Querido Ridley:

Tus admiradores, que somos legión en número y gladiadores en tu defensa, hemos recibido con grata sorpresa tu última entraga, American ganster. No es tu mejor película, pero es una gran película. Nos ha sorprendido de ella, sobre todo, la perfecta ambientación de los años 70 y la austeridad y falta de efectismo de las imágenes. Tus detractores siempre te han tachado de efectista, de tramposo. Quienes te idolatramos siempre te hemos defendido con el argumento de que para hacer trampas hay que saber hacerlas. En efecto, American ganster es una película muy austera en su narración, lineal, plana, fácil; apenas hay escenas que deslumbren por encima de otras; manda la narración entera por encima de momentos puntuales. No estábamos acostumbrados quienes te seguíamos a ese ejercicio de sobriedad, y te lo valoramos. Tanto Spielberg en Munich como tú en American ganster habéis apostado por este estilo clásico. Bienvenido sea.

No obstante, si has subido a los altares de la cinematografía no ha sido por la sobriedad sino por el barroquismo de algunas de tus obras y la originalidad de tus propuestas. Creador de mundos, gran voluntad de estilo, poderosa narrativa, decorados fabulosos, innovación de géneros, ... estos sintagmas te definen más que los anteriores.

Como todos los grandes, has alternado obras maestras con verdaderas chapuzas. Entre tus lamentables actuaciones, yo destacaría La teniente O'Neil (1997) y El reino de los cielos (2005). Cuando pienso en ellas me da la taquicardia. Hay otras flojitas, entretenidillas, como Un buen año (2006), Black Rain (89) o La sombra del testigo (87). Otras me parecen muy interesantes, grandes ejercicios de estilo, como la primera de todas, Los duelistas (77) o Black Hawk derribado (02). Hannibal (01) no sé dónde meterla, si bien creo que gana con el tiempo junto con la primera entrega, la insuperable de Jonathan Demne.

Y por último, querido Ridley, vienen tus obras maestras de la cinematografía de todos los tiempos, nada menos que cuatro películas que, a mi juicio, pondría entre las veinte mejores de la Historia del cine: Alien, el octavo pasajero (1979), Blade Runner (1982), Thelma y Louise (1991) y Gladiator (2000). De tener cuatro obras maestras pueden presumir pocos directores (Spielberg, Kubrick, Kazan, Hitckcoch, Lean, Houston, Allen y pocos más, creo que Mankiewicz, Scorsese y Coppola se quedan en tres). Así que estamos hablando de uno de los grandes, y además en plena producción. Lo único malo es que cada vez espacia más en el tiempo sus grandes obras, cuando sus inicios fueron absolutamente fulgurantes.

Me gustaría que en este blog se pronunciasen los lectores acerca de las películas de bichos. A mi juicio, no las ha habido como Tiburón de Spielberg y Alien de Scott, sencillamente porque ambas reinventaron el género, una llevándolo a las profundidades del mar y otra al espacio infinito y más allá.

¿Qué decir de Blade Runner? En este blog ya se ha hablado de esta película de culto para muchos, entre los que me encuentro. Quizá sea la mejor película del realizador, la que más implicaturas filosófico-existenciales posee y uno de los referentes del cine del último tercio del XX. Una auténtica obra maestra aún no superada.

Thelma y Louise no se llevó el Óscar a la mejor película de ese año porque coincidió con otra obra maestra, El silencio de los corderos, pero ese año lo debían de haber nombrado ex-aequo, tan interesantes son ambas en su estilo.


Su última obra maestra es Gladiator. Hay cinéfilos que aún no lo admiten y siguen encestados en pseudo-problemas de encaje histórico y a vueltas con el guión. ¡Que es una peli, que no os enteráis, nada más! Aún no se han enterado de que Gladiator es un verdadero hito popular de los últimos 10 años, sólo por detrás de Titanic y, a mi juicio, mucho más emocionante. Se atrevió con una de romanos, como las de antes pero mejor hecha. Sólo la supera en el género Espartaco del gran Kubrick. Quienes no admiten la excelencia de Gladiator no admiten ni siquiera que se emocionaron con la música, que se asombraron con las escenas de la batalla inicial (las mejores en cine bélico junto con Salvar al soldado Ryan de Spielberg y Enemigo a las puertas de J. J. Annaud, éstas dos sobre la Segunda Guerra Mundial) y acabaron estremecidos con el trágico final.

En fin, querido Ridley. Seguiremos expectantes. Te seguiremos al espacio, al futuro, al siglo XIX, A Roma, a Las Cruzadas, a Vietnam, a La Provenza, al Nueva York de los años setenta o a Los Ángeles de 2019.

