Las partículas elementales



El sueño del 68 produce monstruos

Las partículas elementales, con guión y dirección del alemán Oskar Roehler, orbita en torno al universo pesimista que domina su referente literario, la novela (del mismo título) del controvertido escritor Michel Houellebecq. Dicho universo, condenado irremisiblemente a estallar en pedazos (a menos que devolvamos al mundo su sentido común), es consecuencia de la aciaga herencia recibida de nuestros padres de Mayo del 68 -tesis que firmaría Sarkozy con los ojos cerrados-, que sólo nos ha dejado soledad, frustración y políticas sexuales hipócritas. El folclórico eslogan de “haz el amor y no la guerra” quedaría diluido en los reclamos publicitarios de sufrimos a diario en nuestros televisores, vendiendo deseo sin fronteras a cambio del último modelo de coche. La mujer queda cosificada y condenada a un sexo sin amor, y no podrá encontrar éste sin el prosaico arbitrio de aquél. Y el hombre, ligado al fatídico sino de su deseo sexual, no encontrará más que eso, sexo y vacío, que buscará camuflar bajo el trabajo, una buena mesa o la violencia. Ahora bien, tarde o temprano habremos de enfrentarnos a la triste pero necesaria realidad del dolor, la vejez y la soledad no deseada.

«Los hombres que envejecen solos son mucho menos dignos de compasión que las mujeres en la misma situación. Ellos beben vino malo, se quedan dormidos, les apesta el aliento; se despiertan y empiezan otra vez; y se mueren bastante deprisa. Las mujeres toman calmantes, hacen yoga, van a ver a un psicólogo; viven muchos años y sufren mucho. Tienen el cuerpo débil y estropeado; lo saben y sufren por ello. Pero siguen adelante, porque no logran renunciar a ser amadas. Son víctimas de esta ilusión hasta el final. A partir de cierta edad, una mujer siempre tiene la posibilidad de frotarse contra una polla; pero ya no tiene la menor posibilidad de ser amada. Los hombres son así, eso es todo.» [Las partículas..., p.141]

Los protagonistas: dos hermanos que en principio no saben que lo son, Michael y Bruno. Los dos a su manera subliman sus angustias existenciales (sexuales, para ser más exactos) a través del ejercicio intelectual. Uno como tímido científico genetista -obsesionado con obtener algún día un método de reproducción que no exija el contacto físico-, incapaz de expresar lo que siente por un primer amor de infancia (interpretado por una inexpresiva Franka Potente) de la que aún está enamorado. El otro, Bruno, como depresivo y reprimido profesor de literatura que sueña con follarse todo lo que se menea, sin conseguir más sexo que aquel que proporciona el onanismo o la prostitución, pero que pronto encontrará a alguien a la que amar (follar, entendámonos) sin angustias ni reclamos externos. Los dos extremos del deseo se ejemplifican en estos dos hermanos: su carencia y represión, y su excesiva e incontrolada necesidad. Pero ambos son infelices. Michael desea dar un cambio a su vida, dejando la universidad y entregándose a una entelequia; por su parte, Bruno deja a su mujer, por la que ya no siente el mínimo deseo.

Los dos hermanos fueron abandonados por su madre hippie, que vio en sus hijos un impedimento para expresar sin obstáculos su insaciable libertad y sus deseos. El propio escritor, Houellebecq, sería abandonado por sus padres y criado por su abuela comunista, de la que admiraría su sencillez de vida y su felicidad sin más necesidades que ver pasar la vida y saborearla (las partículas elementales, que diría el autor). En una escena de la película, el personaje que interpreta Franka Potente observa con su pusilánime enamorado a sus laboriosos padres, entretenidos juntos en sus labores domésticas de su preciosa casa de campo. Ella destaca a él la felicidad de sus padres, basada en el conservador binomio de “él trabajando, ella en la cocina”. Esta observación contrasta con las convulsas angustias del hombre contemporáneo, heredero del idealismo sexual del 68, incapaz de ser feliz y obsesionado con entregarse a molinos de viento que lo alejan de lo elemental.

En otra escena una deliciosa Martina Gedeck reflexiona sonriendo a su recién estrenado partenaire sobre las miserias de una generación de mujeres liberadas y revolucionarias del feminismo sesentero, que con el tiempo acabaron reproduciendo aquello que criticaron con ferocidad. Houellebecq, y con él el director Oskar Roehler, ahondan en esta paradójica fractura de los ideales sexuales de aquellos años, culpándoles –como lo hace hoy un triunfante Sarkozy- de los males actuales de nuestros contemporáneos. Los hijos de Mayo del 68 disfrazaron de bonitas palabras lo que de seguro es más elemental: sólo el trabajo, la familia y el respeto pueden hacer felices y libres a los seres humanos. Lo demás son patochadas progres que quedan muy bien sobre el papel, pero que en la realidad se demuestran incapaces de solucionar los problemas existenciales de los hombres y las mujeres de hoy.

