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Brick


Noir de instituto

¿Por qué los personajes protagonistas del cine negro de los cuarenta son tan talluditos? ¿Por qué no se decantaron sus directores por jovencitos sin pelos en el pecho, de acné facial y risa fácil, o chicas de tersa piel, talle sin grietas y experiencia raquítica? Supongo que la razón esencial es que el público que llenaba las salas por entonces era igualmente madurito e interesado por encontrarse seres con los que pudiera identificarse. Claro que aquellos eran otros tiempos, y el cine negro se encargó de exorcizar los miedos y las esperanzas de una escéptica generación marcada por la guerra.

Gracias a esto hoy podemos disfrutar de un género mítico que ha tenido más que dignos continuadores, especialmente en la Nouvelle Vague y en el neo-noir americano de los noventa. La Nouvelle Vague dota al cine negro de espontaneidad y fluidez narrativa, así como de frescura y cotidianeidad en su puesta en escena. Los diálogos y los escenarios son callejeros, y sus personajes juveniles, enfrentados a una sociedad envejecida que no comprenden ni lo desean. Del escepticismo de la generación de entre guerras pasamos al existencialismo rebelde de una generación que buscaba su lugar en el mundo lejos del mapa aportado por sus conservadores adultos. Hoy los tiempos han cambiado. Los cines se pueblan de adolescentes en busca de su dosis de tetas, romance y buenos efectos especiales. Y ya no buscan lugares ajenos a su entorno donde crecer (la publicidad que les avasalla los prefiere siempre jóvenes).

Brick (en referencia a los ladrillos de heroína que fabrica The Pin) nos inspira el recuerdo de la evolución del género negro (y del hard-boiled asiático, con sus pandillas urbanas) que intenta siempre con esfuerzo reinventarse en fórmulas más o menos acertadas pero que sin remisión nos devuelven a sus fuentes, haciéndonos resoplar: ¡otra vez será!, ¡pues bueno! o ¡a mí me gustó más las de Bogart o Tarantino! Y es que –según dicen los promotores y los admiradores del cine llamado independiente- el mayor acierto de esta obra prima del joven realizador Rian Johnson reside en haber situado un género pensado para personajes adultos en un contexto de adolescentes californianos jugando a ser terribles mafiosos, chicas fatales o astutos detectives. Todo muy aparentemente posmoderno, pero aderezado con un guión más bien clásico: detective (ocasional) en busca de (su) chica perdida, femme fatal sensual de oscuras intenciones (loca por tirarse al detective), matón temible y jefe mafioso excéntrico). Los personajes son caricaturas de dibujo animado, que sólo en breves instantes logran tomar una forma más sólida. Casi siempre cuando aparecen en escena el dúo protagonizado por un solvente y contenido Joseph Gordon-Levitt (¡cuánto me recordó a Fele Martínez en Tesis!) y esa muñeca de ojos expresivos y conspiradores llamada Nora Zehetner (vista por la serie Héroes). Los demás son para echarlos a los tiburones.

Supongo que fue precisamente este amateurismo lo que le gustó al público de Sundance (Premio Especial del Jurado) y al de Sitges (premio Citizen Kane al mejor director novel). Y es que Johnson logra crear sensación de cercanía y frescura a costa de un guión elaborado con mimo, aunque acentuada por la falta de presupuesto (los escenarios son escasos y repetitivos). Lo que nos queda (seguro que pronto lo sabremos) es pensar que hubiera hecho este realizador con un mayor presupuesto y una historia más adulta (en todos los sentidos).


Brick es una obra desinflada por su escasez presupuestaria y su reparto adolescente, que dota a la cinta de una sensación de artificiosidad que (a mí por lo menos) despista y aburre. Una pena, porque sus escenas intimistas (el descubrimiento del cadáver en el túnel, las llamadas a su novia, los encuentros con Nora Zehetner) prometían lo que con el tiempo deviene como un puzle aderezado de interminables puñetazos.

Aún así es un acierto (propio de todo producto posmoderno) ofrecer un collage inusual que combine cine negro con personajes que pululan aún por el instituto (de hecho Johnson filmó en la escuela a la que asistió de pequeño), a pesar de parecer tan teatral y forzado. Descubrir papeles de adolescente que no fluctúen entre el humor grueso, el terror prefabricado, o el romance pastelero, es casi un milagro que debería estar protegido por la UNESCO.

Supongo que todo el que vea Brick estará esperando que Johnson nos haga disfrutar en breve de una obra más sólida y más negra que ésta (y quizá sin tanta testosterona derrochada). Por lo visto posee recursos más que probados. En proceso está la que parece que se titulará The Brothers Bloom, un noir triangular, con dos hermanos (Adrien Brody y Mark Buffalo) y una compañera poco fiable (Rinko Kikuchi, la excelente sordomuda de Babel). Completa el reparto la siempre estupenda Rachel Weisz.


Tráiler (vía | Youtube)

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Nos vemos en el cine…

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