La noche es nuestra


El hijo pródigo

El arranque no engaña, presagia el tono y la intención que gobernará todo el metraje de este modesto y sobrio noir, de ritmo ágil y pegadizo. Imágenes de archivo bajo un virado azul, como el color de los uniformes del cuerpo policial de Nueva York, retratan con no poco orgullo
y una nostalgia sin disimulo vidas que pese a su sufrimiento quizá la memoria les devuelva un tanto del reconocimiento y la justicia que su sacrificio -cree James Gray, el director- merecen.

La noche es nuestra posee un aire hagiográfico, una mirada condescendiente hacia las dos familias que dibuja, la biológica y la profesional, entremezcladas y casi indistinguibles en una trama que bajo el prisma de lo trágico obliga a su personaje protagonista a elegir, a volver como el hijo pródigo a las raíces que no decepcionan: la familia. Esa reunión del clan en la iglesia (quizá no sea una casualidad la elección del lugar) no deja dudas acerca del cariz que acabará tomando el argumento. Bobby Green, la oveja negra, vive una existencia disoluta, estéril sin saberlo, con amigos en los que cree sin concesiones, la noche le protege y nada puede herirle, la noche es suya. El nightclub que regenta (El Caribe) hace las veces de torreón uterino desde el que olvidar que un día tuvo pasado (recordemos que incluso se cambia el nombre, de Grusinsky a Green, que es más cool). Pero esta visita familiar y algunos giros existenciales le llevarán a reaccionar, a volver la mirada hacia su gente y protegerlos del mismo ambiente al que creyó atrás pertenecer. Observad esa visita a la casa del patriarca ruso, esa мать семейства
(madre en ruso) agasajando a su anfitrión. Bobby Green deberá elegir a qué familia ser leal. Y sólo cuando la muerte aparezca como horizonte sentirá que algo no andaba bien, que debe reaccionar.

Dicho de esta forma, la trama parece convencional. Y lo es, no encontraremos grietas en la descripción y el rol que representan sus personajes. La noche es nuestra (lema al parecer de la policía ochentera de Nueva York en su cruzada contra el tráfico de drogas) es un policíaco urdido al viejo estilo. No engaña, los malos están definidos y condenados a priori, y los buenos han de pagar el precio de sus errores a cambio de hacer lo correcto (Homero dixit). En el noir posmoderno cualquier cosa puede suceder, la trama gira, zigzagea, se para, salta, y el espectador sufre pasivamente y no sin cierto entusiasmo circense el virtuosismo de este aparente azar. Por el contrario, para el noir clásico no es posible que el pasado no afecte las acciones futuras. Por eso algo debe suceder y sucederá, lo sabemos, nadie puede librarse de la muerte, del dolor o de sí mismo.
Por eso Bobby Green hace lo necesario, llevándose en el intento incluso aquello que quizás mereciera un esfuerzo proteger de la vida que deja atrás.


James Gray ya lo intentó en su anterior trabajo, La otra cara del crimen (repitiendo con Wahlberg), recreando la futilidad de eludir lo que uno es por mucho que acabe con nosotros. Igualmente en esta película se repite la querencia del director por dotar a la familia de un poder redentor, frente a las contingencias de un mundo peligroso y dañino. Este conservadurismo narrativo le queda bien al noir, como en su día unos diálogos misóginos dotaban al género de un encanto hoy sublimado por la profilaxis moral. Es por esto que nadie (hacerlo aguaría el espectáculo) parezca molesto por el tufo republicano que salpica a
La noche es nuestra, licencia ésta más del gusto ético de los americanos que del español que va a las salas en busca de una más de acción, sexo (con o sin amor) y una historia que no moleste ni haga pensar más de lo que un fin de semana nos haría soportar.

James Gray se decanta por una tendencia al clasicismo cada vez más recurrente en el cine negro americano, pese a la tradición ya asentada por Tarantino de deconstruir el género sin molestarle perder piezas de guión por el camino. Gray demuestra sin embargo que una historia de las de siempre puede igualmente entretener, sin perder alicientes para la nueva generación ipod.


Ya sé, ya sé que sonará afectado e hipócrita, pero para mí uno de los alicientes más sobradamente cumplidos en esta película es poder revivir la presencia efervescente de una Eva Mendes (esta vez Amada Juarez) en estado de gracia. La ¿pena? es que al paso que va la encasillan de chica del chico, puta o vampiresa. Aunque bueno, quizá tengan razón los conservadores, quizá todo esté mejor como estuvo. Quizá.

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