Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal

Indiana Jones sólo puede ser comparado con Indiana Jones. Los demás productos de aventuras por el estilo, desde Tras el corazón verde a La momia pasando por Tomb Raider o Como locos... a por el oro son productos infinitamente inferiores, a años luz. Siempre fue así, y siempre lo será. Por sólo citar un aspecto externo, es suficientemente revelador analizar el vestuario para saber quién debe a quién, y cuánto.

En su origen, Indiana Jones supuso el renacimiento del clasicismo en el cine de aventuras, elevando este género a la categoría de arte y aportando (como no podía ser de otra forma con Lucas y Spielberg) grandes novedades, hasta el punto que crearon escuela. Las citadas, junto con innumerables películas de aventuras posteriores a la primera entrega de Indiana Jones, le deben a ésta su razón de ser, su mayor o menor éxito (pues tenían con qué compararse) y las expectativas de un público educado en las nuevas variaciones del género.

Por eso sólo puedo comparar Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal con las anteriores entregas de Indiana Jones. Hacerlo con otras películas me resulta, con el corazón en la mano, grosero. Y bien. Pues a ver. Mi favorita ha sido siempre la tercera, Indiana Jones y la última cruzada, porque presenta las mismas dosis de aventura que las anteriores, pero además aporta una ironía y una gracia muy superiores al resto de la saga, sobre todo por la aparición en la misma del inefable Sean Connery, al que en esta última se le echa de menos. Le echa de menos el espectador, le echa de menos el público y le echa de menos Spielberg: si no, a qué viene tanta foto y tanto recuerdo del escocés. La sombra de Sean Connery es muy alargada. Jamás se había echado de menos a ningún personaje en las distintas entregas de Indiana Jones, ni siquiera a Karen Allen, pese al rescate aquí, donde creo que no está demasiado bien. Se la ve siempre muy contenta, como si no hubiera asimilado la alegría de ser rescatada para la saga y convertirse finalmente y para los restos en el verdadero amor de Henry.

Perdonad, se me amontonan las ideas. Voy a poner unas fotos.


Pero ya centrándonos en esta, expongo dos críticas, a mi juicio, muy decisivas. La primera, que los personajes secundarios no están tan bien dibujados ni resultan a la postre tan brillantes como en otras entregas, pese al indudable esfuerzo de casting. No vamos a dudar ahora de la calidad de actores como John Hurt, Shia Lebouf (uno de los actores jóvenes más prometedores del momento) y Kate Blanchet. Es un trío de ases, y el problema no es suyo. A K. Allen no la incluyo; creo que está desbordada por los acontecimientos. Rhys-Davis (el amigo/enemigo agente doble/triple) también está solvente. Pero algo falla. Todos son buenos actores. El problema, por tanto, no es de ellos; es de guión. Sencillamente, sus papeles no son tan jugosos como otros personajes secundarios de entregas anteriores. Kate Blanchet, pese a ser mejor actriz, no resulta tan perversa como la mala rubia de La última cruzada; Rhys-Davis y John Hurt no resultan tan graciosos como los secundarios colaboradores en El Arca Perdida y en El Templo Maldito. Y el personaje de Shia Lebouf, el hijo de Indy, destinado a suplir la brillante relación paterno-filial de La última cruzada, se queda, pese a los esfuerzos y gags de guión, en una caricatura de Sean Connery. Creíamos, los seguidores de la saga, que los guionistas, después de haber dado tantas vueltas a la historia, iban a presentar una relación padre-hijo tan sabrosa como la película anterior. Pero ha resultado imposible. Y creo, sinceramente, que no es culpa del joven Shia, sino de los guionistas, y de esa sombra tan alargada de Connery.

Otra foto para tomar aire.


La segunda crítica que le hago a la película está relacionada directamente con el guión. Sinceramente, esperábamos más sorpresas, y, además, muchas de las que aparecen no nos convencen demasiado. Lo diré directamente: el guión se empantana tras los primeros tres cuartos de hora. La persecución selvática es buena, y creo que le hace una buena réplica a la del desierto antes de la entrada en Petra en La última cruzada, para mí la mejor persecución de la saga tras la final del Templo maldito (ésta está fuera de categoría). Pero las tres entradas que hay en distintos templos en esta peli (la primera en Perú, la segunda la de la pirámide de estilo azteca/maya, y la tercera la final en el templo/nave) resultan decepcionantes. Por varias razones, pero sobre todo porque son lentas, sus obstáculos y/o los vemos venir, sus acertijos no resultan tan sorprendentes, los guardianes parecen gratuitos en todas ellas y, finalmente, porque todas intentan parecerse a la mejor entrada en un templo de la serie, la de las escenas en el templo de Petra donde se guardaba el Santo Grial y donde había unos guardianes como Dios manda, nunca mejor dicho. En suma, estas tres entradas en distintos templos resultan repetitivas y decepcionantes.

