El último rey de Escocia


En el corazón de las tinieblas

(Esta crítica desvela escenas relevantes de la película)

Algunos tildan de biopic –ese extendido término aplicado al género que recrea (y se recrea) en la vida de personajes más o menos famosos para el imaginario popular- a El último rey de Escocia, denominación que hemos de desvelar, para los que aún no hayan visto la película, como del todo desacertada, aunque compasivamente confundible. El último rey de Escocia bascula alrededor del personaje pasivo (pero principal) que interpreta sin mucho alma el desconocido James MacAvoy, un médico escocés que llega a Uganda –huido de los lazos de su aristocrática familia- dispuesto a ayudar a la empobrecida población en un hospital desolador (excepto por los más que evidentes atractivos de esa especie de Lady Chatterley, interpretada por la ex-teniente Scully), y acaba de médico particular del dictador Idi Amín (un portentoso Whitaker) y testigo privilegiado de sus desaguisados.

Y no es que por esta razón no siga teniendo uno la impresión final de haber asistido a un biopic. Lo parece, pero más bien porque la interpretación de Whitaker eclipsa toda materia cinematográfica que se le acerque a kilómetros de distancia. Este actor está que se sale, y acojona, os lo aseguro. Pero por mucho que los defectos de casting o de guión hayan desmerecido el resto, El último rey de Escocia se plantea más bien como un viaje al interior de las tinieblas que rodean al terrorífico dictador ugandés, y por extensión, a todo poder dictatorial que, como un agujero negro, absorbe y devora cual Saturno a su desconcertada corte de merodeadores. De hecho, la película se basa en una novela del escritor británico Giles Foden, y medio retrata sus experiencias e impresiones durante su larga estancia en Uganda (vivió allí desde los cinco años).

Para quien no lo recuerde, Idi Amín llegó al poder en 1971 mediante un golpe de estado contra el corrupto Milton Obote. Encontró el apoyo de numerosos países y medios de comunicación, que vieron en él la esperanza de convertir a Uganda en un país próspero, y por supuesto lejos del comunismo de su antecesor (tan preocupante para el gobierno estadounidense). Pero pronto se desveló que el corderito era un lobo de dientes afilados: estaba asesinando a sus enemigos políticos y obsesionándose con manías persecutorias y visiones paranoicas. El colmo del absurdo sucede cuando, ante la mirada estupefacta de la comunidad internacional, expulsa del país a 50.000 asiáticos, poniendo en su contra a sus países vecinos, u ofreciendo ayuda en el secuestro de un Airbus de la compañía aérea Air France por miembros de la Organización para la Liberación de Palestina. Es entonces cuando las historias (terroríficas todas) sobre su locura se multiplican entre los exiliados y llevan a Amín a exilarse él mismo en Arabia Saudí. Aún así morirá en 2003 sin un juicio que restituya la dignidad de las víctimas civiles que dejó por el camino.

En la película se perfilan, a través del rol de cada personaje, diferentes posiciones políticas ante el exceso del dictador. Desde el matrimonio de médicos que desconfía por experiencia de cualquier salvapatrias con ínfulas de redentor, hasta el pragmático y escéptico embajador británico, que critica con cinismo el inmovilismo del pueblo pero manteniendo su posición privilegiada de neocolonizador; y pasando por la idealista pero esperanzadora labor del malogrado ministro de sanidad, o la suicida necesidad de paz del médico del hospital.

Pero es en el personaje del escocés donde la película podría haber salido de una mediocridad que la sitúa entre el variado lote de productos similares acerca de la fascinación por la tela luminosa que adorna y disfraza el poder. No basta una excelente interpretación cuando el peso de la trama pesa sobre la figura del discípulo, aspirante (no tan inconsciente) a espectador adolescente de la falsa honestidad política de Amín. El joven e inteligente médico, Nicholas Garrigan, se perfila como un niño de papá, que sale disparado de los brazos opresivos de su familia (todos médicos por herencia genética, supongo), para vivir con mayúsculas y comerse a bocados un mundo que desconoce y elige al azar, como todas las opciones que se le presentan durante la película. Su inconsciencia y superficialidad le harán cómplice de un régimen político que creía honesto e ilusionante no por ideales profundos, sino por la inercia de su propia necesidad de experimentar nuevas sensaciones. Por eso se deja engatusar tan pronto con las golosinas que le ofrece el dictador, y por eso clava sin pudor sus bajeras en la exótica osamenta de una de las concubinas, aburrida por el exilio doméstico al que la somete su marido. Casi resulta increíble, o por lo menos improbable, que de pronto despierte su conciencia y se dé cuenta de la perrera en la que se ha metido. El guión –en el que por cierto coparticipa Peter Morgan (letrista de la estupenda y fresca The Queen)- nos hace colar este despertar a través de la trágica y terrible muerte de la concubina, acelerando los acontecimientos hacia su insólito y hollywoodiense final, tan sólo tolerable como metáfora imperfecta de las consecuencias de la política intervencionista made in USA.

El personaje que interpreta Gillian Anderson se presenta así como la otra cara de la moneda emocional y política a la que pudo (pero no fue) optar si se hubiera quedado en el hospital del pueblo. En una escena final veremos cómo el personaje del joven escocés persigue (como si de un fantasma se tratase) el autobús en el que la joven doctora huye de una Uganda peligrosa para todo el que le sea extranjero. Pero es tarde. Tarde incluso para creernos ese final sólo apto para ciegos amantes del mal llamado cine solidario.

Mientras esperamos que otra futura película enmiende la plana, me quedo con la menos histriónica pero mucho más adulta El americano impasible, de Philip Noyce. Y por supuesto con la irrepetible e implacable El jardinero fiel, de Fernando Meirelles.

Por cierto, una recomendable banda sonora.


Nos vemos en el cine…

2 comentarios:

Octavio dijo...

Enhorabuena por el comentario,a James MacAvoy le va mucho más el papel de fauno...

HECTOR dijo...

A mi no me gustó nada esta película y no creo que el papel de Forest Whitaker, sea para ganar un oscar, aunque hoy en día uno puede estar nominado o ganar un oscar sin hacer nada dentro de la mediocridad del cine actual, sino que se lo digan a Penelope Cruz.

Felicidades por el blog.

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