Un recuerdo

Después de ese día vi la película muchas veces más, de forma que, en poco tiempo, me sabía todos los diálogos de memoria. Y, sin embargo, mientras más veía la película más me emocionaba, sentía que cada vez dependía más de ella, como si el solo hecho de sumergirme en la película fuera el rito más eficaz para soportar mis imposturas, la mejor forma de ajustar mis sensaciones, el lenitivo más conveniente para mis trastornos. Vivía por la película, para la película, y gracias a ella mi vida era mejor, pues ella era la mejor razón para vivir.
Más tarde vinieron, como no podía ser de otra forma, todas las películas y todos los libros que pude encontrar de Gonzalo Suárez. Fanático de sus creaciones, lo más sorprendente fue comprender que Remando al viento era una película que estaba por encima de su talento, una obra maestra en la que él no había sido el creador, sino el transmisor, el descodificador, el recipiente adecuado de inmensas reservas de talento que habían permanecido incólumes hasta ese momento. Así, cada vez que veía a Lord Byron proferir su famoso canto albanés, me entraban ganas de gritar como él, deseaba que mi propia voz encontrara, como la del viejo y orgulloso poeta, un eco en las montañas de Albania, un refugio en algún territorio caliginoso y húmedo donde las lágrimas fluyeran con facilidad. De la misma manera, cada vez que escuchaba a Lord Byron decirle a Mary Shelley “Si has tenido poder para escribir nuestro destino, ten ahora valor para afrontarlo” sentía que mi destino, emborronado por el alcohol y las ficciones, no estaba en condiciones de ser escrito por mí, y que mucho menos poseía valor para afrontarlo cuando apenas tenía el coraje de admitir que mi existencia era una mezcla de hastío y de delirio, de exploraciones desmañadas y de encuentros prescindibles. Pero, a pesar de todo, quería vivir, debía vivir, sabía que no había que renunciar a escrutar, a asumir riesgos, aunque nada pudiera emocionarme tanto como Remando al viento.
Cuando algunos meses después se me pasaron las ganas de ver una vez más la película, me sentí perdido y liberado, como si fuera el único responsable de un delito gravísimo, que, probablemente, era tan sólo una traición indispensable para madurar. Ahora, muchos años después, no soy capaz de discernir si fui el beneficiario o la víctima, pero estoy convencido de que Lord Byron tenía razón cuando le decía a Percy Bisshe Shelley: “El tiempo es un tirano, amigo mío, y me temo que sólo los tiranos pueden acabar con las tiranías”.
Comentarios
Respecto a la película que comentabas, mi sensación fue también grata pero en ningún caso tan dionisíaca como en tu caso. Recuerdo a Hugh Grant gritando sobre una barca en la bruma de la noche, y a un estupendo Polidori interpretado por José Luis Gómez. Recuerdo cómo el personaje prometeico creado por Mary Shelley la persigue en su memoria y también en sus carnes, adueñándose de ella. Hoy Remando al viento me sugiere más cómo el poder de la literatura llega a la vida de quienes la leen o la crean, y sobre la fascinante y fáustica aventura de la creación literaria. Igualmente me parece una película excesivamente teatral, lo que en momentos la hace fría. Veo que en tu caso te calentó el alma, y que aún quedan ascuas de la hoguera. Disfruta su calorcito por siempre, compañero.
Un abrazo y nos vemos en el cine...