Hay una tercera crítica, pero venial, también relacionada con el guión. Particularmente,
la idea central de la ufología y los ovnis no es de mi agrado. Pero esto, claro está, no es una razón de peso. Creo que no se puede criticar frontalmente pues toda la saga ha sido siempre fantástica, y sabemos a qué nos atenemos al entrar en el cine. De acuerdo con que lo cierran bien, expresando de algún modo que los grandes pasos cualitativos en el avance de la humanidad han podido proceder de seres extraterrestres (idea que defiende por ahí mucha gente rara...) Pero como que no. Mucho me temo que por aquí la balanza ha ido más al terreno de Lucas que al de Spielberg, y cuando ocurre esto la película decae. Spielberg siempre ha sido mejor director y mejor guionista.

Si alguien, por lo leído hasta aquí, piensa que no me ha gustado la película se equivoca completamente. Pese a estas críticas, he disfrutado con la película como un niño chico. Harrison Ford vuelve a estar sensacional, autohomenajeándose y autoparodiándose. Es el alma y la referencia y vuelve a estar realmente bien.
La primera media hora es prodigiosa. La primera escena, sublime; la presentación de Indiana Jones, asombrosa. La aventura que concluye con la explosión nuclear es magnífica; as como la presentación del hijo del protagonista. Los innumerables homenajes y referencias tanto a películas de la saga como a otras está realmente bien. Así, que me acuerde, hay referencias a Tarzán, a Marlon Brando, a Cuando ruge la marabunta, y a diversas películas tanto de Lucas como de Spielberg como La guerra de las Galaxias, A. I. y, evidentemente, a E.T. Y, por último, el simbolismo de la escena final es una gran sorpresa y un guiño cómplice a los seguidores.

Unas pocas más reflexiones para concluir. La película es clásica, tiene un tono y ritmo clásicos y persigue ese clasicismo siempre, lo cual se agradece, desde los filtros utilizados a la ausencia de trampas informáticas. No sé cómo recibirán la película los adolescentes, los cuales quizá esperan un transformer, una M:4, un Blade, Cuatro Fantásticos o 300, o un
Alien contra Predator. Seguro que esperan que si es la cuarta entrega deba de ser sangrienta o requeteinformática. Pero se van a encontrar con la contención de lo clásico, con una alternancia clásica de escenas de acción con escenas íntimas, con unas referencias intertextuales que no comprenderán quizá, y por todo ello sus expectativas se verán frustradas. Sinceramente, me da igual.

Dios salve a Indiana Jones.


Salud.


Tanhausser

Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal


Imaginemos que le da a Scott por recrear de nuevo el personaje del agente Deckard (con el alma y el cuerpo de Harrison Ford, por supuesto). Como es de esperar, éste ha huido con Rachel de la justicia, pero el pasado los persigue y deben enfrentarse a nuevos Nexus-6, esta vez en calidad de policías al servicio de la Corporación. Ni qué decir tiene que James Olmos seguirá dejando sus papiroplexias en los rincones más inesperados para recordarnos que ella debe morir (¡y quién no!). ¡Qué cinéfilo entregado a la religión bladerunneriana no iría al cine a comprobar por sí mismo que existe vida más allá de la primera entrega! Seríamos locos si dejáramos escapar esa ocasión. Nuestro imaginario cinéfilo está pintado de esos fotogramas; no podríamos concebir la historia del cine, nuestra pequeña memoria emocional con este arte, sin Deckard, sin la ensoñación de lunas más allá de Orión, pese a que ya no volverá a ser lo mismo. Pero qué más da si lo que fue es en nuestra memoria luminoso y aún nos emociona con tan sólo imaginar alguna de sus escenas. Lo sabemos. Harrison ha crecido, Vangelis quizá no quiera reescribir la partitura, y esa fotografía de la ciudad decadente ya es imposible que sea iluminada como lo fue en los ojos de Cronenweth... O el que ya no es mismo es el espectador. Quizá sea eso.

