El ultimátum de Bourne

La memoria de los héroes

El cine posmoderno nos tenía acostumbrados a claudicar ante la posibilidad de siquiera sugerir la idea absurda de que todo héroe tenga, como el resto de mortales, una vida pasada y –mucho menos- que esa vida influya de manera decisiva en sus acciones futuras (salvar el mundo de malos muy malos, conocer mujeres y hombres deslumbrantes, viajar a lugares exóticos con todos los gastos pagados, y un puñado más de beneficios que tiene eso de ser héroe posmoderno).

El caso de la saga Bond lo ejemplifica con justicia. Poco importa la vida pasada de James (nombre cliché del tipo elegante, culto y con recursos que vuelve loca a toda mujer que se le cruce). Lo que interesa al espectador es ver cómo Bond, James Bond, despliega una y otra vez sus estereotipos con eficacia, y sin despeinarse, mancharse el traje o envejecer. Porque –esa es la perogrullada- el héroe posmoderno nunca muere ni se ve sometido a las leyes naturales que desgraciadamente aguantamos los mortales de a pie. Si no fuera así perdería su fascinación.

Aquellos griegos que escuchaban de sus ancianos las gestas homéricas de Ulises, Héctor, Aquiles y toda la familia de héroes griegos de seguro se sintieron también fascinados por la fortaleza, perseverancia y perfección de esos semidioses. Si alguno de nosotros hubiera siquiera intentado emular una de sus más pequeñas gestas, no habría salido bien parado de ellas al primer respingo. El héroe posmoderno es héroe porque concentra todas aquellas cualidades que los mortales desearíamos poseer. Pero el héroe griego no era héroe sólo por ser diferente (o mejor) que los mortales; su heroicidad sólo quedaba demostrada e inmortalizada si asumía su destino, un destino que en la mayoría de los casos acababa en muerte. Incluso el héroe cristiano por excelencia acaba siguiendo el modelo griego de héroe y es crucificado. La vida del héroe clásico no es por tanto un camino de rosas. Primero debe reflexionar sobre sí mismo, encontrando en su interior el conocimiento necesario acerca de su naturaleza, y actuar en consecuencia. Los héroes griegos son unos machotes, pero también son honestos e inteligentes. Y sin este atributo no pasarían de ser un mero Rambo.

El cine actual comienza a decantarse por modelos de héroe más clásicos, en los que se da un proceso de búsqueda interior para llegar a ser lo que después demostrarán que nunca han dejado de ser. El héroe se forja, no surge en nuestras pantallas de la nada, como el cine posmoderno sugiere. Véase si no casos como el Batman de Nolan, el Bond de Campbell o este Bourne que cierra la trilogía del héroe desmemoriado recobrando poco a poco su pasado (es decir, su identidad, su humanidad). Incluso el Spiderman de Raini –un héroe naif, de anuncio publicitario- indaga en su memoria para recomponer su rol de héroe.

Bourne, a diferencia de Bond, es un héroe menos centrado en hacer su labor de agente secreto con licencia para matar, y más inclinado a saber cómo y porqué llegó a ser quien es. Bourne necesita conocerse. Pero Bond es y siempre será Bond. Y a nadie parecía importarle de dónde viene ese gentleman hasta que a Campbell se le ocurrió escarbar en su pasado, ofreciéndonos un trabajo deconstructivo sobre el viejo héroe posmoderno que comienza a necesitar un lavado de imagen.

Bourne, al igual que el Batman de Nolan, construye su heroicidad sobre la base de la aceptación de su tragedia o sus miedos. Ambos son héroes que poseen una sombra que les atormenta y que a su vez les hace reaccionar y hacer lo que hacen, más allá del resto de mortales, entregados a un eterno presente sin remisión. Ahora bien, Bourne cierra con esta tercera entrega su posibilidad de existir como héroe, ya que después de conocerse y renegar de su condición de asesino, ya no necesita realizar más viajes en busca de su identidad. El héroe clásico siempre debe morir.

No sin intenciones narrativas uno de los carteles promocionales sitúa a Bourne de espaldas, ofreciendo al espectador una evidente metáfora de la memoria del héroe.

Fuera de esta fugaz reflexión sobre la naturaleza del héroe, cabe decir que El ultimátum de Bourne es una eficaz película de persecuciones más que bien orquestadas para disfrute de todo amante del género. Son esas persecuciones las que hacen más tragables las escenas en las que un nada emotivo (como siempre) Damon busca respuestas a una pregunta que los espectadores ya tienen resuelta o ignorarían con mucho agrado. Y es que la tercera entrega de las correrías de este asesino a mayor gloria del Estado que no quiere ser más que él mismo sólo daba para esto: una película de buena acción, con una puesta en escena que nos mantiene pegados a la butaca. ¿Qué más se puede pedir?


Lo mejor:

La persecución por los tejados de Tánger.

Esa dama llamada Joan Allen.

La pregunta:

¿Por qué los dos asesinos que persiguen a Bourne son árabes?

¿Por qué no se deja ver un poquito más la ciudad de Madrid?

¿Por qué Damon sólo interpreta decentemente cuando hace de niño que parece bueno pero no?


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