Llévanos donde quieras.

Salud.

Tanhausser

En el valle de Elah


De Paul Haggis, guionista de Million Dollar Baby, y guionista y director de Crash, no cabe sino esperar productos interesantes, y En el valle de Elah lo es, y mucho. Recuerda a muchas películas de posguerra vietnamita que están en la cabeza de todos, pero se aparta de ellas lo suficiente para aportar aspectos notables al género posbélico. El más importante, a mi juicio, es la forma narrativa. El espectador se entera de todo no a través de una narración lineal de los hechos, sino a través de una doble fuente de información: una investigación policial por un lado, y el visionado de unas filmaciones realizadas por un soldado con su teléfono móvil durante su estancia en Irak, las cuales están dañadas, por otro. Es muy original la forma, ciertamente. Se aprecia en Haggis una voluntad de estilo en este aspecto narrativo que habíamos observado también en Crash, lo cual le agradecemos quienes damos importancia a estas cosas de cómo contar.

El espectador recibe la información paulatinamente, y a la vez va interpretando unos hechos que presentan muchas aristas. Y lo hace a la par de los protagonistas, unos solventes Charlize Theron (se ponga sexy o no da gloria verla) y Tommy Lee Jones (éste cada vez mueve menos músculos para interpretar, tipo Morgan Freeman; parecen haber llegado al karma de la interpretación; no sé no sé si me gusta eso).


Hay dos grandes metáforas en las películas; ambas se han criticado, pero yo les veo el sentido y la eficacia: la bandera boca abajo y la simbología (eso sí, sencilla, del relato bíblico de David y Goliath). En cuanto a la primera, está bien resuelta y nos propone un final cerrado con llave de oro perfectamente inteligible, nada menos que el Imperio pidiendo ayuda a los demás para que le orienten en su política exterior e interior (¿a Europa, quizá?). En cuanto a la alegoría bíblica, sí parece introducida con calzador, especialmente por la escena donde es presentada, pero tiene su lógica y su función. En primer lugar, porque el texto elegido describe la forma de entender la educación de su locutor, Hank (Tommy Lee Jones); en segundo lugar, porque el niño le da un significado moral cuando se pregunta por qué los generales mandaron permitieron que fuese un niño quien peleara con Goliath (aunque el propio niño quisiese, pues un niño no es dueño ni de sus propias decisiones). Si relacionamos esto con la llegada al cuartel de un nuevo recluta --muy joven-- estableceremos los nexos suficientes para justificar la presencia de esos metarrelatos.

En otro orden de cosas, se le ha criticado al director en otras ocasiones cierta dosis de complacencia dentro de la crítica y, en el estilo, cierto efectismo (uso de cámaras lentas, música apropiada para momentos climáticos, primeros planos lacrimógenos, etc.) Admito que cuando ha echado menos de estos recursos me ha sido difícil despertar de la ficción para poder verlos en relieve y criticarlos, de modo que algo dirá de su pericia; aun así, creo que en esta película no recurre a ellos de forma tan notoria ni copiosa. La narración, en un primer visionado, parece ciertamente objetiva, si exceptuamos el recreo naturalista y a veces morboso en el descuartizamiento de un cadáver. Comoquiera, me parece mucho más objetiva que Crash.
En cuanto a los actores, he de decir que el personaje de Tommy Lee Jones está muy bien perfilado. Él no es él, sino el producto de un mundo determinado, ahora con complejos de culpabilidad y a punto de derribarse, que busca desesperadamente al menos enterrar a sus muertos con cierta dignidad, si no con honores de guerra, con la que da al menos la búsqueda de la verdad. Cumple una doble función: emotiva y detectivesca. Es el hilo de Ariadna que conduce a Charlize al descubrimiento de las claves, precisamente porque conoce las claves de ese mundo.


Las breves incursiones en la vida social de esa ciudad de militares resultan inquietantes. La muerte de esa chica que va a denunciar las torturas a las que es sometido un perro por parte de su compañero sentimental, un militar, resulta estremecedor. Los esbozos descriptivos del ambiente jerárquico en la política de esa ciudad y en la política de la jerarquía militar resultan aterradores en su concisión y rotundidad.

