María Antonieta


Cómo ser feliz y morir en el intento

Iñárritu no cuenta historias fáciles de digerir; Woody Allen es amigo del humor ocurrente y del psicoanálisis; a Guillermo Del Toro le chiflan los comic y el género fantástico. Sofía Coppola tampoco engaña. Su escasa pero intensa filmografía se centra en personajes inmersos en una atmósfera opresiva, o cuando menos extraña, en la que son insertados a pelo, sin anestesia. Y desde ese contexto tendrán que reconstruir su identidad. Además, sus personajes son jóvenes, dotados de una cierta inocencia que les hace aún más vulnerables, pero igualmente más abiertos al cambio, más allá de los clichés con los que su entorno les encorseta. En las películas de Sofía Coppola el contexto –sea la casa paterna, una ciudad lejana o un palacio real- es un personaje más, enfrentado a los deseos frustrados de los personajes protagonistas.

En Las vírgenes suicidas, una especie de La casa de Bernarda Alba a la americana, es el ambiente puritano de una familia de clase media en los años setenta, que enclaustra a sus cinco hijas –por cierto, una de ellas interpretada por Kirsten Dunst- en sus habitaciones para que no sean seducidas por los deseos pecaminosos del mundo exterior. Pero será precisamente esa reclusión la que perpetúe la tragedia, al aumentar aún más el sensual misterio que rodea a esas chicas encerradas que se asoman por sus ventanas, como sirenas que llaman a adolescentes de mandíbula desencajada o princesas que piden ser rescatadas de su eterno encierro.

Igualmente, en Lost in translation un Tokio tan fascinante como selvático, enclaustra a Charlotte, una veinteañera aburrida en su habitación de hotel, esperando a su ocupado maridito. Sólo que esta vez sí hay vía de escape o salvación –sin necesidad de suicidios o decapitaciones- de la mano de un escéptico actor, descontento y venido a menos, que a su vez será igualmente rescatado del naufragio.

Y por último nos llega Sofía con esta no tan distinta película, en la que tan sólo cambia de tiempo (el siglo XVIII) y de espacio (el palacio de Versalles); y escoge a diferencia un personaje que realmente existió, aunque sea ésta una elección circunstancial, ya que en ningún caso le interesa a Coppola la dimensión política del personaje, sino tan sólo su fuerza emocional y su capacidad de adaptación al mundo alienante de la corte versallesca. Es absurda la polémica –si acaso ha servido para darle más publicidad a la cinta- suscitada en torno a la visión de la vida palaciega de Versalles sin contar con la Revolución emergente que se estaba gestando en las calles de París. Un republicano o un marxista no soportaría ver feliz a la nobleza; los prefiere gillotinados o deprimidos, pero en cualquier caso considerará una impúdica desfachatez desplegar su felicidad ante las cámaras. ¡Qué indecencia!


Pero no desfallezcan los historiadores rigoristas; incluso si nos ponemos puntillosos esta visión intimista de Coppola se torna una perfecta recreación de la banal opulencia de una corte que tenía los días contados, frente a la pobreza en la que estaba sumido un pueblo arengado por la ambición de la burguesía ilustrada y no menos acomodada. Pero dejémonos de tonterías; ésta no es una película política. La descripción de la función social de los personajes es escasa y casi caricaturesca. La María Antonieta de Coppola es personal e intransferible, y sólo le interesa llevar su cámara hacia esos instantes reveladores en la vida de una reina alienada que busca su lugar en ese otro planeta llamado Versalles, del que por entonces se decía ser el centro del mundo, lleno de lujo y excesos.

El tema es similar, cuando no clavadito al resto de su filmografía. María Antonieta, princesa austríaca, es arrancada literalmente de su entorno familiar a la edad de catorce años para ser casada con un desconocido para ella y aún Delfín Luis XVI. Allí deberá cumplir la sagrada misión de dar al heredero un varón que perpetúe la corona francesa, tarea que le va a costar lo suyo. Igualmente, deberá enfrentarse a la hostilidad con que la corte versallesca va a recibir a la austríaca. Los quince minutos iniciales de la película –hasta la entrada de Antonieta en Versalles- son reveladores en este sentido. No debe queda rastro de ningún detalle de su anterior condición de austríaca; de hecho, es incluso despojada de su intimidad, debiendo ser expuesta desnuda ante desconocidos. Y toda esta presentación de la nueva delfina extranjera ante la corte de Versalles es realizada en el pleno campo, en una tienda improvisada para el momento cerca del palacio. Externamente la presentación es perfecta, pero ¿y su adaptación psicológica? ¿Cómo ser feliz en un lugar así?

