David Mamet: the art to turn aside the attention

Las dos pasiones de Mamet son el teatro y el cine. Y a ambas ha dedicado igual pasión y talento. De hecho, ganó en 1984 el Pulitzer por Glengarry Glen Ross (sátira sobre el negocio inmobiliario, que más tarde sería adaptada para el cine por James Foley, bajo guión del maestro), sólo que no lo obtendría como novelista, sino como mejor dramaturgo. Sin embargo, en España es más conocida su faceta como guionista y (con menor acierto) director. Mamet estudió teatro en el Neighbourhood Playhouse School of Theatre. En sus primeras piezas -Lakeboat y Duck Variations (1970)- ya puede evidenciarse su querencia por el registro coloquial. En 1974, con Sexual Perversity in Chicago, obtuvo el Jefferson Award, y en 1975 consiguió triunfar en Broadway con American Buffalo. Esta pieza, montada por Al Pacino en 1980 y representada en el Nacional Theatre de Londres, le dio a conocer internacionalmente (en 1996 sería adaptada al cine con guión suyo por un soso Michael Corrente, y otra vez con Al Pacino por medio). En 1994 elabora la adaptación de Tío Vania, de Anton Chéjov, que servirá de base para el guión de Vanya on 42nd Street, de Louis Malle (también ha adaptado otras obras de Chéjov como Vint, El jardín de los cerezos o Tres hermanas). Ya en 1992 estrenaría con éxito Oleanna, una pieza controvertida sobre la lucha entre generaciones y sexos.
Ha escrito libros y obras de teatro infantiles, siete ensayos y tres novelas, artículos en revistas, y ha colaborado en canciones para su esposa, la compositora folk Rebecca Pidgeon. Incluso se pasaría a la actuación en alguna ocasión, como por ejemplo en la adaptación televisiva de su obra teatral The water engine, y se pondría en la piel de un jugador profesional en El caso de la viuda negra, de Bob Rafelson.
Sin embargo, es en su labor de guionista donde Mamet ha regalado al cine momentos inolvidables: El cartero siempre llama dos veces (la del ochentaiuno, de Rafelson, con Jessica Lange, esa bengala humana encendida sobre una mesa de cocina). Casa de juegos, dirigida también por él, y magníficamente orquestada por el estupendo Joe Mantegna y la fría y desconocida Lidsay Crouse (vista también en Veredicto final). La tramposilla pero entretenidísima Los intocables de Elliot Ness (¡qué portento Sean Connery, incluso para morirse!). Como ya apuntamos, Glengarry Glen Ross, esa lapidaria crítica del sistema de hacer dinero americano y sus miserias morales. Jack Lemmon se llevaría el premio al mejor actor en el Festival de Venecia. La original y nada aburrida Vania en la calle 42, con una banda sonora deliciosa a cargo del jazzman Joshua Redman, y un guión bien trenzado, que se sustenta en el punto de vista del espectador (nosotros mismos) que asiste –como uno más- a los ensayos de un grupo de actores que destilan sus deseos y miedos más allá de los personajes que representan.
Quien crea haber visto la mejor actuación de Julianne Moore, que visite (y revisite) esta delicatesen. La mejor película de Malle (sin olvidarme de Atlantic City). Y siguiendo el viaje por su filmografía, tenemos juguetes fílmicos bajo la forma de mecanos como La trama o El último golpe. Y entre ellos, la cínica y recreativa La cortina de humo, débil intento de repetir la amarga acidez conseguida con Glengarry Glen Ross.
Como casi todo en cine es personal (aunque no intransferible), yo tengo mis preferidas (Casa de juegos y Vania en la calle 42), mis olvidables (Hoffa, El desafío, Hannibal), mis entretenidas (Ronin, Los intocables, State and Main), mis cluedos (La trama, El último golpe), mis “pues vale” (El caso Winslow, Nunca fuimos ángeles), incluso tengo huecos (espero que no abismos) que algún día rellenaré o no (¿Qué pasó anoche?, Oleanna, Homicidio, Las cosas cambian). Quizá sean esas dos mis preferidas porque son aquellas en las que los personajes están más próximos unos de los otros, jugando al escondite de las medias verdades y las mentiras verosímiles.
En Casa de juegos no hay metáforas posibles. Toda la película es una doble partida: una, de iniciación en las reglas del juego (de la mano pausada y escéptica de Mick, el timador); y la otra, una vuelta de tuerca a sus trampas ocultas (perpetrada por la fría pero curiosa doctora Margaret).
En Vania (superior en casi todo a Casa de juegos), ese ocultamiento se sitúa en un plano emocional, sirviendo el marco teatral como sustrato eficaz que nos balancea entre lo real y su ficción. Asistimos a sus diálogos -ágiles y en ocasiones cortantes como una hoja de papel- como espectadores nada pasivos (uno mismo deambula, se sienta, conversa con Vania, Sonia o el profesor) del frágil equilibrio que sostiene las existencias de sus protagonistas. Vania es una obra nudista (si se quiere, incluso pornográfica); no hay decorados, ni atrezos que despisten de lo esencial, es decir, la pura palabra, el diálogo incesante, la dialéctica emocional que mueve a los personajes a desvestir sus sentimientos y deseos. Sin guión –sin un buen guión- Vania está desalmada, vacía.
El resto de la filmografía de Mamet es un aperitivo (jugoso, ya lo sé, pero entremés) que nos pide más comida, por favor, más comida.
(vía | Youtube)
Nos vemos en el cine…
Comentarios
Por lo menos de cine. He leído cosas de él muy buenas pero no me han funcionado bien aplicadas a la pantalla. Sobre todo cuando él las pone en escena.
No sabía que Rebecca Pidgeon fuera cantante. Ya me extrañaba que se prodigara tan poco en interpretación...
Pero no siempre. Ha dado excelentes guiones, como los que citas, y esa joya que dirigió llamada "House of games".
saludoss
En mi opinión, Mamet elije un tipo de película, la pelícuala dramática, y lleva el modelo hasta su perfección. Es posible, y lo digo humildemente, que como director (o, mejor, como "realizador cinematográfico") deje algo que desear, pero el resultado no es tan catastrófico.