Cine en red [I]


La red es tan tupida que a mínimo que nos despistemos nos hace más estúpidos. Por eso, se hace necesario discriminar, educar la retina para distinguir lo que alimenta de aquello que adormece la inteligencia, pese a cumplir con creces la narcótica función del placebo.

Aquí os dejo algunos primeros platos de REVISTAS DIGITALES DE CINE
que no ofrecen tan sólo un cuidado diseño de producción, sino que también se esmeran en cocinar sus platos con pausa e inteligencia. Esto no resta en absoluto que su sazonada pasión nos niegue degustar sus artículos y propuestas.


Contrapicado es una publicación digital sobre cine que ofrece tanto críticas de los últimos estrenos como estudios sobre directores o temas relacionados con el audiovisual, artículos sobre películas desconocidas para el público nacional o crónicas de festivales. Ya van por el número 26 y creciendo. Juzgad por vosotros mismos.






Tren de sombras, editada también en España, se caracteriza igualmente por una factura técnica y literaria excelentes. No sólo analizan obras o autores, sino que se acercan al panorama cinematográfico actual desde un ojo personal y muy transferible a todo aquel que pase por su web.




Versión Original nos llega en doble formato, papel y digital. Su propuesta es seductora: cada número está dedicado a un tema sobre el que giran todos los artículos. Su web dispone de un área de descargas para disfrutar de cada número en formato pdf. El ethos de VO es la difusión cultural del cine y así lo demuestran poniendo en marcha el Festrival de Cine de Cáceres y editando libros.




Encadena2 ya va por su edición número 55 y, aunque su fuerte es el análisis de autores o alguna de sus obras, los contenidos se diversifican en artículos de actualidad y propuestas en torno al mundo del cine.




Miradas de cine es de estas revistas que nada más entrar en su web ofrece una estética similar al que podría ofrecer una edición en papel: reportajes de actualidad, críticas y análisis de películas y autores, recomendaciones de libros, agenda, y un puñado de elementos más que harán que el buceo entre sus páginas sea prolongado y gratificante. No en vano van por el número 75.




Autozine se presenta con una portada sugestiva y dinámica, aunque de fácil acceso a sus secciones: Entrevista, Zineautores, Necrozine (para los más fetichistas), y además numerosa información sobre todo lo que rodea al séptimo arte (DVD, libros, revistas, webs).





Kane abre su portada con una protohistórica cámara que nos seduce y presenta los contenidos sobrios pero jugosos de esta web: entrevistas, dossier (artículos de temática variada), master class (artículos de reflexión y fondo), historie(s) du cinéma (historietas que recrean el gusto por el cine). Merece caer bajo la mirada de su ojo.



Shangri-la nos remite a horizontes perdidos donde reposar la mente y disfrutar. Estamos ante un blog con estructura de revista de cine, con acceso a sus números en pdf. Comenzaron hace dos años, pero su camino es firme y escribiendo sólo lo que les motiva. Recomendable su carpeta sobre Vértigo, o su apartado Texturas, desde la que dibujan su particular mirada.



La chaqueta metálica: estoy vivo y no tengo miedo


En Kubrick nada es casual, pese a que su cine nos sorprenda. Pongamos por ejemplo La chaqueta metálica. Ya en su arranque todo es creativo, cautivador. Primer fotograma: en negro unas letras tan rotundas como su filmografía. De fondo se abre el tema musical Hello, Vietnam, de Johnny Wright, una dulce canción sobre un soldado que se despide de su amada ante la llamada de América contra los comunistas. Le sigue el título de la película, Full metal jacket (chaqueta totalmente metálica), en clara alusión al recubrimiento de metal que llevan las balas de fusil, del calibre 7,62 mm. Al parecer, Kubrick leyó el término en una revista de armas, y le gustó. Menos mal que al final no acabara titulándose como la novela de Hasford en la que se inspira, The Short Timers (Reclutas de corta duración).

La primera imagen es tan sencilla como reveladora: un recluta mira al infinito con indiferencia y se deja esquilar por un peluquero militar. El potencial simbólico de la imagen es devastador y nos prepara para lo que llegará. Kubrick no nos va a contar una versión convencional de la guerra de Vietnam, pero tampoco se decantará por un panfleto antibelicista al uso. Lo que vamos a ver es diferente. Kubrick no moraliza, como tampoco retoza en un esteticismo vacuo. Las cosas son así, y la cámara debe guiarnos con respeto hacia los personajes, hacia la vida misma, nos guste o no.

Le siguen más imágenes, planos similares de más reclutas dejándose cortar sus cabelleras, en metafórica alusión a la pérdida de libertad que ha de caracterizar a todo buen soldado. Un marine, como bien replicará más tarde el sargento Hartman, no es dueño de nada excepto de su fusil. Ni siquiera tienes derecho a conservar tu nombre. Es así que desde ese día se les conocerá como Cowboy, Bola de Nieve, Bufón (Joker) o Gomer Pyle (Recluta Patoso). El rapado les iguala, ya casi son indistinguibles unos de los otros. Dejan de ser personas, individuos, para ser máquinas pasivas, sin pensamiento. En una escena posterior un coronel le censura a Joker el hecho de llevar una chapa con el símbolo de la paz en su casco, y sin embargo junto a éste ver escrito sin tapujos Nacido para matar. Joker le responde que es un símbolo de la dualidad que reside en todo ser humano. El coronel sentencia tajante: "A mis marines sólo les pido que obedezcan mis órdenes como si fueran la palabra de Dios".