Quizá para un público que nunca cazara replicantes con la imaginación allá por 1982, o no tuviera la ocasión de correr junto al doctor Jones tras robar un tesoro precolombino en 1981, es probable que esta cuarta entrega de las aventuras del conocido arqueólogo haya sido un hallazgo emocionante. Para este incondicional que os escribe, pese a su devoción por la trilogía, nunca llevaría su religión a extremos de integrismo cinéfilo y ha de confesar que Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal no ha conseguido más efecto que entretener su tiempo de ocio y malsaciar su curiosidad de religionario.


Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal posee interés a causa de las rentas conseguidas con el éxito del icono Jones en entregas anteriores, pero fuera de esa bendita dependencia, aprovechada en más de una escena mediante guiños cinéfilos (el arca en su caja o ese ET cristalizado) dirigidos a la concurrencia conversa, la brillantez del guión escasea, alcanzando un tono autoparódico propio de todo producto que se ahoga en su propia complacencia. No basta la calidad de su factura técnica (con efectos especiales modernos incluidos, pese a las promesas artesanas del rey Midas) o las supuestas buenas intenciones de Spielberg. Estamos ante un producto mediocre, muy lejos de lo esperado del maestro que ideó En busca del arca perdida con pocos medios y mucha ilusión.

La fotografía intenta recrear las series televisivas de los cincuenta con las que se crió Spielberg, germen de lo que hoy se denomina serie B, dominada por alienígenas, monstruos, y otros temores nacidos del imaginario colectivo de entonces. No en vano, el propio Spielberg ha realizado o apoyado en numerosas ocasiones productos que hacen homenaje o recrear esa estética y universo narrativo. Esta querencia cinéfila hace que los decorados y ambientes de Indiana Jones 4, pese a los CGI, se tornen artificiosos. Véase si no esa escena inicial con un atrezzo casi teatral. A esta sensación contribuye lo surrealista de las situaciones descritas y sus personajes
esperpénticos. No por ello está ausente esta entrega de emocionantes escenas que hacen soportable el resto de metraje: ese inicio en el que aparece Indy de nuevo, reflejada su sombra iconográfica sobre un coche. El experimento nuclear en el pueblo fantasma, con un Jones atónito ante el futuro aciago de la fría y neurotizante posguerra. La persecución en coche hasta el precipicio. Y ese guiño final que infiere sin lugar a dudas que Indy sólo hay uno (o no). Pero deja de contar. No basta el guiño autorreferencial que tiñe todo el metraje. No basta el homenaje a la serie B que preside su estética exagerada. A Indiana Jones 4 le pesa demasiado su pasado. Y Spielberg no lo utiliza de mero soporte argumental que dé coherencia a un guión novedoso (como sí hace con mayor acierto su amigo Lucas con La guerra de las galaxias). No, la trama gira en torno a sus precedentes y se ahoga en ese baile narcisista, aburriendo o por lo menos no convenciendo de estar ante un digno heredero de la saga. Quizá una regresión al pasado del personaje (con un Ford envejecido que recuerda) hubiera sentado mejor a Jones. Campbell lo hizo con Bond en su Casino Royal y el resultado rejuveneció y aportó profundidad al icono del agente 007, mucho más saturado que cualquier otro personaje recreado hasta la saciedad en la gran pantalla.

Aún así, todo devocionario oculta los defectos de su virgen patrona y grita con convicción virtudes que inventa por mero fervor religioso. Los héroes no mueren, y una gesta suya basta para alzarlos al altar desde el que recordaremos su valentía. ¡Qué más da que se hagan viejos, que un día no murieran en una de sus aventuras! Como un hijo para su madre, Indy es el que fue sin ambages ni lecturas escépticas. Y que nos echen una quinta.


Pero en un acceso de duda a uno le entran sus reservas y se vuelve tiquismiquis. Hubiera querido ver más oscuridad en esa fotografía (de Kaminski se espera más), un guión sencillo pero despejado de nostalgias; menos autocomplacencia, más credibilidad, un pelín de ese escepticismo cínico y desganado que siempre ha acompañado al personaje de Jones. En esta cuarta entrega todas esas virtudes se disipan ante el tono homenaje que domina la película.
Y su estética teatral y naif (esa escena de la ceremonia final es de telenovela) basculan nuestro interés hacia el mayor o menor acierto con el que se hayan coreografiado las escenas de acción. Karen Allen ha envejecido mal, ya no posee la fuerza de su personaje en En busca del arca perdida, acompaña a la orquesta para tocar los platillos y poco más. LaBeouf intenta dar la réplica a un Ford de vueltas de todo, al que ya importa poco travestir su personaje de madelman sesentón, y aprueba pese a que se sabe en el papel de comparsa del homenajeado. Sólo Blanchett parece haber captado lo que Spielberg quería, y borda de histrionismo su personaje, regalándonos una especie de Norma Desmond a la soviética que magnetiza (como el cráneo parapsicológico que persigue) cada plano con esa mirada de belleza inquietante.

