Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal
escrito por
Tanhausser
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temas: crítica, Indiana Jones, películas, Spielberg
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Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal
Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal posee interés a causa de las rentas conseguidas con el éxito del icono Jones en entregas anteriores, pero fuera de esa bendita dependencia, aprovechada en más de una escena mediante guiños cinéfilos (el arca en su caja o ese ET cristalizado) dirigidos a la concurrencia conversa, la brillantez del guión escasea, alcanzando un tono autoparódico propio de todo producto que se ahoga en su propia complacencia. No basta la calidad de su factura técnica (con efectos especiales modernos incluidos, pese a las promesas artesanas del rey Midas) o las supuestas buenas intenciones de Spielberg. Estamos ante un producto mediocre, muy lejos de lo esperado del maestro que ideó En busca del arca perdida con pocos medios y mucha ilusión. La fotografía intenta recrear las series televisivas de los cincuenta con las que se crió Spielberg, germen de lo que hoy se denomina serie B, dominada por alienígenas, monstruos, y otros temores nacidos del imaginario colectivo de entonces. No en vano, el propio Spielberg ha realizado o apoyado en numerosas ocasiones productos que hacen homenaje o recrear esa estética y universo narrativo. Esta querencia cinéfila hace que los decorados y ambientes de Indiana Jones 4, pese a los CGI, se tornen artificiosos. Véase si no esa escena inicial con un atrezzo casi teatral. A esta sensación contribuye lo surrealista de las situaciones descritas y sus personajes esperpénticos. No por ello está ausente esta entrega de emocionantes escenas que hacen soportable el resto de metraje: ese inicio en el que aparece Indy de nuevo, reflejada su sombra iconográfica sobre un coche. El experimento nuclear en el pueblo fantasma, con un Jones atónito ante el futuro aciago de la fría y neurotizante posguerra. La persecución en coche hasta el precipicio. Y ese guiño final que infiere sin lugar a dudas que Indy sólo hay uno (o no). Pero deja de contar. No basta el guiño autorreferencial que tiñe todo el metraje. No basta el homenaje a la serie B que preside su estética exagerada. A Indiana Jones 4 le pesa demasiado su pasado. Y Spielberg no lo utiliza de mero soporte argumental que dé coherencia a un guión novedoso (como sí hace con mayor acierto su amigo Lucas con La guerra de las galaxias). No, la trama gira en torno a sus precedentes y se ahoga en ese baile narcisista, aburriendo o por lo menos no convenciendo de estar ante un digno heredero de la saga. Quizá una regresión al pasado del personaje (con un Ford envejecido que recuerda) hubiera sentado mejor a Jones. Campbell lo hizo con Bond en su Casino Royal y el resultado rejuveneció y aportó profundidad al icono del agente 007, mucho más saturado que cualquier otro personaje recreado hasta la saciedad en la gran pantalla. Aún así, todo devocionario oculta los defectos de su virgen patrona y grita con convicción virtudes que inventa por mero fervor religioso. Los héroes no mueren, y una gesta suya basta para alzarlos al altar desde el que recordaremos su valentía. ¡Qué más da que se hagan viejos, que un día no murieran en una de sus aventuras! Como un hijo para su madre, Indy es el que fue sin ambages ni lecturas escépticas. Y que nos echen una quinta. Pero en un acceso de duda a uno le entran sus reservas y se vuelve tiquismiquis. Hubiera querido ver más oscuridad en esa fotografía (de Kaminski se espera más), un guión sencillo pero despejado de nostalgias; menos autocomplacencia, más credibilidad, un pelín de ese escepticismo cínico y desganado que siempre ha acompañado al personaje de Jones. En esta cuarta entrega todas esas virtudes se disipan ante el tono homenaje que domina la película. Y su estética teatral y naif (esa escena de la ceremonia final es de telenovela) basculan nuestro interés hacia el mayor o menor acierto con el que se hayan coreografiado las escenas de acción. Karen Allen ha envejecido mal, ya no posee la fuerza de su personaje en En busca del arca perdida, acompaña a la orquesta para tocar los platillos y poco más. LaBeouf intenta dar la réplica a un Ford de vueltas de todo, al que ya importa poco travestir su personaje de madelman sesentón, y aprueba pese a que se sabe en el papel de comparsa del homenajeado. Sólo Blanchett parece haber captado lo que Spielberg quería, y borda de histrionismo su personaje, regalándonos una especie de Norma Desmond a la soviética que magnetiza (como el cráneo parapsicológico que persigue) cada plano con esa mirada de belleza inquietante. En fin, nunca pensó uno que llegara a decir alguna vez eso de cualquier tiempo pasado fue mejor, pero en el caso que nos toca mucho me temo que la justicia se impone al afecto. Que cada uno sopese sus impresiones a gusto y sin mediadores. Y que el tiempo sentencie. |