No quiero enrollarme más; tan sólo dos apuntes sobre la evolución y sobre el final. La peli es toda una bajada a los infiernos. Cuanto más conoce el padre del hijo peor resulta. El padre va en busca de un héroe o algo así que justifique un poco todo, tal como ocurre en otras películas, pero, a medida que va conociendo, se entera de más aspectos macabros, ruines y desoladores. No hay esperanza. El camino es el del conocimiento del antihéroe, aunque éste fuera en principio una especie de Emilio de Rousseau, pero la guerra le ha convertido en alguien sin escrúpulos que cree divertido hacerse pasar por médico para así poder meter sus manos sucias en las heridas abiertas de los vencidos. Estremecedor.

Me parece muy bueno el final, no sólo por la metáfora de la bandera, sino por el desenlace de los hechos. Hay en el ejército órdenes de no detenerse en las calles y en los caminos por nada del mundo, pues podría tratarse de una emboscada. No parar significa a veces llevarse por delante vidas absolutamente inocentes. Y por último, el desenlace de la historia central, aunque todas están relacionadas: "Cuando me di cuenta estaba apuñalando a Mike" -dice un personaje- "igual que podía haber sido al contrario". Da igual. La muerte es ridícula, la guerra es ridícula, la violencia es ridícula, grotesca. El padre se queda sin venganza. ¿Cómo vengar unos hechos sin sentido? El padre-coraje buscaba móviles, razones, coartadas y al final no hay nada. Nada.

Hay que ir a verla.

Salud.

Tanhausser

Los crímenes de Oxford


¿Podemos tener alguna certeza? Así comienza la última de un desconocido Alex de la Iglesia. Sí, podemos tener la certeza de que lo puedes hacer mejor, Alex, mucho mejor. Y por lo que parece, si recuperaras un poco siquiera de la mala leche (negra, que no blanca) que destilaban tus anteriores realizaciones (exceptuando la insufrible 800 balas y su hija indecente, Muertos de risa). No te sienta bien hacerte el frío a lo Eastwood o el intelectual a lo Allen, o por lo menos eso es lo que demuestra este experimento (¡espero!), una aburrida simulación de mecano filosófico con tintes de Cluedo, aderezado con la salvífica presencia de Leonor, que si no llega a subirnos la temperatura con su delantal, hubiéramos muerto de congelación súbita.

Por favor, Alex, ¡qué guión más malo! A uno acaba por importarle un carajo si aparece un muerto más y de qué forma se producirá tan desafortunado incidente. Y es que en Los crímenes de Oxford se obliga al espectador a sortear el engranaje narrativo con la débil iluminación de una lógica caótica y forzada que acaba por revelarse como lo que es, puro humo. No es que Los crímenes de Oxford quiera hacer tesis del azar metafísico -que también-, si
no que ella misma deviene en esa indeterminación a través del ejercicio constante de fidelidad a esa inconsistencia.


Una pena, porque los actores -exceptuando un Elijah Wood que aún no puede despejarse su careto de hobbit- hacen su trabajo con soltura (Julie Cox sobresale en un papel que Hitchcock aplaudiría), y la cámara encuadra con acierto. Pero esa sugerente banda sonora de Roque Baños (heredera del mejor Hermann) no merece tales despropósitos de guión, no. Quizá la fidelidad al texto de Guillermo Martínez (Premio Planeta 2003 en Argentina con esta novela) sea el motivo esencial de tal descalabro. Lo que en papel de seguro será un inteligente ejercicio del mejor policíaco bañado en las falsedades seductoras de laberínticas falacias lógicas, al pasarlo a celuloide el resultado se difumina en un fangal de pretenciosos diálogos que más que fijarnos a la butaca, nos escuecen sin emocionar.

Alex resbala cuando se deja llevar por los excesos que pueblan su imaginario cinéfilo, tanto si lo hace transitando el submundo freak, como si decide -es este el caso- emular el negro puzzle típico del cinema angrosajón de los setenta (La huella). Por eso La comunidad sigue siendo su mejor creación, porque sin traicionar su carácter, nos ofrecía una contención que denotaba madurez sin perder su estilo intransferible.

Supongo que todo es tener paciencia y esperar su próxima.

Siempre nos quedará la Watling...





El amor en los tiempos del cólera

Las obras de García Márquez han sido llevadas al cine en varias ocasiones: La viuda de Montiel (1979), Eréndira (1983), Crónica de una muerte anunciada (1987) y El coronel no tiene quien le escriba (1999), esta última de Arturo Ripstein. El resultado ha sido casi siempre poco convincente, probablemente a causa de la comparación inevitable con la extrema calidad literaria de los libros en el que se basan. No hay muchas películas que superen en calidad a obras con una calidad contrastada. Pero entre ellas se hallan ciertas joyas: Blade Runner, El Padrino, Matar a un ruiseñor, Los santos inocentes.