En fin, nunca pensó uno que llegara a decir alguna vez eso de cualquier tiempo pasado fue mejor, pero en el caso que nos toca mucho me temo que la justicia se impone al afecto. Que cada uno sopese sus impresiones a gusto y sin mediadores. Y que el tiempo sentencie.

Saul Bass, el arte de los créditos

Descubro a través del estupendo blog A desgana una imagen del storyboard de la famosa escena de la ducha en Psicosis. El ilustrador Saul Bass (1920-1996) dejó caer tras la muerte de Hitchcock que fue él quien no sólo dibujó los fotogramas de esta escena, sino que el mismo director le pidió dirigirla. Esto último nunca lo sabremos con certeza ya que el propio Bass lo desveló tras la muerte del mago del suspense. Pero qué más nos da. La trayectoria de Bass habla por sí sola.

Destaca como ilustrador de cine cuando el expresionismo alemán de posguerra tenía fascinado a los americanos. Su primer trabajo importante fueron los créditos de la película
Carmen Jones (1954), de Otto Preminger (también son suyos los de Anatomía de un asesinato, de 1959, o El factor humano, de 1980). Con Carmen Jones, Bass casi que inventa el concepto de títulos de crédito, dándole un valor artístico y no un mero apéndice alejado de las pretensiones estéticas de la película. Por otro lado, es heredero de un estilo conciso, que bajo el velo de la sencillez destila todo el tono que presidirá desde ese momento la película que presenta.

Quizá, sin embargo, los espectadores recuerden con más facilidad los créditos iniciales
(title sequence) de Casino (1996), de Scorsese, también con fondo musical clásico y el fuego como personaje. Pero no fueron estas sus únicas colaboraciones con Hitchcock o Scorsese. Cabe reseñar los excelentes créditos de Vértigo (1958), que bien podrían haber salido del imaginario de Dalí o Buñuel, Uno de los nuestros (1990), donde no deja concesión a un respiro, o El cabo del miedo (1991), con esa música tan a lo Hermann. Los títulos acribillan sin pausa, como los navajazos esquizoides de Joe Pesci. Pero no tan inquietantes como los créditos de Seconds, de Frankenheimer (1966).



En las antípodas está esa obertura pictórica de West Side Story (1961), llena de optimismo, a ritmo de Bernstein. Y en un tono más ceremonioso, pero igualmente minimalista, tenemos los de Espartaco (1960).

Incluso Spielberg sabe que el estilo Bass es sinónimo de éxito. Recordemos los créditos sesenteros de Atrápame si puedes (1991), o La edad de la inocencia (1993), donde la música vuelve a recordar a Hermann.

Lo cierto es que todos los que nos criamos en los setenta vimos el cine a
través de la antesala que Bass nos invitaba a traspasar, prometiendo universos mágicos, misteriosos, apasionantes. Era imposible resistirse a sus fotogramas. En cuanto veías esas imágenes, al instante deseabas ser espectador, cuando no protagonista, de su prometedora historia.

Antes que el diablo sepa que has muerto


¡Que el camino al infierno se llene de hierba por falta de uso! ¡Salud y larga vida para ti! ¡Que consigas la mujer (o el marido) de tu agrado! ¡Que tengas un hijo cada año! ¡Que no pagues alquiler por tu tierra! ¡Y que llegues al cielo media hora antes de que el diablo sepa que has muerto! ¡Slainte! (¡A tu salud!) ¡Que te sea permitido morir en el lecho a los 95 años, a manos de un cónyuge celoso! ¡A la salud de los enemigos de tus enemigos!

Así reza el brindis tradicional irlandés que inspira el título de la última película del maestro Lumet. ¡Ojalá, Sidney, nos dejes unas más antes que el diablo sepa que has muerto! Doce hombres sin piedad (1957), Serpico (1973), Tarde de perros (1975), Network (1976), Veredicto final (), tejida por la contundente pluma de Mamet... Incluso en Declaradme culpable consigues que olvidemos el pasado de Vil Diesel y nos creamos la historia.