escrito por
Ramón Besonías Román
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temas: crítica, Indiana Jones, películas, Spielberg
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Saul Bass, el arte de los créditos
Incluso Spielberg sabe que el estilo Bass es sinónimo de éxito. Recordemos los créditos sesenteros de Atrápame si puedes (1991), o La edad de la inocencia (1993), donde la música vuelve a recordar a Hermann. Lo cierto es que todos los que nos criamos en los setenta vimos el cine a través de la antesala que Bass nos invitaba a traspasar, prometiendo universos mágicos, misteriosos, apasionantes. Era imposible resistirse a sus fotogramas. En cuanto veías esas imágenes, al instante deseabas ser espectador, cuando no protagonista, de su prometedora historia. ![]() |
Antes que el diablo sepa que has muerto
Brillante interpretación la de Hoffman y Hawke. Éste delinea con naturalidad el perfil del hermano pusilánime, inseguro, a las espaldas de su hermano, el aparentemente triunfador, el ganador, y su perdición a fin de cuentas. Por otro lado, Hoffman nos regala una vez más su versatilidad para dotar a sus personajes de una fuerza que arrastra cada película que toca. Esta vez no le será necesario recurrir a los histrionismos de sus anteriores propuestas. Dos miradas son suficientes. Su personaje es manipulador y sin escrúpulos, mezquino, y en el fondo tan cobarde como su hermano. No en vano, ambos recurren al atajo de la droga para enfrentarse a lo que les viene encima. No es el frío azar el que rompe las intenciones de redención de estos dos hermanos, sino que opera como símbolo y expresión de su desmoronamiento emocional. Los acontecimientos tan sólo ponen al descubierto el desorden que ya pernoctaba latente, esperando encontrar salida. Todo, como puede adivinar el lector, huele a una tragedia al estilo clásico. Lo que somos nos acaba persiguiendo, como la muerte del adagio, y mientras, si la dicha es buena y la voluntad fogosa, habremos arañado a la parca un minuto de su gloria. En la primera escena, una radiante Marisa Tomei confiesa a su marido que cuando está con él en la cama, abrigada por su calor y su mirada, no se siente fracasada. Él (Hofman) la mira contrariado. No comprende lo que le dice. El siguiente fotograma revela el adagio: "Más vale que estés en el cielo media hora antes de que el diablo se percate que estás muerto". Igualmente, quince minutos de película después Tomei le recomienda a su atribulado amante (Hawke) que no se atormente y disfrute del momento, pese a la inmisericorde realidad de una sociedad basada en el vil metal (en una escena su hija llega a llamarle fracasado por no atender a sus demandas crematísticas). Pero ninguno de los dos oirá a esta improvisada Casandra (Tomei). Ninguno de los dos hermanos oirá las voces de sus mayores, como declama el hijo de uno de ellos en una obra teatral del colegio: "Son malos tiempos. Tenemos que obedecer, decimos lo que sentimos, pero no lo que debemos decir. Los mayores hablarán por los hijos, así no sufrirán y vivirán largas vidas." Ninguno escucha, y ambos arrastran su tragedia inconscientes del negro porvenir que anuncia. La ilusión de Río, que Andy confiesa a su mujer, revela la desesperación por huir de una realidad que se dibuja imposible, de un tren de vida que acaba fagocitando a quienes se suben en él sin calcular los costes emociones que deja a su paso. Bienvenidos a América, donde la felicidad es intensa pero fugaz, probable pero decepcionante. Pilla la ración que desees mientras estés sentado a su mesa. No llores como un niño cuando el recuerdo de lo que gozaste te encuentre solo y al borde de la muerte. Vive, antes que el diablo sepa que has muerto. No tiene desperdicio esa escena final. El padre camina por el corredor del hospital, una luz cegadora le borra al fondo. Todos los que somos espectadores de su vida imaginamos (sin haberlo vivido) la tristeza de este hombre, el sentimiento de haber dejado tras de sí una negra estirpe de hombres sin alma ni voluntad de ser felices. Vive mientras puedas, detrás del sol sólo nos espera la fría noche. |
escrito por
Ramón Besonías Román
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temas: cine negro, películas, Sidney Lumet
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