El desfile inicial de reclutas esquilados es un ejemplo de maestría, reconocible en el potencial denotativo de sus imágenes, la coherencia con el tono general que vertebrará toda la obra, y la sencillez con la que está rodada. A su vez, es un recurso inteligente para presentar a los personajes principales y su contexto. Fijaros en esa imagen final en picado, con el pelo de los reclutas esparcido por el suelo. Ya no se nos muestra el rostro silencioso de los soldados. Sólo se revela lo que se irá con ellos, su identidad, aquella que deberán recobrar a lo largo del resto de metraje.


Escena inicial

Si relacionamos este arranque con la escena final, el conjunto adquiere una significación relevante. Es de noche, los soldados regresan de una dura jornada. Al fondo las llamas lo arrasan todo e iluminan las sombras de los marines. La voz de Joker declara sereno: "Por hoy ya hemos inscrito de sobra con nuestro nombre en las páginas de la historia". Y prosigue: "Nos largamos hacia el río Perfume para pasar allí la noche". La cámara se acerca poco a poco a esos soldados que regresan, o más bien, vienen de mirar la muerte y sobrevivirla. Por eso, mientras caminan sin prisa y sin pausa, cantan, o más bien entonan, ya sin la virulencia marcial que les enseñara en su día el coronel durante la instrucción. Entonan, de noche pero iluminados por las ruinas de lo que dejan atrás, un himno porque están vivos. Pero no es un himno solemne, es una parodia de una marcha militar que sustituye lo de M-I-C K-E-Y M-O-U-S-E por F-U-C K-E-D A-G-A-I-N. La Marcha de Mickey Mouse era una sintonía del programa de TV de los cincuenta El Club de Mickey Mouse.

M-I-C-K-E-Y M-O-U-S-E

Déjanos siempre llevar muy alta nuestra bandera.
Chicos y chicas de allá y de aquí.
A todos os damos la bienvenida.

M-I-C-K-E-Y M-O-U-S-E
¿Quién es el jefe del club...?

Y concluye Joker: "Mi cabeza vuelve a estar ocupada por los sueños eróticos y los pezones duros de Carmen Calientapollas, y la fantasía del gran follar del regreso. Estoy tan feliz de seguir vivo de una pieza, y a punto. Este mundo es una puta mierda, sí. Pero estoy vivo. Y no tengo miedo."

Se parodia el cantoral patriótico para vanalizarlo a ras del soldado, para devolver al discurso de la deshumanización del ser humano el contrapunto de las ganas de vivir y haberlo contado. Lo que queda tras el humo de la guerra es el soldado que regresa, un ser humano sin miedo. Atrás queda el recluta silencioso y adocenado del comienzo.


Escena final

Kubrick se une con este final a toda una tradición dentro del cine antibelicista en el que el eje discursivo se centra en la defensa del individuo frente al sinsentido de la guerra. No estamos aquí por nadie, sólo queremos sobrevivir, volver a casa. Sin embargo, pocos como Kubrick han sabido desligarse del tono moral, patriótico o complaciente que seguirá acompañando al género décadas después. Incluso un excelente realizador como Spielberg no pudo sustraerse en Salvar al soldado Ryan a ese tono patriótico. Hay que salvar a Ryan porque salvándolo salvamos una forma de vida, la americana, que respeta a cada individuo como único (criatura de Dios, para ser más exactos). Además, ningún soldado deja a otro en la estacada.

Kubrick, sin embargo, elude el patriotismo naif de Spielberg, bordeando el discurso hacia un plano casi antropológico. La voluntad del ser humano frente a la hostilidad de un mundo feroz, descerebrado, del que sólo cabe sustraerse amando seguir vivo, si es que se puede. El resto de argumentos son falacias, como las que destila la revista Barra y Estrellas a cuyo equipo destinan a Joker para deformar la realidad de la guerra a mayor gloria del Estado.

El cine de Kubrick se esfuerza por mostrar el poder revolucionario de la imagen limpia, destilada de estereotipos, mientras que el populismo de Spielberg le lleva a declinarse por la resultona garantía de la demostración.

El incidente


Elogio de la perplejidad

Después de contemplar la última obra de este realizador tan personal e intransferible, el espectador ya no puede requerir más certezas acerca del carácter militante de su cine, aunque se maquille
éste con la indiscreta fisicalidad del género por el que opta. Y es que su elección del terror o la ciencia-ficción es algo más que circunstancial, ya que le sirven al milímetro para vestir lo que quiere mostrar. No se confunda con de-mostrar, porque Shyamalan, pese a su trasfondo discursivo, no busca captar fieles ni defender ideas más o menos consolidadas. Precisamente su narración se asienta sobre el reconocimiento de la incertidumbre como detonante de una necesaria reforma del mapa emocional de sus personajes. Quien haya seguido su filmografía notará el aire de familia que presiden todas y cada una de sus películas. En todas ellas el género se instrumentaliza para crear textura, para referenciar la inquietud emocional que alienta a sus protagonistas. No es de extrañar que los aficionados a estos géneros vean a menudo el cine del indio como un sucedáneo sin proteínas, o que el adicto a los dramas con carga de profundidad se despiste entre tanto suicidio.

