Vuelve Barbarella


¡Vuelve la hembra!

Vuelve Barbarella, si es que se fue. Vuelve a las pantallas, entendámonos. Porque ella ya existía (antes que en el cuerpazo de la Fonda) como personaje de comic -tampoco estaba nada mal la viñetita-, nacido de la mano del dibujante francés Jean-Claude Forest allá por 1962 (en una revista –qué paradoja- para intelectuales). Y si nos apuramos maquinando paranoiadas se podría argüir que la Bardot ya fue “creada por Dios” (en 1956 para ser exactos) antes de que Barbarella-Fonda se desenfundara sus licras de colorines warholianos ante toda la babeante galaxia. Por cierto, ambas hembras de celuloide serían engendradas por el mismo realizador, el desconocido lubricador de masas Roger Vadim.


Pero mientras que la Bardot era una ninfa adelantada a su cuerpo, de mirada ingenuota y salpicada de una ternura que la hacía tan destetable como una madonna pictórica, la Fonda se nos presentaba allá por los venéreos sesentaymuchos como una templaria de pechos de acero dispuesta a derretir tantas entrepiernas como cerebros recauchutados de testosterona. Barbarella es toda ella materia en movimiento, desde esa primera escena en la que rueda y rueda, y se desnuda y se desnuda, y el espectador se olvida de que el resto es pura cacharrería pop, sin más alimento que el que nos alienta volver a verla rodar una vez más -por favor-, y desnudarse y desnudarse, como si ese cuerpo fuese una acolchada materia infinita sobre la que echarnos a soñar, y soñar… Que es gratis, por cierto.

Barbarella es sexo, mucho sexo, sin alzacuellos ni profilaxis, un sexo femenino liberado de sermones puritanos o feminismos de faldón y medias de monja. Por eso Barbarella tuvo tanto público (no sólo masculino) en el sesentayocho yanqui del amor sin guerra. Porque ella no espera al macho, ella actúa, y rodea el universo mientras él aún piensa qué estrategia debe seguir para bordear ese cuerpo del delito sin pena. Porque, claro, Barbarella es Fonda, y Fonda ni por asomo será nunca ni siquiera una Barbarella amateur. Por eso será que la Fonda reniega de este personaje que le dio más fama entre los operarios de la manivela que en el club progre del feminismo guay ochentero (más dispuesto a convertir al género en una máquina de hacer dinero bursátil, envainada en trajes de Chanel). Y es que Barbarella no piensa sólo con el cerebro; todo su cuerpo piensa, y se mueve al son que más le apetece. Barbarella es una Escalata O’Hara sin remilgos ni enaguas sureños, pero eso sí, con un negraco orgasmatrónico que le abanique la silueta. Por eso a Barbarella no le hacen falta más armas que su letal cuerpo de destrucción masiva. Como los de la Afrodita del Mazinger premanga, sus pechos perpendiculan amenazantes.

El proyecto de descongelar a Barbarella para la gran pantalla se le ha ocurrido al padre de la primera criatura, el frikífilo Dino de Laurentiis (mientras prepara al parecer otro suculento y truculento menú a su querido Hannibal Lecter). No queda claro qué cuerpo reencarnará a Barbarella, pero sí es de perogrullo esperar que el virus de la corrección política que impregna el cine actual descoloree tirando a sepia el original, convirtiendo el mito sexual en una suerte de Sharon Stone con vagina digitalizada. Será que la revolución sexual aún no ha finiquitado, o es que nunca tuvo lugar más allá del pop-art. En fin, habrá que verlo para creerlo.

Nos vemos en el cine…

1 comentarios:

Sintagma in Blue dijo...

Complicidades... ;-)

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