MUJERES FATALES

No me he podido resistir. Sé que tarde o temprano saldría el tema, y por si el foro cinéfilo y (sobre todo) ginéfilo es tímido, salto yo al ruedo público y declaro mi fetichismo inocente pero de pétrea contundencia hacia las mujeres que desfilaron –todas las que se precien de fatales lo hicieron alguna vez, y ¡cómo lo hicieron!- por la pantalla para secarnos la garganta y lubricarnos los deseos.

Aclaro sin embargo que a mi entender una mujer fatal no se circunscribe al mero (aunque suficiente en sí mismo) reino de la carne. La fatalidad de una mujer cinematográfica requiere inteligencia además de evidentes dotes arquitectónicas, ya que como puede revisarse en cualquier película donde aparezca una, ésta posee un plan secretamente urdido para desgracia de su incauta víctima. Aunque decir víctima es decir poco de la capacidad cognoscitiva masculina cuando se le anteponen unas zigzagueantes piernas de mujer. Es lo que convierte en genial al noir con mujer fatal incluida: el incauto no lo es, sabe de antemano qué pretende la malvada sirena y qué le va a suceder si le sigue el juego. Es más, no puede decir que no; desde el momento en que ella paso a su lado, el veneno letal entro en sus venas sin antídoto posible. Y es aquí donde el cine negro traviste los roles sexuales: el macho se vuelve blandiblú y la hembra se ilumina de una lógica euclidiana. Hay que recordar que el noir nace precisamente en un momento en el que se estaba empezando a gestar en algunos países lo que hoy se reconoce como la liberación de la mujer, liberación ésta de las cadenas emocionales, culturales y económicas que en siglos atrás había tenido que soportar con la terrorífica humildad que de ellas se esperaba. La mujer fatal en el cine deviene así como una respuesta digestiva de terror masculino hacia esa nueva mujer que se estaba gestando a principios del siglo XX y que amenazaba con destronar al rey de su patriarcado ancestral. No hay que olvidar que la atracción que ejerce la femme fatale sobre los hombres y la envidia inconsciente que provoca en sus contemporáneas hace de este espécimen mitológico un arma políticamente incorrecta para la sociedad acomodada en los valores tradicionales de la familia y el trabajo.

Pero dejemos a un lado las elucubraciones sociológicas y entremos de una vez en la materia fetichista del asunto, que es lo que nos interesa (por lo menos a mí) y lo que desprende más feromonas. Como se trata de un asunto en el que el gusto manda con implacable ferocidad, es de justicia reconocer que nunca nos pondremos de acuerdo ni tenemos porqué acerca de cuál y en qué grado o ranking situamos a una mujer como fatal. En mi opinión de modesto fetichista, me quedo con las femmes del noir clásico, aunque añadiendo varias guindas vivas que despiertan mi hambre y mi admiración.

De entre las leyendas inmortales destacaría –sin sorprender a nadie que no posea un cierto sentido común- a la demoledora Phyllis en Perdición (1944), de Billy Wilder. Estoy hablando, por supuesto, de la Stanwyck, “la Reina”. La verdad es que si la miro como se mira a un bicho en clase de biología no es que sea un bellezón –ninguna mujer fatal es chica de calendario-; más bien es feota, respingona, con cara de vieja resabida, contestona y mala leche. Pero cuando camina, habla o mira a los ojos, eso es otra cosa. El cine suele transformar lo que la naturaleza nos ha robado, gracias al Dios Lumiere. A la Stanwyck le pasa lo que a la Hepburn -Catalina, por supuesto, no la virginal Audrey-, pero sin capacidad de atraer siquiera a un adolescente; ambas son del montón, pero el carisma las salva de ser escupidas por la cámara. La combinación Wilder-Stanwyck-Chandler hizo nacer el noir para nosotros en su más clásica concepción (chica mala, mala, chico locamente enamorado y fiambre seguro), y la jugada supo a gloria. Y el verbo de Chandler (el guionista, para los desinformados, bajo la novela de Cain, Double Indemnity) se hizo carne en Stanwyck gracias al ojo divino de Wilder. Por cierto, Robinson está extrañamente –recordemos que es prototipo de malvado- estupendo de marido mancillado.

