Robert Altman: in memóriam


No tenía ni idea de que existiera un director llamado Robert Altman cuando echaban por la tele una serie que parecía divertida -la verdad es que me enteraba más bien poco de los que con los años consideré diálogos lapidarios y cachondísimos- sobre unos médicos durante la guerra de Corea. No mucho tiempo después sabría -a través de la película que le siguió- que la idea era de un señor de Kansas City llamado Altman, Robert Altman, y que su título (M.A.S.H.) hacía mención a los hospitales móviles del ejército norteamericano. He visto varias veces MASH -Palma de Oro en el Festival de Cannes- y es siempre como la primera. Veo en ella la mala leche y las ganas de divertirse de un Kubrick (pero con menos finura intelectual y más ardor sureño). Su incorrección política, como se dice hoy (¡vaya estupidez y paradoja lo de unir lo político con lo incorrecto!), es una seña de la casa, como lo es también la pericia de saber poner la cámara entre tanto actor y que el conjunto parezca tener sentido y vida propia. No es de extrañar que años después dedicara una película a cada una de sus dos músicas preferidas, ambas corales: el country (Nashville, 1975) y el jazz (Kansas City, 1993). Incluso películas mediocres como Dr. T y las mujeres merecen una mirada atenta a esos instantes deliciosos en los que decenas de mujeres se cruzan en la consulta del ginecólogo, cada cual con su crisis, neura o deseo que librar a pierna suelta a un solícito Richard Gere.

Es la unión entre estos dos estilos lo que confiere a la filmografía de Altman una identidad única y exquisita. Si tan sólo fuera un retrato coral de la sociedad norteamericana, la cosa se reduciría a un costumbrismo edulcorado. Y si la sátira se centrara en personajes aislados, sin conexión con la sociedad en la que se insertan, el cine de Altman no pasaría de ser una especie de drama psicológico. Pero Altman decide rodar en plural las miserias de su América, especialmente la refinada y aristocrática sureña, y lo hace sin concesiones, a pelo, sin anestesias que valgan. Sus personajes nunca necesitan dar explicaciones acerca de su personalidad, ni buscan moralinas con las que justificar sus acciones; los personajes de Altman nunca están solos, siempre les rodea la colonia de hormiguillas que pulula a su alrededor. Y es esa referencia social la que desvela en sus historias la soledad, el egotismo y la perversidad de su cultura. Los seres de Altman se necesitan, aunque en su sociabilidad se devoren unos a los otros sin piedad.


Suicide is painless - Mike Altman (hijo del director)

Y como buen sureño temeroso de Dios, en toda película tiene que haber una coletilla bíblica a modo de plaga (sea un terremoto, como en Vidas cruzadas, o ranas en Dr. T) que exorcice las penas de sus nada arrepentidos personajes. Nadie queda libre de pecado y penitencia en manos de Altman. Lo mismo le da la clase alta tejana (Dr. T y las mujeres), el mundo de la moda (Pret-a-porter), la rigidez clasista de la aristocracia de inicios de siglo XX (Gosford Park), las miserias familiares de la clase media rural en el Mississippi de Cookie's Fortune, el nihilismo adolescente de la sociedad californiana (Vidas cruzadas), la voracidad de los tiburones de Hollywood (El juego de Hollywood), o la rigidez del código militar y sus estúpidas guerras (MASH) -él mismo vivió en sus carnes ese mundillo como piloto de bombarderos-. Todo pica el anzuelo de su eficaz caña fílmica.


Sólo por volverlo a recordar iré a ver su recién estrenada El último show, en la que -como si de una metáfora de su propia vida en celuloide se tratase- retrata la quijotesta supervivencia de un programa de radio -la serie A prairie home companion, un show de variedades para toda la familia- cuando la televisión comenzaba a hacerle sombra.

Altman es uno de los pocos directores
del cine del siglo XX de mirada libre y aguda que aún vivían. Siempre nos quedará Eastwood (¡cuánto hay de Altman en su Medianoche en el jardín del bien y del mal!).

Tráiler de El último show (vía | Youtube)
Tributo a la serie MASH (vía | Youtube)
Tributo a Robert Altman (vía | Youtube)
Nos vemos en el cine...

2 comentarios:

pequeñoIbán! dijo...

Una sentencia genial la de que los seres de altman se necesiten aunque se devoren los unos a los otrso. fAntástica.

Por cierto que gran idea recordarnos "suicide is panless"

Un saludo!

DECKARD dijo...

Temazo "Suicide is painless", una de las mejores sintonías de TV de la historia. Manic Street Preachers tienen una versión cojonuda.

Para mí es más mítica la serie "M.A.S.H." que la película, quizá porque esta la vi años más tarde y eché de menos a algunos personajes que en la serie tenían más presencia.

Un saludo! Le felicito por su blog.

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