Robin y Marian

La imaginación no es imparcial; muy por el contrario ejerce con rígida dictadura sus elecciones selectas, otorgándonos placer o desagrado sin pedir permiso o siquiera mediar el sentido común en sus bendiciones. Por eso, nuestra memoria personal en materia de cine se alimenta de un frondoso y variopinto elenco de películas que no siempre coinciden con lo que nuestra razón nos dicta como interesante, sugerente, y mucho menos como una obra maestra. Por eso, el cine viaja con nosotros, montando los fotogramas de manera intransferible para cada cual, como se montan uno tras otros los instantes que van construyendo nuestra biografía.

Cuando yo era un crío, asistía con entusiasmo y expectación a las matinés de cine que por aquel entonces se ofrecían en el barrio cada sábado. Primero, el ritual del abastecimiento; no podían faltar las palomitas y algún que otro mejunje azucarado con los que anestesiar los nervios del estreno (o aumentarlos, quién sabe). Sin embargo, para nuestro desconocimiento, casi todas aquellas películas eran clásicos de los treinta a los cincuenta. Si acaso llegaba alguna vez una de miedo o de catástrofes de las de entonces (corrían los años setentaimuchos). Y casi todos en riguroso blanco y negro, que era el color del cine que nos acostumbramos a ver.

Entre esas estupendas películas recuerdo vivamente una en especial. En ella, un sonriente y orgulloso Errol Flynn –embutido en un traje de rana a lo Peter Pan- se atrevía a enfrentarse a los malos con arrogancia e ironía, mientras de paso se llevaba de calle a la chati de su adversario, una Olivia de Havilland pavita y blandengue que supongo se me asemejaría por entonces a mi guapa mamá, pero en plan medieval. Era por supuesto la mítica Robin de los bosques, de Michael Curtiz (1938). Pero es en la escena final del duelo a muerte -escaleras arriba, escaleras abajo- donde mis uñas pudieron transformarse por momentos en un triste muñón. Todos los niños de la sala esperábamos ese duelo que sabíamos que llegaría y cuál sería su resultado. Robin de Locksey, uno; malvado usurpador de tronos, cero.

En Robin de los bosques todo es optimismo y vitalidad. Hasta los malos parecen sonreír (para maquinar sus fechorías, por supuesto), y las espadas atraviesan sólo a quien deben herir. Para un niño, aquel universo maniqueo era una narración sencilla y precisa con la que se iba a casa contento de saber que estaba –eso es evidente- siempre del lado de la justicia y de la chati protagonista, y que él lucharía (como la rana Flynn) contra todos aquellos que se atrevieran a usurpar tronos o robar princesas que no les corresponden. Hasta el mismísimo Quijote quedaría eclipsado ante el subidón de adrenalina aventurera que condensaban mis neuronas al salir de aquella oscura sala de cine.

Con los años, unos cuantos tropiezos que regala la sobrestimada experiencia, y alguna que otra película de aventuras más, Robin de los bosques quedó en mi memoria como quedan esas flores que uno guarda y olvida en los libros. Cuando volví a verla (tres, cinco, no recuerdo cuántas más), mi subidón devino en una conmiserada sonrisa de adulto, mitad tierna, mitad gilipollas. Y hasta ahora. Supongo que con la vejez recupera uno esa capacidad de volver a entusiasmarse de lo sencillo y peregrino, y soñar que sube con el ágil y agreste forajido Robin esas empinadas escaleras desde las que acabar con el malo de turno. Hasta entonces, son los malos los que vencen las más de las veces a este ingenuo espectador que os escribe.

