. de diversas partes del mundo, dirigido al público infantil de 7 años en adelante. El festival estará integrado por 73 materiales divididos en cuatro categorías: largometrajes, cortometrajes, documentales y cortometrajes hechos por niños, los cuales serán calificados por un jurado integrado por pequeños cinéfilos.


A su vez, Matatena A.C. imparte también talleres con los
que se pretende dar a conocer a los niños los entresijos de la producción cinematográfica, difundir la creatividad, fomentar la socialización de los más pequeños y difundir valores de solidaridad, respeto, etc.

Matatena A.C. cuenta con una videoteca interesante compuesta por animaciones realizadas con plastilinas y cortometrajes de ficción realizados por niños desde 1998.


Desde su página web nos animan a visitar sus cortos y actividades, y nos ofrecen un servicio on line de tarjetas, dibujos para el escritorio de tu ordenador y rompecabezas.

Iniciativas como éstas son interesantes y aportan más que mucho a la difusión del disfrute por el séptimo arte. Países como
por ejemplo Dinamarca invierten un 25% a producciones para niños del total de su presupuesto asignado a la producción cinematográfica. Desde OjO de buey elogiamos a Matatena A.C. por su Festival y sus talleres, y a todos los que como ellos desarrollan acciones cinéfilas para los peques.


Otras iniciativas similares de cine hecho por niños:

El
Festival Internacional de Cine de Monterrey y Mundo De Adeveras: cine para niños hecho por niños entre 6 y 15 años.

El Festival Internacional de Cine de Gijón: incluye talleres interesantes para los más pequeños.

El Minifest de Estambul: comenzó en 2003, siempre en octubre, y los niños de las escuelas primarias y parvularios no son sólo espectadores, sino participantes activos también en este festival del arte. Hay conciertos de niños, juegos, películas etc.

El DIVERCINE uruguayo: organizado por el Instituto de Medios Audiovisuales para Niños y Jóvenes (IMAN), de Montevideo, Uruguay. Cabe enlazar la web del IMAN, el Instituto de Medios Audiovisuales para niños y Jóvenes, con numerosos recursos y actividades.

Nos vemos en el cine..., todos...

Venus


El viejo verde y la niñata

Al igual que hiciera en numerosas ocasiones la literatura, el cine ha aprovechado la riqueza del arquetipo atrayente y a la vez arrabalero del viejo verde (senex amator), unas veces con intenciones claramente moralizantes o psicológicas (como en parte sucede en la película que nos toca), otras costumbristas o históricas, y otras como un ejercicio de mero divertimento o sátira social. La Real Academia Española define viejo verde (aplicable por igual a la viuda verde o alegre) como aquel «que conserva inclinaciones galantes impropias de su edad o de su estado». En esta acepción del término lo que llama poderosamente la atención del lector cauto es el concepto “impropio”, ya que en él se encierra la clave del propio origen de la expresión, subrayando la naturaleza social de la misma, que nace de la imagen que un determinado grupo construye de sus conciudadanos entrados ya en una edad que no les permite con tanta precisión hacer uso de la mecánica sexual.

En el mundo clásico la expresión viejo verde poseía un carácter positivo, haciendo referencia a una vejez lozana, juvenil y vigorosa. Séneca llama a su anciano amigo Clarano non... senem, sed mehercules viridem animo ac vigentem (Epístolas LXVI 1), es decir, “no viejo... sino, por Hércules, verde y vigoroso de espíritu”. Los clásicos, por suerte, valoraban la vejez no tanto como un handicap como un tanto a favor de quien la poseía. Pero con el tiempo esta acepción se inclinará más por moralizar su significado hacia el terreno pantanoso de la lascivia, impulsado por supuesto por la religión, siempre rápida en tapar con represión lo que la naturaleza (su color es el verde) concede generosamente.