Os dejo aquí el más celebrado diálogo entre la femme (Phyllis) y el primo (Walter), que hablan del marido de ella, antes de que decidan planificar su asesinato y así cobrar la póliza de su seguro de vida. Por supuesto, el guión no es suficiente; hay que ver las miradas, los gestos, esas minucias que lo son todo sin ser nada:

–Tiene usted interés en hablar con él, ¿no?

–Así era, pero… se me están pasando las ganas, créame.

–En este estado hay un límite de velocidad, señor Neff. Setenta kilómetros por hora.

–¿Y a cuál iba yo, agente?

–Yo diría que a noventa.

–Pues baje de su moto y póngame una multa.

–Mejor dejarlo en advertencia por esta vez.

–¿Y si no da resultado?

–Le daré con la regla en los nudillos.

–¿Y si me echo a llorar y pongo la cabeza en su hombro?

–¿Por qué no intenta ponerla en el de mi marido?

–Ya basta.

En otras ocasiones espero tener oportunidad, memoria e ingenio para hablar de esta estupenda película de Wilder (no la mejor a mi gusto, pero de órdago).

Y en otra ocasión dejaré una entrada más sobre este tema de las femmes fatales. Mientras tanto dejo carnaza para que mastiquéis:

Lana Turner en El cartero siempre llama dos veces (1946, dos años después de Perdición), de Tay Garnett. ¡Qué rubia, joder! Quienes visteis la película –no la descarnada pero eficaz de Bob Rafelson, con la entonces neumática Jessica Lange-, seguro que deseasteis ser ese pringado que se cruza, cual triste Fausto, en el camino de esa sirena sin cola. La primera escena es recordada y repetida en el cine hasta el aburrimiento: Cora (Lana Turner) aparece, como un fantasma hamletiano, a los ojos de un deslumbrado Frank (John Farfield), pero lentamente, al compás de una cámara que recorre su cuerpo de pies a cabeza. Al final del trayecto estás perdido. Lo sabes de inmediato. ¡Soy todo tuyo, nena!

Más contemporánea (1993) pero no por ello menos fatal, Linda Fiorentino en La última seducción, de John Dahl. El argumento se moderniza: aparecen las drogas por medio, el primo es un chavalín de pueblo, arrogante y aún más ingenuo; el marido no es tan calzonazos, y anta tras la chati para darle bien por cabrona. Sin embargo, el cliché del noir se repite. La Fiorentino nos pone a cien con su distante cercanía, su tira y afloja, y caemos como mosquitos. Y no es que la Fiorentino tenga cuerpo de playmate, ni siquiera tiene tetas; pero su mirada y sus andares son… ¿Qué cambia en este noir? Quizá la fisicalidad de las escenas, menos preocupadas de desatender los requerimientos de la celosa inquisición. Y quizá sea eso lo que daba gloria al noir clásico, su contención sexual, su erotismo de media pierna y mirada. De hecho, excepto contados ejemplos no se han retratado las femmes fatales con tanta magia como entonces. Y es que paradójicamente el sexo lo estropea todo en el celuloide.

Espero vuestros fetiches con ardor guerrero.

Mientras tanto, os dejo dos perlas, una majórica y la otra de tienda cien (aunque me ponga más cardíaco con esta última):

Rita Hayworth en Gilda (Charles Vidor, 1946)


Rebecca Romijn en Femme Fatale (Brian de Palma, 2002)



Nos vemos en el cine...

3 comentarios:

Tanhausser dijo...

Muy ilustrativa y pedagógica la entrada sobre Femmes fatales. Quiero añadir mi Femme fatale número uno: la Kathleen Turner de Fuego en el cuerpo (1981 ó 1982, no recuerdo muy bien) de Lawrence Kasdan, guionista y director. La Kathleen volvió loco a un estupendo William Hurt durante un tórrido verano en el sur de los estados Unidos. ¡Qué malita era la tía! Aún recuerdo su imagen tras el espejo esmerilado de su casa sabiendo que Hurt la miraba y la deseaba.
Como fue mi Femme fatale, me costó luego mucho ver su evolución física en, por ejemplo, Las Vírgenes suicidas, haciendo de madre de cinco hijas. Comprended las mitomanías.
Eso no me impide valorarla como una muy solvente actriz en todos los géneros que ha tocado, sea cine negro, comedia (Véanse La Guera de los Rose o El honor de los Prizzi) o drama. Además, habla muy bien español.

Un saludo. Nos vemos en el cine.

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