En el cine de Shyamalan existen dos elementos omnipresentes: una amenaza (incidente) y un ser humano perplejo, superado por una realidad a la que no puede dar nombre, teoría o terapia que la exorcice. Esa amenaza no está provocada por un ser determinado (ni siquiera en Señales podemos estar seguros de la identidad del ente), ni tiene una razón de ser que nuestra ciencia o nuestro entendimiento pueda descodificar -por mucho que el personaje de Elliot (Mark Wahlberg) busque indicios racionales tras cada suceso, al final deberá claudicar y salir sin red de la casa-. La lectura del incidente se deconstruye sobre la marcha y nunca de forma definitiva o satisfactoria; y aún más, requiere de la apertura emocional de sus atónitas víctimas, que al reconocerse perplejos empiezan a ver más claro (¡pura cuántica!).



Shyamalan posee una lógica más oriental que occidentalizada, y no la disimula en sus narraciones. En Occidente creemos que somos protagonistas activos de nuestras acciones, que todo podemos controlarlo y categorizarlo mediante conceptos, teorías o tecnologías autocomplacientes. Pero esa actitud vital sólo genera más desconcierto e infelicidad. No es de extrañar que el sociólogo Durkheim situara como una de las características del mundo industrializado la anomia, y el suicidio como uno de sus consecuencias más devastadoras. Vivimos en una sociedad que está profundamente organizada, racionalizada, pero no cuida las relaciones más cotidianas, las emociones. Esto queda ejemplificado en el personaje de Alma (Zooey Deschanel), que sólo recobra el contacto consigo misma cuando debe cuidar de Jess y cuando ve peligrar lo que en el fondo más quiere. Entonces descubre la necesidad de volver a los afectos más básicos, entonces decide tener un hijo propio. En este sentido es significativa la escena de la comunicación entre la casa y el cobertizo. O la curiosa coincidencia de que los grupos más numerosos se suiciden, y los más tribales y apiñados se salven del mortífero viento. Como excepción a la regla tenemos el personaje eremita del final, pero será precisamente ese aislamiento de los otros lo que acabe con ella. Sólo los que se acercan, los que ponen a tiro sus emociones, pueden eludir al ángel exterminador.

El incidente posee así dos planos hermenéuticos. Uno emocional o psicológico, y el otro político (o medioambiental). De hecho, toda su filmografía se escribe sobre esta lectura bifronte.
Shyamalan profetiza y sentencia un aviso para navegantes. El mundo occidental está atravesando una crisis que vertebra no sólo el ámbito de las relaciones interpersonales, sino también el más fáctico e inmediato. Este estado de cosas se expresa de forma violenta en el deterioro medioambiental y sus efectos destructivos sobre la población y el ecosistema. En El incidente no se disimula una cierta metáfora sobre la naturaleza que avisa sobre el potencial autodestructivo de los seres humanos (el mismo suicidio deviene en metáfora de lo que nuestra especie hace consigo misma). Ahora bien, será en ese ámbito de las emociones y su potencial para generar espacios no destructivos y sí solidarios (ya lo pudimos comprobar en la propuesta de comunidad unida frente a las adversidades en La joven del agua) donde se ilumina la medicina a este holocausto. En nada puede ayudar la atomización del individuo bajo la masa tecnificada de las grandes ciudades, ni tampoco el aislamiento en la nostalgia de lo rural, que sospecha de lo diferente como agente patógeno (la escena de los asesinatos en la cabaña es ilustrativa de este terror que tras el 11-S lleva a una población a plegarse hacia la mística militarista de la era Bush). Hay que reinventarse y reinventar nuestra relación con los otros, potenciar el tejido social inmediato, no mediatizado por la cultura institucionalizada que convierte lo espontáneo en moneda publicitaria.


Sin embargo, el realizador de El sexto sentido -ésta es su sabia virtud- no sólo articula un discurso. También nos ofrece un
paciente ejercicio de buen hacer en las escenas de terror, las cuales se coreografían con un sentido del ritmo inteligente, dosificado, como un veneno que vemos cómo va inoculándose en los personajes hasta un final que, huyendo del optimismo, nos mantiene en la incertidumbre. Impagables las escenas iniciales, pero aún más terrorífica la escena en el coche, con esa raja en el capó, vibrando, augurando la desgracia, pese al consuelo inocuo de un juego matemático.

Por cierto, ya sabéis que Shyamalan aparece en todas sus películas, haciendo un cameo hiperbreve. Esta vez es más difícil de localizar. Fijaros en la escena de los ahorcados a la entrada de Princeton.

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