Este no es el caso que nos ocupa, el de la película El amor en los tiempos del cólera, basada en la obra homónima de García Márquez. Sin embargo, no voy a destrozarla, pues hay aspectos interesantes que quiero resaltar junto con otros que, obviamente, voy a criticar, para avisar a quien vaya a verla de qué se va a encontrar. Sé que a la película le precede una crítica malísima, y que, probablemente, se veía venir desde el principio por la razón arriba apuntada. Pero, ¿qué otra cosa se puede hacer?

El guión no es nada malo. De hecho, cuenta con el visto bueno de Gabo, y el relato de los acontecimientos tampoco está mal. No en vano, Mike Newell es un director con garantía (Cuatro bodas y un funeral, Donnie Brasco -estupenda cinta de gángsters-, La sonrisa de Mona Lisa o Harry Potter y el cáliz de fuego). Los guionistas no se han dejado nada importante sin reflejar. Los principales amoríos del protagonista (al menos los que yo recuerdo más vivamente de mi lectura) están mostrados convincentemente. La relación Daza-Urbino está bien contada y da buena réplica a la de Daza-Ariza. Es lineal, efectiva, y, cuando se la ve decaer, los guionistas han recurrido oportunamente a frases del texto para levantar con palabras hermosas lo que los fotogramas sólo pueden esbozar, a paisajes espectaculares de ciudades costeras colombianas o de la inmensidad del Orinoco o, en último término, a unas canciones interpretadas por Shakira que, verdaderamente, suenan bien. Quiero decir con todo esto que creo que, aunque se pudiera haber realizado una mejor película, esta no es mala como guión y como relato de unos hechos de corte romántico.


¿Qué falla entonces, por qué no acaba de convencer, cuáles son los problemas? Hay varios. Lo primero, el maquillaje. Hay que decirlo claramente: hacía tiempo que no veía un maquillaje tal penoso. Es malo en sí mismo, en cada actor por separado, pero además es malo comparando a unos actores con otros en mitad de la película. Por ejemplo, cuando se encuentran Florentino Ariza y Juvenal Urbino en el despacho de Ariza encontramos a un Florentino mucho más viejo que Juvenal, cuando antes los habíamos visto prácticamente de la misma edad, incluso a Florentino más joven en las primeras escenas de la película. El envejecimiento de los actores es patético, y llega a su clímax negativo al ver el desnudo de Fermina Daza en las escenas finales en el barco, donde queda a las claras el montaje. Aún hay más sobre el maquillaje: la realización de cámara y ángulos exhibe una osadía fabulosa pues --ignorando lo malo que es el maquillaje-- se recrea en unos primeros planos de las caras de los protagonistas que queda aún más al descubierto las carencias y atropellos de los maquilladores así como la mala calidad de los afeites empleados en la causa. Una pena.

Otro de los grandes desaciertos de la película es contar con dos actores para el personaje de Florentino Ariza (Unax Ugalde y Javier Bardem) y, paradójicamente, no tener dos actrices para Fermina Daza, cuando tienen el mismo protagonismo y envejecen a la par. Es algo que no se entiende. Además, pasa de un personaje a otro en un tempo narrativo de un año. Un verdadero dislate.


Pero quizá el mayor problema de todos es que no nos creemos a Javier Bardem en el pellejo de Florentino Ariza. ¡Ojo! Y no es por el bueno de Bardem, que será seguramente el mejor actor español vivo. El problema es que no está bien hecho el casting. Para ese personaje necesitamos a un actor con los rasgos mucho menos marcados, no con esa cara de psicópata que siempre tiene Bardem (veréis cómo en No country for old men lo borda, porque allí está medio loco). Aquí hubiese pegado un tipo Jeremy Irons o, para no picar tan alto, un tipo Sbaraglia o algo así, algo más etéreo. Quien haya leído la obra sabe a qué me estoy refiriendo.

En suma, un intento razonablemente bien resuelto calibrando la dificultad narrativa de la empresa y la calidad de la obra en la que se basaba, aunque quizá no la mejor factura de las posibles.

Salud.

Tanhausser

La brújula dorada

Los hijos de Harry Potter tienen una sombra muy alargada. Esta, La brújula dorada, es otro epígono más con todas las características epigonales: fantasía, estructura en sarta de las aventuras, héroe preadolescente, malos y buenos perfectamente definidos desde la primera escena (a ver si alguien se vaya a perder), batallas épicas, realidad y ficción, bichos que hablan, etc.