La escena final, con los cuatro personajes tumbados en la playa, sonriendo felices pese a la elemental candidez de su alegría, lo dice todo. El sexo no da la felicidad, y ni siquiera es probable que ésta exista. Igual que la ingenua y ñoña Soñadores, de Bertolucci, intentaba destapar la superficialidad, el esnobismo y el elitismo de los niños de papá de Mayo del 68, Las partículas elementales –más adulta y cañera que aquélla- disecciona sin anestesiar ni cauterizar la mentira sobre la que se asienta toda esa generación y los monstruos que ha generado. Si esta reflexión la leemos desde un plano político, supone la necesidad de una revisión de los ideales en los que se basa una envejecida (eso es lo que ve Houellebecq) izquierda, depositaria hasta ahora de valores sobre las que se asientan costumbres e instituciones. Pero es el espectador el que ha de elegir si leer esta película como una reflexión psicológica acerca de las paradojas del deseo, o como una crítica sociopolítica a la generación de Mayo del 68. O no leer nada y dejarse llevar.


Lo mejor: de seguro, Moritz Bleibtreu, ganador del Oso de Plata en el pasado Festival de Berlín. Da credibilidad a un personaje complejo, lleno de matices y sentimientos contrarios que refleja en una misma escena sin perder verosimilitud ni profundidad. Quizá lo recordéis por su papel protagonista en la inquietante El experimento, o de secundario en Munich.

Pero la imagen que aún no me puedo quitar de la cabeza es la de esa diosa llamada Martina Gedeck, que ha madurado para deleite de nuestros ojos y neuronas. La hemos podido disfrutar en las recientes La vida de los otros o El buen pastor, o en títulos más lejanos como Deliciosa Martha o El hombre deseado (también empeñada en desmitologizar en clave de humor los clichés sociales del deseo sexual masculino).

La escena: Bruno tirando a la basura su pájaro. Bruno preguntando en la calle a un hombre qué le ha pasado a su pareja. Los primeros planos con el rostro de Martina Gedeck.

Web oficial

Escena

Texto de Houellebecq

Las metáforas de Houellebecq

Houellebecq: una reivindicación del orden

Nos vemos en el cine...

4 comentarios:

BUDOKAN dijo...

La verdad que tu post me ha convencido verla. A priori no le tenía tanta confianza, pero vamos a ver que resulta de sto. Saludos!

Funksturm dijo...

Yo no recomendaría la película a ningún lector de Houellebecq (ver 1 y 2). A pesar de que se deja ver, no es para nada la mejor adaptación posible del libro. Me he quedado un poco a cuadros con lo de "sólo el trabajo, la familia y el respeto pueden hacer felices y libres a los seres humanos.", no es para nada lo que me transmite ninguno de los libros del autor francés. ¿Has visto Happiness de Todd Solondz?

OjO de buey dijo...

Bienvenido a OjO de buey, Funksturm. Agradezco tu comentario. En estos momentos estoy leyendo el libro de Houellebecq y espero comentar la diferencia con mayor criterio.

En lo que se refiere a la película, no queda claro su director la posición del escritor. Prefiere sugerir, incluso contradecirse para dejar que el espectador decida qué lectura dar a su obra. A mí me pareció traslucir no una defensa de la familia tradicional, pero sí de valores más sencillos que hagan al ser humano ser felices, sin las complicaciones de ilusiones abstractas. Sí se trasluce por varias escenas una crítica a las consecuencias del ideario intelectual de Mayo del 68 y sus aspiraciones de libertad y sexo libre.

Supongo que sería simplista tildar al director de conservador (entiéndaseme el término no de forma despectiva en absoluto), pero la propuesta final conduce a ello.

Quedamos en leerme el libro y seguimos en ello.

Un saludo.

Tanhausser dijo...

Poco he de añadir al completo comentario de Ojo de Buey, a no ser entrar en este sutil debate sobre qué valores son lños que se defienden en la película, más o menos conservadores. Dejando a un lado el libro (la peli es la peli) que no he leído, estoy más con Ojo de Buey que con Funksturm en el fondo. Quiero decir que lo que pretende el guionista (ojo, no el autor de la novela) no es un regreso a valores conservadores, sino un regreso a valores elementales, como bien se autocorrige Ojo de Buey. Y lo que está claro es que hay una crítica en toda regla al discurso vacío del 68, al que se le tilda de irresponsable, por más que uno de los hermanos acabe comprendiendo parcialmente a su madre arguyendo que no quería verse mayor. Pues joder, si quieres ser un hippie toda la vida no tengas hijos, no asumas responsabilidades, y los hijos lo son. El hermano comprende, pero el daño está hecho.

Aparte de esto, me parece una película magnífica, dura, bien rodada, con los actores a una gran altura y con mucho, mucho que reflexionar. De cualquier modo, toda la película se monta sobre la distorsión, sobre la hipérbole, un poco a la menera expresionista, de la que los alemanes saben tanto. Pero esa distorsión, lejos de empobrecer, ennoblece y eleva la película pues sabemos que muchas de esa estética distorsionada a veces no lo es, es pura realidad y esta es más dura que la ficción aun presentando ésta una estética delioberadamente hiperbólica.

La chica, Martina Gedeck, es una actriz impresionante, sublime.

Las escenas: la vida en la comunidad hippie donde va uno de los hermanos a ligar. Tremendo.

En fin, peliculón 10 y enhorabuena a los alemanes, que van por el buen camino, especialmente en los guiones.

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