Actualmente la expresión va perdiendo con el tiempo peso y agrado, a causa de la calidad de vida de la que dispone la llamada por los sociólogos tercera edad, y el vencimiento social de los estereotipos que sobre este grupo generacional se han vertido durante las últimas décadas. Aún así, las sociedades contemporáneas siguen cimentándose sobre el mito de la eterna juventud, alimentado por las grandes empresas del ocio y de la salud, y rehuyendo con ello de una reflexión seria y serena sobre la vejez, la muerte y el dolor. Películas como Venus, pese a sus limitaciones artísticas o narrativas, no dejan de ser cuando menos necesarias para inspirar sugerentes replanteamientos de nuestra imagen de la vejez y sus humanas paradojas (más aún cuando éstas van dirigidas al terreno de la sexualidad).

Pero en Venus la dialéctica viejo verde-jovencita díscola no se sitúa sólo en el plano sexual, sino también generacional. La joven Jessie (una natural y convincente Jodie Whitaker) toma por pura necesidad (huir de su casa en el pueblo y respirar la libertad que aparentemente ofrece la gran capital, Londres) el trabajo de cuidar de su tío, un anciano cascarrabias dispuesto más bien poco a aguantar los agravios y excesos de su sobrina. Por el contrario, el siempre seductor y vitalista (aún sigue ejerciendo su trabajo de actor, aunque sea en papeles de enfermo a las puertas de la muerte) Maurice (un esquelético pero estupendo Peter O'Toole, casi interpretándose a sí mismo) verá en Jessie su Venus particular, su última esperanza ante el dolor de su próstata y la miseria de una muerte que espera no muy lejana. La belleza redime la desesperanza ante el dolor. Sabe que esa joven, pese a ser grosera y esquiva, es lo único luminoso y hermoso que aún podrá contemplar y disfrutar. A su vez, para Jessie, Maurice es la única persona que la trata con cariño y respeto, haciéndole apreciar su belleza y posibilidades ante la vida. Este juego de necesidades compatibles hará posible la empatía entre ellos.

Venus es una película sencilla, tanto en su puesta en escena como en su narración. No logra emocionar lo que precisa y se desinfla en numerosas ocasiones, aunque posee intenciones y momentos jugosos que merecen ser apreciados. Gana en las escenas en que aparecen Maurice y Jessie con su juego cruel de seducción y desprecio.

En lo moral, no es una película ni degradable ni transgresora. Sabe mantener el pulso a los personajes para que sean lo que son y no más. No hay ni pedofilia ni escenas explícitas que superen lo inocente. Por el contrario, es evidente la intencionalidad humanista con la que nace.

Si tuviéramos que comparar Venus con otras películas que abordan el tema de la enfermedad, el dolor o la muerte en la vejez tendríamos de seguro dedos con los que rellenar mejores intentos que éste. Recordemos Iris (Eyre, 1991), Una historia verdadera (Lynch, 1999), Muerte en Venecia (Visconti, 1971), El crepúsculo de los dioses (Wilder, 1950), El hijo de la novia (Campanella, 2001), Fresas salvajes (Bergman, 1957), u obras menores pero sugerentes como nuestra Solas (Zambrano, 1999), Cocoon (Howard, 1985), o A propósito de Schmidt (Payne, 2002). Por otro lado, recomiendo vivamente obras grandiosas del cine oriental como la bella y terrible La balada de Narayama (Himamura, 1983), la exquisita Cuentos de Tokio (Ozu, 1953), o esa reflexión sin excusas sobre la muerte que es Vivir (Kurosawa, 1952).

Pero no desmerezcamos esta obra pequeña, directa y sincera de Roger Michell, que lejos del pastelito de Notting Hill ha compuesto una película que esperamos se prolongue en productos cuando menos tan correctos como éste, o como su anterior y parecida en temática The mother.

Lo mejor:

Los tres amigos ojeando las esquelas del periódico, en busca de compañeros fallecidos.

Jessie permitiendo a Maurice tres besos.

El carácter casi biográfico del personaje de Peter O'Toole, decrépito pero indomable, enfermo pero seductor.

La escena en la que Maurice intenta a su modo pedir perdón a su ex-mujer.

Por supuesto, Vanessa Redgrave. Radiante, pese a lo fugaz de sus apariciones.

Nos vemos en el cine...

