ÉRASE UNA VEZ EN AMÉRICA


Después de largos años de trabajo, Sergio Leone culminó una de las obras maestras del cine: Érase una vez en América (Once upon a time in America). Corría el año 1984 cuando se estrenó la película, y habían pasado doce desde que los guionistas (Enrico Medioli, Franco Arcalli, Leonardo Benvenutti, Piero di Bernardi, Franco Ferrini, el propio Leone y Harry Grey, autor de la novela en la que se basa la película, The Hoods) comenzaran su tarea. Además, el director había demorado durante años su propósito de emprender este rodaje. Los productores, a sabiendas de que los westerns eran garantía de éxito, habían intentado por todos los medios quitar a Leone de la cabeza la “rareza” de hacer una película sobre gángsters judíos (ni siquiera se planteaba abordar la ya tradicional mafia italiana) llena de saltos temporales y con casi cuatro horas de duración. Cuando el director pudo abordar su proyecto, había superado no pocos impedimentos en busca de financiación, pero no podía ni imaginar que los obstáculos más duros estaban aún por llegar.

Dicen los críticos que Érase una vez en América, que recorre cuatro décadas de la historia de EEUU, pretende retratar la evolución de este país a lo largo de diferentes momentos históricos: principios de siglo, los años veinte y treinta (época de la ley seca) y finales de los años sesenta. Y verdaderamente, la ambientación y la recreación de estas etapas son excelentes.


Sin embargo, el enfoque de la película se dirige de modo casi exclusivo a los personajes: unos chiquillos que crecerán en un mundo donde se presentan las bases del hampa, un mundo que aceptarán sin cuestionarlo, como el único medio que han conocido. Ese mundo determinará sus destinos: el protagonista, Noodles (Robert De Niro) se verá obligado a huir a un exilio donde vivirá atormentado por la culpa durante treinta y cinco años; Cockeye (William Forsythe) y Patsy (James Hayden) morirán jóvenes, víctimas de la traición y las leyes del hampa; Max (James Woods) seguirá el rumbo de la ambición que le llevó a traicionar a sus amigos y a arruinar la vida de Noodles, pero acabará siendo víctima de la misma corrupción que una vez le empujó fuera del submundo del hampa y la delincuencia marginal. Solo Deborah (Elizabeth McGovern) logrará escapar del medio del que procede. Se lo propuso desde niña y verdaderamente triunfará, pero tampoco ella puede ganar: pagará un elevado precio por ello, y quedará atrapada por los recuerdos.


Como sabéis, la película no organiza el relato de forma cronológica, sino en complejos saltos temporales. Estos reconstruyen una historia en clave de flash-back. Pero no significa esto que el relato sea una retrospección al uso, pues en ciertos momentos se da una deliberada ambigüedad entre la ensoñación, la memoria y la realidad. Este efecto queda especialmente señalado en desconcertante final: los automóviles de los años treinta que cruzan ante la mansión del senador Bailey (Max), repletos de jóvenes que cantan God bless America; la figura de Bailey, que desaparece tras el camión de la basura dejando en el espectador una sospecha que este casi no se atreve a concebir, y el nuevo salto temporal que cierra la película y nos deja un primer plano de Noodles sonriendo bajo los efectos del opio, mientras comienzan a aparecer los créditos...

En cualquier caso, Sergio Leone no solo nos presenta a un personaje (David Aaronson, “Noodles”) que se enfrenta a su pasado al regresar después de treinta y cinco años de ausencia. También presenta los contrastes y los paralelismos entre los distintos momentos de una vida, las relaciones causa-efecto entre los acontecimientos, las huellas que dejan en los personajes sus actos, sus decisiones y sus circunstancias... Si hubiese contado todo esto con una estructura lineal, el relato habría perdido buena parte de su sentido, porque en esta película no interesa tanto cuándo ocurren las cosas como por qué ocurren, qué influjo tienen en los personajes, qué peso tendrán en la trayectoria vital de los mismos. Por tanto, si entendemos Érase una vez en América como una película realista o de tintes historicistas, no debemos quedarnos en esa mera interpretación. Más allá de esa intención, que sin duda es un soberbio punto de partida, esta película quiere hablarnos de la relación inevitable entre los acontecimientos de una vida.