Uno de estos guionistas leyó las claves de los cuentos de Vladimir Propp y, para fomentar el espectáculo, ha exagerado todos los caracteres. Que todo héroe emprende un viaje, éste se irá a la Conchinchina del Polo Norte; que todo héroe salva un reino, éste salva el mundo entero en el que vive y
todos los mundos paralelos (casi nada); que todo héroe tiene siempre un amigo, éste tiene cuatrocientos (un navegante sacado de un western, un oso, un alter ego y hasta un ejército de brujas) y a todos se los mete en el bolsillo y son amigos for ever and ever en cuestión de tres segundos de conversación (¡qué don de gentes, ni el Sarkozy!). En fin, alguien le dijo al guionista que había que montar el espectáculo e interpretó que había que elevar al cubo las ceñidas características de toda leyenda que trazó el bueno de Vladimir Propp.

Para qué detenerse en los actores, un plantel, por cierto, tan espectacular como poco perfilado. El bueno de Daniel Craig tiene una intervención mínima en la película, en plan divo. Parece ser que en la (me echo a temblar) segunda parte tendrá más protagonismo.


Leo en el Fotogramas (donde, por cierto, no sale malparada) que es la película más rentable de estas semanas, y he de admitir que el trabajo de marketing y publicidad ha sido bueno, y mejor aún las fechas de emisión, cuando todo el mundo va masivamente al cine. Pero eso, los efectos especiales y el dramatis personae no establecen relación alguna con su calidad, sino con su presupuesto. Y si la película no tiene ni pies ni cabeza, pues no la tiene. Estamos cansados de ver películas de este tipo en las que puede pasar cualquier cosa, en la que cualquier bicho se te puede cruzar por el camino, en la que cualquier hechizo es posible y cualquier poder puede estar en manos del personaje. No negamos la magia ni la
fantasía, pero debe haber una coherencia para que nos lo creamos. No te pueden asaltar así por las buenas, sin venir a cuento, cualquier bicho: no es de recibo.

Por suerte hubo grandes películas de aventuras fantásticas los últimos años, como La Princesa prometida, Wilow o la trilogía de El señor de los anillos. Si cabe son más fantásticas que La brújula dorada, Eragon o Las crónicas de Narnia, pero tienen un hilo conductor, una lógica interna dentro de la fantasía de la que carecen estos otros productos epigonales. Y en algunos casos, como en El señor de los anillos, se encierra incluso algún leit-motiv como el del poder en unas manos o en otras, el poder como creador y el poder como arma destructiva. En fin.

Menos mal que el día 22 de mayo se estrena la cuarta entrega de Indiana Jones, la mejor de todas las pelis de aventuras aquí citadas, para intentar poner algo de cordura y de calidad en este mundo lleno de locura y fantasía. Por cierto, vaya plagio descarado el de La búqueda I y II. En fin, siempre nos quedará Indiana Jones. ¡Extiendan la alfombra y hagan paso, por favor!
Salud.

Tanhausser

Expiación



Joe Wright el director de Pride & Prejudice siente predilección por la adaptación de novelas británicas, en este caso de la novela de Ian McEwan, y por la interpretación de Keira Knightley. Sin embargo el personaje esencial es el de Briony, la niña despierta e inteligente pero que asimila con torpeza la cotidianeidad de su entorno.

Las contra secuencias y los giros temporales confluyen en una espiral concentrada en el personaje central de la novela; interpretado en tres edades por tres actrices, es el personaje de la joven actriz Saoirse Ronan quien marca su verdadera personalidad, relegando a sus posteriores alter ego a meras consecuencias de sus actos pueriles; la magnífica Vanessa Redgrave no hace mas que potenciar la actuación de la primera.

Para curiosos: el entrevistador de la anciana Briony es Anthony Minghella; habrá intervenido además como consejero de Wright?

Las "dos siluetas en la fuente", vistas desde los ojos indiscretos de una niña, son las figuras que componen una historia de amor fugaz y a la vez capaz de perdurar en la adversidad, al tiempo,a la mentira, a la guerra.


Una guerra cruel, reflejada en la desolación de los campos de batalla, en los hospitales en los que se regalan sonrisas que endulzan las tristezas.

La magnífica banda sonora envuelve el relato y acompaña la soledad de sus personajes.

La verdad, sin rimas ni artilugios, sólo se muestra en la última obra de quien sobrevive a los tiempos, atormentada por los recuerdos, por la cobardía, por el miedo a las consecuencias de esa verdad escondida.


La culpa y la vergüenza van de la mano de la vida de la joven mujer anciana, cuya conciencia no quedará tranquila porque no tiene a quien pedir perdón, a quien confesarse en busca de expiación.

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