Por esta misma razón, hace unos años descubrí una joyita que refleja fielmente el camino que recorremos cada cual con las películas que se van posando al fondo de la memoria. Se trata de la no tan conocida Robin y Marian, de Richard Lester (1976). Frente al carácter jovial y épico de la versión de Curtiz, esta segunda se ajusta más a lo que hoy se suele denominar como crepuscular, pero manteniendo un romanticismo exquisito (alejado de la arrogancia del personaje saltimbanqui interpretado por el nervioso Errol Flynn). La trama nos sitúa muchos años después de que Robin acabara con las injusticias que amenazaban Inglaterra y restituyera el trono legítimo de Ricardo, Corazón de León. Robin se encuentra sirviendo a su rey, que ya tiene poco de corazón y mucho de cacique insaciable. Los castillos ya no están impecables, la guerra no acaba nunca y todos los caballeros están cansados de servir a su señor. Por suerte (quién sabe) Ricardo muere y Robin regresa a su tierra, tras veinte años de ausencia. Todo es muy diferente. Ya no queda nada del lustro de antaño, pero sigue habiendo un malo (el Sheriff de Nothingham) que gobierna por las tierras de Locksey a pierna suelta. Marion, por su parte, se ha metido a monja, que es lo que le quedaba a una mujer por entonces si no quería desposarse (y Marion ya sabemos que sólo tenía ojitos para su Robin).

Un canoso y cansado Sean Connery observa en lo que ha quedado todo y buscará a su querida Marion (una envejecida pero espléndida Audrey Hepburn), ya instalada en la vida monacal. Pero la tragedia será de nuevo la que una a ambos personajes en una empresa común que les hará vivir de nuevo (y aún con más intensidad, pese al cansancio y la desgana) los años felices. El Sheriff de Nothingham, interpretado por Robert Shaw, quiere echar de Inglaterra al clero, y he ahí que la madura Hepburn es abadesa. Ya os podemos imaginar lo demás. Robin y Marian escapan de nuevo a Sherwood, donde reúnen a un grupillo de renegados de la política dictatorial del sheriff e intentan sin mucha resolución menoscabar su poder.

Pero como nada es igual que en tiempos de Errol Flynn y, sin embargo, la vida sigue como siempre -aspera para el honrado y próspera para el indeseable-, es de esperar que los happyends ya no tengan cabida en esta película. Eso sí, siempre les quedará Sherwood, ese bosque soñado hacia donde los amantes lanzarán su última flecha, aquella que les llevará allá de nunca se fueron.

Hay pocos finales tan amargos y sin embargo tan hermosos como éste de Robin y Marian. Si no habéis visto la película, no pinchéis sobre el enlace del vídeo y haceros de un DVD ya mismo. Merece el intento. La declaración de amor de Hepburn a Connery es de una intensidad que emociona y deja sin palabras. Y es que más allá del colorismo y luminosidad de la versión de Curtiz, Robin y Marian es un ejemplo –como ya lo fuera Sin perdón respecto al western- de deconstrucción adulta de un género (el de aventuras) que necesitaba de esta visión madura y sin más decorados que los reales, los que la vida nos impone con implacable ferocidad, y que sólo desde la belleza y el amor exorcizamos y vencemos.

Lester –conocido más bien por dos películas de los Beatles y Superman II y III- borda la mejor cinta de su carrera, sin caer en sentimentalismos ni repeticiones al uso de este manido mito del valiente forajido y la princesita desposable. Y nos regala un cine sólido y a la vez emotivo sobre la
inmortalidad de las ilusiones a través de la historia de estos dos curtidos amantes.

Vídeo de la escena final (vía | Youtube)

Vídeo, homenaje a la película (vía | Youtube)


Nos vemos en el cine…

5 comentarios:

Rosenrod dijo...

Hermosa, Ojo: no se puede utilizar otra palabra.

Un saludo!

BUDOKAN dijo...

Muy buena la nota, amo las películas de Curtiz, y por otro lado también me gustó mucho la de Lester. Muy interesante el blog.

Golightly dijo...

Efectivamente, Ojo de buey, estamos ante una deconstrucción del género. Lester ofrece un planteamiento muy cervantino con esa visión humanizadora del héroe y de sus aventuras. Tal vez por eso hay que ser adulto para entender el romanticismo y la emoción de esta película, y comprender el código de sus golpes de humor, que también los tiene. Gracias por recordárnosla.

GH2007 dijo...

Hey lindo Blog,
pasa por:
http://gh2007gh.blogspot.com
saludos desde Argentina!!!

Luis dijo...

Esa monja diciéndole a alguien "te quiero más que Dios". Que película más bonita.

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