Así Coppola nos regala una película intimista, que tiene su valor en dotar de humanidad, más allá de las distinciones sociales, a un personaje desprovisto a priori de toda libertad y nacido para cumplir una triste misión procreativa. Por eso son memorables esos instantes fugaces en los jardines de Versalles, leyendo de Rousseau cómo el ser humano puede y debe ser feliz y libre si se deja llevar por su naturaleza noble y despreocupada, más allá de los corsés que fabrica toda civilización. O esas risas infantiles el día de su cumpleaños, corriendo sin deber nada al mundo. La Antonieta de Coppola es una adolescente a la que le obligaron ser adulta antes de tiempo y que sabiamente se niega a dejar pasar ese tiempo como perdido. Por eso, en la escena final vemos cómo Antonieta despide Versalles con nostalgia, porque allí dejó momentos irrepetibles que el pueblo le prestó e igualmente le arrebatará.

Este mensaje puede resultar pueril para quien no ve en esta película algo más que comilonas, trajes de lujo y algún que otro fiestorro aderezado con anacrónicas melodías. Y para los devotos de Coppola –entre los que me incluyo- quizá no ha conseguido esa estética poética y existencialista que tan bien supo mostrar en sus otras dos obras. Quizá porque no acabamos de identificarnos con su Antonieta como lo hicimos con su Charlotte de Lost in translation. Quizá porque la propuesta estética confunde y dispersa la unidad del guión. O quizá el excesivo protagonismo de la puesta en escena en detrimento del personaje. Quizá, pero de todas formas Coppola es honesta con lo que hace, no engaña, se arriesga. Esta actitud me agrada y de seguro esperaré su nueva propuesta.

Os recomiendo degustar detalles que son deliciosos, como los manjares que vemos pasar a lo largo de toda la película, no acto para hambrientos. Entre estos cabe recordar las miradas entre Luis XVI y María Antonieta durante las comidas; los desaires del monarca en la alcoba real; el amanecer en Versalles con botellas de champán en la mano; la ofrenda de Antonieta a su pueblo en el balcón; la bienvenida sensualidad desmadrada de Asia Argento; y muchos momentos más que se deben beber aparte.


Nos vemos en el cine...

6 comentarios:

Tanhausser dijo...

En pocas palabras. Tras haber visto las tres películas de esta realizadora, estoy seguro de que seguiré viendo con sumo interés las próximas películas que dirija porque, ante todo, la Coppola es una directora interesante y arriesgada. Los cineastas arriesgados, como era (y es) también sus padre, comete el riesgo de pasarse tres pueblos, de no ser entendido, de que le patine la neura o de otras muchas cosas más. A su padre le pasó varias de esas cosas con algunos de sus filmes, pero no estamos hablando ahora de este monstruo, sino de su criatura. El riesgo tiene estas cosas. A mí me ha gustado su propuesta, su puesta en escena, la música, el pasotismo con respecto a la historia de la revolución, que apenas sale, etc., incluso les veo un sentido a cada una de estas cosas, especialmente a la ausencia de la revolución, pues vemos la historia a través de Mª. Antonieta, no a través de los ojos del historiador de turno. Sin embargo, del mismo modo, entiendo que la peli no guste y que no se haya comido un rosco en el pastel de los Oscar. Es muy sencillo saber por qué: los académicos aplaudieron sus dos pelis anteriores a pesar de las rarezas y las neuras, que no fueron pocas en ninguna de las dos, pero han decidido no premiarla para que salga de esa forma de narrar y esa forma de contar historias. Las tres películas, desengañémonos, son muy parecidas, aunque cuenten cosas muy distintas en el espacio y en el tiempo, y no porque se note la mano del director, sino porque lo que se nota es su neura. Con esa ausencia de premios le están diciendo a la Coppola que siga, pero que cambie de forma de narrar y que se olvide de sus neuras. Una cosa más como crítica a la película, para la mí la más importante: --desengañémonos de nuevo--, la película es aburrida. A muchos de nosotros nos da igual si la podemos saborear desde otras instancias como la extrañeza, la originalidad, el atrevimiento, la propuesta, la música, esas cosas, pero el común de los mortales, los amantes del guión, el personal narrativo, el lineal, el histórico, el que entiende el arte como entretenimiento por encima de todo, etc., etc. no se lo perdona. Ha arriesgado, y no ha acertado. Ha arriesgado, y ha sido pelín reiterativa. Debe arriesgar, pues se ve que le va en la sangre, pero debe hacerlo de otro modo. En fin, como su padre, ese monstruo del cine, que se equivocó varias veces, pero siempre de modo distinto; y entre fallo y fallo nos dejó varias obras maestras. Yo confío en que ella pueda hacer lo mismo, y me conformaría con que dejara la mitad de las obras maestras de su padre. Habrá que seguirla.

