Confesiones de un enfermo

Criticar una película es la mayoría de las veces un acto de violación en toda regla, ya que ir al cine y experimentar en tus retinas la vida en celuloide es un hecho esencialmente factual e íntimo. El encuentro inquietante y gozoso entre el mundo que se nos abre ante la pantalla y el irreperable requerimiento de nuestra existencia es y será siempre el motivo primero de todo quien disfruta del cine. El juego posterior de comentar la experiencia, juzgarla, opinarla, ponerla a parir, exagerarla, o cualesquiera de los otros actos que se le ocurre a un espectador después de finalizar la película, son un intento de prolongar el goce del instante vivido, o la excusa perfecta de ejemplizar nuestras propias ideas a través de la película, o bien cumplir fielmente el papel de sicario de la profesión de crítico, a mayor gloria de una cuenta corriente o de una fama social de listo de la hostia -la mayoría de las veces nunca reconocida por el público propiciamente sensato.
Criticar una película es como comentar con los amigotes cómo folla tu novia. Supone siempre rebajar a la categoría de noticia o espectáculo lo que tan sólo es un acto de sincero placer. Comentar esta vivencia requiere una complicidad que no se consigue fácilmente. Por eso quienes pueblan el patio de una sala de cine callan al comenzar la película -cada vez menos, ¡ya lo sé!-, se molestan si alguien interrumpe o se miran entre ellos de soslayo sin mediar medio monosílabo. ¿Por qué? Porque un nuevo interlocutor requiere nuestra más dedicada atención, un sueño que -como la vida- pasa a nuestro alrededor, repleto de momentos irrepetibles, miradas derritientes, frases fascinantes, y más... Sólo que aquí todo se concentra, se hace mágico, y a la vez se alarga para nosotros y se convierte en algo real, posible. Por eso todos, actrices, actores, amores, guerras, duelos, silencios, sonidos, todos se quedan con nosotros más allá de la sala, en nuestro quehacer diario, y regresan de vez en cuando a modo de otros diálogos, otros gestos, otros paisajes... Compartir algo así es un acto de valentía, porque con cada palabra emitida una parte de nosotros emigra hacia el que nos oye y se queda también en él, para a su vez volar de nuevo hacia otros conversos.
Por eso todo acto de criticar es si acaso un manifiesto de amor, una apasionada y por lo tanto inútil forma de prologar la experiencia de disfrutar el cine. Y de esto poco se puede decir, o si es el caso, no dejar de hablar. Ambos excesos son síntomas inconfundibles de esta contagiosa enfermedad de la que por suerta nadie quiere ser sanado.
Criticar una película es como comentar con los amigotes cómo folla tu novia. Supone siempre rebajar a la categoría de noticia o espectáculo lo que tan sólo es un acto de sincero placer. Comentar esta vivencia requiere una complicidad que no se consigue fácilmente. Por eso quienes pueblan el patio de una sala de cine callan al comenzar la película -cada vez menos, ¡ya lo sé!-, se molestan si alguien interrumpe o se miran entre ellos de soslayo sin mediar medio monosílabo. ¿Por qué? Porque un nuevo interlocutor requiere nuestra más dedicada atención, un sueño que -como la vida- pasa a nuestro alrededor, repleto de momentos irrepetibles, miradas derritientes, frases fascinantes, y más... Sólo que aquí todo se concentra, se hace mágico, y a la vez se alarga para nosotros y se convierte en algo real, posible. Por eso todos, actrices, actores, amores, guerras, duelos, silencios, sonidos, todos se quedan con nosotros más allá de la sala, en nuestro quehacer diario, y regresan de vez en cuando a modo de otros diálogos, otros gestos, otros paisajes... Compartir algo así es un acto de valentía, porque con cada palabra emitida una parte de nosotros emigra hacia el que nos oye y se queda también en él, para a su vez volar de nuevo hacia otros conversos.
Por eso todo acto de criticar es si acaso un manifiesto de amor, una apasionada y por lo tanto inútil forma de prologar la experiencia de disfrutar el cine. Y de esto poco se puede decir, o si es el caso, no dejar de hablar. Ambos excesos son síntomas inconfundibles de esta contagiosa enfermedad de la que por suerta nadie quiere ser sanado.
Comentarios
Lo que sí debe ser marca de fábrica en ambos casos -el de soñar sin querer despertar y el de soñar despierto para vivir- es el síntoma de que disfrutamos. Sin alegría no hay ni paz ni justicia.
Gracias por pasear tus letras por aquí, ditirambo. Nos vemos en el cine.