Teniendo todo esto en cuenta, podremos entender cómo debió de sentirse Sergio Leone cuando, para estrenarla en EEUU, el estudio le recortó el metraje en casi una hora y, lo peor, le reordenó los saltos temporales para que el relato adquiriese una estructura lineal. Debe de ser terrible para cualquier creador, y sobre todo para uno tan perfeccionista y arriesgado como él, ver cómo la película perdía su sentido. Para colmo, el estreno estuvo organizado de forma pésima, y se olvidaron de registrar la banda sonora, lo cual impidió a Ennio Morricone optar a un Óscar que, seguramente, habría ganado. Las críticas recibidas tras este estreno fueron terribles, y la película llegó a ser calificada como “la peor del año”. Fue en el Festival de Cannes, en 1984, donde se estrenó la versión original e íntegra (tres horas y cuarenta minutos) y se mantuvo la estructura temporal y narrativa ideada desde el principio (esta versión del director no llegó a estrenarse en EEUU). A partir de entonces la crítica dio un giro radical, y Érase una vez en América se convirtió en una película destinada a figurar entre las mejores de la historia del cine, una obra épica de idéntica categoría a El Padrino.

Son muchos los aspectos sobresalientes de esta magnífica obra. Entre ellos, tenemos que citar la recreación del Nueva York del primer tercio del siglo XX. La fotografía (Tonino Delli Colli) en este sentido, tiene un papel fundamental. Es absolutamente maravillosa. En cuanto a la música, de Morricone, posiblemente sea una de las mejores bandas sonoras de la historia del cine.


No debemos pasar por alto otros aspectos como el perspicaz tratamiento de la elipsis en el desarrollo de la narración (clara demostración de la destreza de Leone en el manejo del lenguaje fílmico) o la interpretación de los actores jóvenes, que dan vida a los personajes en su infancia y adolescencia. Exceptuando el caso de Jennifer Connelly (Deborah), que ha tenido una fructífera carrera cinematográfica, poco hemos sabido en más de veinte años de Rusty Jacobs (Max), Brian Bloom (Patsy) o Adrian Curran (Cockeye). Y, sin embargo, todos ellos son inolvidables. Lo son especialmente Jennifer Connelly y Scott Tiler (Noodles), niños que miran como adultos: los ojos de ella recogen toda la ambición y el deseo de volar que caracterizan a su personaje; los de él son los del chiquillo obligado a crecer antes de tiempo y, seguramente, a aceptar de antemano que el mundo se divide entre ganadores y perdedores, y que él tiene todas las papeletas para estar en el segundo grupo.


En fin, tantos son los elementos que destilan genialidad en Érase una vez en América, que resulta imposible recogerlos todos en el espacio de un artículo con el detenimiento que merecen. Pero no me resisto a recordar algunas escenas que, por muchas veces que vea la película, siguen poniéndome los pelos de punta:

- La toma del puente de Williamsborg, como monumental telón de fondo de unos pequeños gángsters vestidos como adultos, que avanzan confiados momentos antes de la muerte del pequeño Dominic. Creen haber conquistado ya el territorio, sus primeras ganancias les hacen sentirse como amos del mundo (de su mundo). Pero solo tienen la ingenuidad de la juventud: están a punto de pagar un elevado precio por sus aspiraciones, y el espectador lo intuye con el aliento contenido, mientras suena la música que anuncia los episodios fatales de esta historia.