Un saludo.

Tanhausser.

J.Álvarez dijo...

Q ganas tengo de verla...! Ah, mi voto de hoy a ido a parar a este blog, y he creído oportuno comunicarlo; seguiré votándolo a menudo mientras se mantengan estas críticas cinéfilas tan interesantes... :) Hasta pronto!

cesvillas dijo...

muy ocurrente el título, jeje

estoy seguro de que vamos a disfrutar mucho con la filmografía de la Coppola

Alfie dijo...

Me siento totalmente identificado con tu crítica, me fascinó con Vírgenes Suicidas y Lost in traslation...aquí me parece que sigue en la misma línea pero algo pasa en el guión a la hora de metraje, puede que sea lo que tu dices, me convence tu lógica, peude ser un poco de todo, pero no deja de ser una película para ser vista, no es una mala película, para nada es un beun experimento. Te juro que durante la primera hora me partí la caja de la risa, me pareció genial, destilaba ironía por cada fotograma, pero luego todo se diluye, cambia el tono narrativo y no sabe hacia dónde dirigir el barco, pero llega a puerto y eso no es poco, hay muchas pelís con mucha pasta que no saben hacia donde está su destino y las acaban a lo TOMSON, sin ton ni son.

Golightly dijo...

Coincido con la línea general que se está planteando: una buena película que, en algún momento, pierde el rumbo. Pero, si me lo permitís, os diré que no es la primera vez que esto le pasa a Sofía Coppola. Creo que se le puede aplicar una valoración muy parecida a Lost in translation, una película que prometía, pero que acabó aburriéndome, y de la que al final solo rescato la plasticidad de algunas escenas. Las vírgenes suicidas me pareció mejor, con diferencia. Pero en general creo que esta directora tiene que encontrar el modo de conjugar narración y observación, argumento y análisis introspectivo. Yo apuesto por que sabrá hacerlo. Talento no le falta. Los aciertos innegables de sus películas lo demuestran. Pero sí le falta atreverse y lanzarse a la hondura de las historias. Algo que hasta ahora, solo ha hecho en Las vírgenes suicidas. Lo demás, desde mi punto de vista, ha sido un mero recrearse en las puestas en escena y en la presentación de caracteres. Esperemos que se anime a dar el paso obligado después de tanto preámbulo y tanto rodeo, por muy estético que estos resulten.

Crítico en Serie dijo...

Yo me apunto a las opiniones de muchos de los transeúntes. A María Antonieta de falta algo. La ambientación y el estilo "Sofia" estan bien pensados, pero al guión le falta emoción (ya sea contenida como en Lost in Translation, o impresa en la oprimente atmósfera de Las Vírgenes Suicidas).

Cada imagen está bien rodada y es impecable por si sola, pero parece que Sofia se olvida de la parte narrativa de la película. Si se hace una película de un personaje real... se debe entender que era una persona, sí, pero por encima de todo era una historia.

(claro que todo esto es mi humilde opinión)

;)

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