Esta vez repites con Albert Finney, al que ya reclutaste para Asesinato en el Orient Express (1974). Y le das una difícil papeleta, la de interpretar a un padre que ve cómo en lo que dura la película su familia se desmorona sin remisión, como purgando así penas que toda familia deja tras su devenir cotidiano en forma de reproches, omisiones, envidia, y todo ese arsenal de inconsistentes reliquias que pueblan el armario emocional de cada casa. Dos hijos sin desperdicio dramático jalonan la herencia paterna. Uno (Hawke), vomita en alcohol su fracaso matrimonial, y como placebo contra la envidia se tira a la mujer de su hermano (Hoffman), otra alma en pena, que sin pestañear empuja a su hermano hacia una dudosa empresa delictiva mientras huye una vez por semana en busca del sueño dorado que le proporciona un chute. Ambos están tiesos de dinero, una ausencia que sirve de metáfora perfecta para describir paralelamente su desolador universo emocional. No hace falta ser psicólogo de título para sospechar que todo lo que se propongan les saldrá mal, o si cabe, aunque salga bien, con ello nunca podrán encontrar consuelo a su vacío. Por eso rezan el adagio irlandés, por eso arañan una gota de suerte que les redima de tan aciaga existencia. Por lo menos, que nos quiten lo bailao.


Brillante interpretación la de Hoffman y Hawke. Éste delinea con naturalidad el perfil del hermano pusilánime, inseguro, a las espaldas de su hermano, el aparentemente triunfador, el ganador, y su perdición a fin de cuentas. Por otro lado, Hoffman nos regala una vez más su versatilidad para dotar a sus personajes de una fuerza que arrastra cada película que toca. Esta vez no le será necesario recurrir a los histrionismos de sus anteriores propuestas. Dos miradas son suficientes. Su personaje es manipulador y sin escrúpulos, mezquino, y en el fondo tan cobarde como su hermano. No en vano, ambos recurren al atajo de la droga para enfrentarse a lo que les viene encima.

No es el frío azar el que rompe las intenciones de redención de estos dos hermanos, sino que opera como símbolo y expresión de su desmoronamiento emocional. Los acontecimientos tan sólo ponen al descubierto el desorden que ya pernoctaba latente, esperando encontrar salida. Todo, como puede adivinar el lector, huele a una tragedia al estilo clásico. Lo que somos nos acaba persiguiendo, como la muerte del adagio, y mientras, si la dicha es buena y la voluntad fogosa, habremos arañado a la parca un minuto de su gloria. En la primera escena, una radiante Marisa Tomei confiesa a su marido que cuando está con él en la cama, abrigada por su calor y su mirada, no se siente fracasada. Él (Hofman) la mira contrariado. No comprende lo que le dice. El siguiente fotograma revela el adagio: "Más vale que estés en el cielo media hora antes de que el diablo se percate que estás muerto". Igualmente, quince minutos de película después Tomei le recomienda a su atribulado amante (Hawke) que no se atormente y disfrute del momento, pese a la inmisericorde realidad de una sociedad basada en el vil metal (en una escena su hija llega a llamarle fracasado por no atender a sus demandas crematísticas).


Pero ninguno de los dos oirá a esta improvisada Casandra (Tomei). Ninguno de los dos hermanos oirá las voces de sus mayores, como declama el hijo de uno de ellos en una obra teatral del colegio: "Son malos tiempos. Tenemos que obedecer, decimos lo que sentimos, pero no lo que debemos decir. Los mayores hablarán por los hijos, así no sufrirán y vivirán largas vidas." Ninguno escucha, y ambos arrastran su tragedia inconscientes del negro porvenir que anuncia. La ilusión de Río, que Andy confiesa a su mujer, revela la desesperación por huir de una realidad que se dibuja imposible, de un tren de vida que acaba fagocitando a quienes se suben en él sin calcular los costes emociones que deja a su paso. Bienvenidos a América, donde la felicidad es intensa pero fugaz, probable pero decepcionante. Pilla la ración que desees mientras estés sentado a su mesa. No llores como un niño cuando el recuerdo de lo que gozaste te encuentre solo y al borde de la muerte. Vive, antes que el diablo sepa que has muerto.


No tiene desperdicio esa escena final. El padre camina por el corredor del hospital, una luz cegadora le borra al fondo. Todos los que somos espectadores de su vida imaginamos (sin haberlo vivido) la tristeza de este hombre, el sentimiento de haber dejado tras de sí una negra estirpe de hombres sin alma ni voluntad de ser felices. Vive mientras puedas, detrás del sol sólo nos espera la fría noche.

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