- La escena en la que un joven Patsy aguarda en la escalera a Peggy. Ella otorga sus favores a los chicos del barrio a cambio de jugosos pasteles de nata y Patsy ha ido a comprar el mayor de todos ellos. Pero cuando llama a su puerta ella le hace esperar largo rato, y él comienza a experimentar la tentación de la nata abundante del dulce. Abre el paquete. Toma un minúsculo pedazo. No se notará, piensa. Vuelve a plegar el papel. Aguarda. Observa el paquete. Otro poco no tendrá importancia. Lo toma. Intenta contenerse ante la visión de la guinda roja. Mira a la puerta de la casa de Peggy. Ella se retrasa considerablemente. Pero el pastel está ahí, suculento, accesible. Patsy no puede esperar más. ¿Y por qué ha de hacerlo?. Y así, se anima a devorarlo, feliz y apurado, en una entrañable escena que recoge en sí misma uno de los temas de la película: a pesar de su prematura iniciación en la violencia y el hampa, Patsy, como sus amigos, no es más que un niño.

-
Los ojos de Noodles adolescente se superponen en un magnífico giro temporal a los de Noodles sexagenario y miran a través del hueco por el que espía a su amada Deborah mientras ella ensaya sus pasos de baile.

Sergio Leone murió en 1989
, cinco años después de terminar su gran obra. Padecía del corazón ya desde los tiempos de este rodaje, que habría de ser el último. Dicen algunos miembros del equipo que se dejaba la piel en el trabajo, que aportaba una energía insólita en cada hora de rodaje (es muy ilustrativo el documental Érase una vez en América: Sergio Leone, escrito y dirigido por Howard Hill). Quizás se dejó la salud y hasta la vida en esta obra maestra. Pero es muy probable que pagase gustoso el precio de la genialidad.
Vídeo (vía | Youtube)
Saludos a todos.
Golightly

5 comentarios:

Sintagma in Blue dijo...

Ciertamente, una obra maestra.

besos

ojo de buey dijo...

Gracias, Golightly, por recordarnos esta estupenda película del tremendo Leone. Como bien dices, es una película sobre nuestra memoria personal; por eso mismo no está hilvanada cronológicamente, sino como se tejen en nuestra mente olores, momentos, lugares y gentes que pasaron por nuestras vidas y dejaron una impronta indeleble. Todos tenemos una ventana (un agujero en la pared) desde la que miramos el pasado sin que parezca ayer. Y es que existen dos realidades: la que vamos viviendo y la que se va quedando con nosotros y nunca se va. A esta última se dedica con anhelo tanto literatura como cine.

He visto en más de una ocasión esta hermosa película, y estoy convencido que es la última vez la más intensa, esa en la que uno, con el paso del tiempo vivido, va entendiendo mejor la mirada del protagonista (un De Niro soberbio, tanto amenazando como recordando).

Todos guardamos en nuestra mirada un barrio, unos amigos de infancia, unos juegos, un amor que se quedó en ver y soñar, y todos guardamos heridas, zarpazos en el alma que aún nos duelen cuando el viento nos hiela la cara...

Nos vemos en el cine...

Tanhausser dijo...

Un libro abierto, Golightly. Gracias por tu comentario y por recordarnos esta maravillosa película, que es la metáfora de la pérdida de la juventud. Todos estuvimos enamorados de la fragilidad de E. Mcgovern, que ese mismo año hizo Adiós a la inocencia, donde nuevamente las pasó canutas en ese paso de la infancia y adolescencia a la vida adulta. Ella y Natalie Wood (en el Esplendor sobre la hierba) han sido las actrices que mejor han representado ese traumático salto.
En fin, he disfrutado mucho con tu entrada.

Saludos.

Tanhausser.

Anónimo dijo...

LEONE COMPONE UNO DE LOS 3 MEJORES FILMS JAMAS FILMADOS.
JORGE URIBE ALVAREZ
ESPECIALISTA EN CINE
juribea@chile.com
SANTIAGO DE CHILE
CLASES DE CULTURA CINEMATOGRAFICA

Anónimo dijo...

CLASES DE CULTURA CINEMATOGRAFICA,IDEALES PARA ESTUDIANTES DE AUDIOVISUAL.
JORGE URIBE ALVAREZ
ESPECIALISTA EN CINE
juribea@chile.com

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