Transformers



En busca del optimismo ochentero

Aprovecho la aparición -no suficiente pero siempre necesaria en verano- de la refrescante atracción audiovisual de ese vendedor de fuegos artificiales que es Michael Bay (La roca, La isla, incluso son suyas las infumables Pearl Harbor y Armageddon) para recordar (quizá sea esto lo único que hace al público más entrado en años y películas engullidas soportar los 144 minutos de este circo intrascendente y sólo en escenas aisladas soportable) la trayectoria de un maestro del entretenimiento como Joe Dante, cuya maestría para fabricar películas divertidas e inocentes aún deja una huella en aquellos que tuvimos la suerte de ser adolescentes allá por los ochenta.

Transformers es buena sólo cuando huele a Dante, cuando sus robots nos recuerdan la ironía naif y las travesuras de los Gremlins, o la heroicidad sin muertos de Pequeños guerreros. Y la iniciación al primer amor a través de la aventura más alocada e increíble tiene ecos de El chip prodigioso y sobre todo de Gremlins. La escena en la que el protagonista debe ir a su casa a recuperar las gafas es puro Dante. La forzada verborrea de unos robots que parecen más unas mascotas que los salvadores del mundo libre es puro Dante (aunque en esta película quede toda su frescura descuidada por un guión y un ritmo sin la naturalidad infantil del maestro). En Transformers la exageración de unos prodigiosos (y quizá lo mejor) FX diluye la frescura y dispersa la atención sobre la épica adolescente que con Dante sí funcionaba y llegaba incluso a emocionar.

Transformers intenta atraer con coches (qué decepción la conversión del destartalado y humanizado coche de segunda mano en un deslumbrante Chevrolet Camaro) y chica que quita el aliento y otras cosas (Megan Fox está tan sabrosa en su cinética como insípida en su interpretación) al público joven, que pronto se sentirá identificado con el protagonista, un chico inteligente, con sentido del humor pero a dos velas. Sin embargo la magia Dante es lo que tiene; todo lo transforma a través de la aventura y pronto el joven en busca de su identidad la encontrará intentando ¿salvar al mundo? (hasta en esto Transformers se diluye en una Armageddon 2). Con Dante nadie desea salvar el mundo; la aventura basta. El optimismo ochentero de la marca Dante sabía que, como en las películas indianescas de Spielberg (por cierto, coproductor de la cinta), mientras el personaje corra, salte, huya, bese y rescate la emoción está asegurada. El resto basta, incluso los FX digitales. Por eso el personaje de Martin Short en la escena final de El chip prodigioso no vuelve a su antigua vida, sino que corre tras otra misión que le haga sentir vivo.

Transformers roba sus personajes a una famosa serie de TV japonesa que allá por los ochenta hizo furor y anticipó lo que hoy es una explosión manga que trasversa todo el cine de entretenimiento made in USA (incluido Tarantino). Y combina con tímido acierto la frialdad de la máquina con la ironía antropomórfica que nos hace accesible y emocionante la aventura de los robots. Aunque en esto yo prefiero la entrañable rivalidad de los cascarrabias R2D2 y C3PO, incluso la ingenua vitalidad adolescente de Johnny 5 en Cortocircuito (John Badham, 1986), el Sayonara baby del insensible Terminator, o la heroicidad del entrañable Buzz Lightyear (Toy Story, 1995).

Y es que Transformers demuestra que el humor de nuestras sociedades ha cambiado: de la incorrección política, la ironía sin sangre o el nudismo sin preservativo de los ochenta, hemos pasado a un conservadurismo audiovisual que si bien es más realista en la puesta en escena de la acción, pronto deviene en un espectáculo vacío que ahoga la emoción en beneficio de la taquilla.

Lo mejor:

La escena en la que el protagonista debe ir a su casa a recuperar las gafas.

Sin duda, Shia LaBeouf. Un actor que sin hacer mucho transmite una naturalidad y cercanía increíbles.

Los más que evidentes conocimientos de mecánica de Megan Fox.

El realismo de los efectos digitales CGI, un prodigio de técnica, imaginación y paciencia

La escena de la niña en la piscina (muy al estilo del King Kong de Jackson o La joven del agua de Shyamalan). Quizá Transformers hubiera sido una película estupenda en clave de terror, quizá.


Tráiler

Escena de la serie de dibujos animados

Web oficial

Nos vemos en el cine...

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