American Gangster


¿Pueden los negros jugar a ser gangsters?

El género de gangsters
(si es que se le puede calificar así) ha heredado en buena parte la querencia del western por la nostalgia de universos que ya no tienen cabida en el mundo moderno, pero que atraen nuestra atención, ya sea por la libertad y desparpajo con la que sus héroes campan a sus anchas fuera de la ley, o por la turbia coherencia de sus códigos de honor, a veces más sensatos y morales que los que regenta con magnificencia el llamado mundo civilizado (El Padrino es el emblema de esta tendencia del género).

Es por ell
o que American gangster comienza con una escena en la que un cansado y escéptico "Bumpy" Johnson, confiesa a su chófer y sucesor Frank Lucas (Denzel Washington) sentirse extrañado por el nuevo mundo que va a dejar, sin moral ni relaciones personales, dominado por grandes corporaciones internacionales. Los viejos tiempos se han ido.


"Bumpy" Johnson realmente existió (como casi todos los que pueblan la trama de la película), y en él se inspiraría el padrino negro en las películas Shaft en los setenta. Johnson encarna al gangster con principios, y a una especie de Robin Hood para los pobres de Harlem. Pero además de esto, "Bumpy" Johnson se convertiría en un icono para la comunidad negra al atreverse a competir con las mafias blancas de origen italiano. De hecho el personaje protagonista, Frank Lucas, pese a que no posea el talante de su predecesor y se mueva más por el simple lema de comes o te comen, sí sirve durante toda la cinta como emblema del black power. En alguna que otra escena de deja caer esta tesis, y no es difícil ver cómo la película se decanta por presentar, aunque ligeramente, el enfrentamiento racial dentro del mundo gangsteril de los setenta.

Pero no piense el espectador que American gangster ofrece un cine a lo Spike Lee. No. Scott, como viene siendo señal de fábrica más o menos desigual, prima el espectáculo visual a la profundidad narrativa (ya, ya sé lo de Blade Runner); si acaso se permite aderezarlo de un trasfondo superficial de conflicto social, épica con sabor a Serpico (en lo que respecta al personaje del policía Richie Roberts) y un cierto tufillo al típico panegírico americano del hombre hecho a sí mismo. Y si me apuran, transita paralelo a la reciente Zodiac, al jugar a la dialéctica entre el policía (de vida personal desordenada pero moral profesional intachable) y el gangster (de vida personal pacífica pero moral dudosa). Además, American Gangster no añade al género grandes reformas más allá de un toque de pintura marcado por un ritmo inteligente, que no decae pese a su metraje, y una factura técnica excelente. No son pocas virtudes para un producto que no decepciona a quien busque pasar un rato. Pero que ningún navegante se deje llevar por los cantos de sirena del merchandising promocional, que proclama American gangster como una nueva obra maestra del género, a la altura de El Padrino.

American gangster contiene importantes lagunas de guión, pese a que 157 minutos dan para mucho. No queda perfilado con solidez el personaje protagonista más allá de la pueril doctrina del sálvese quien puede, desinflándose las posibilidades de dotar al conjunto de un lirismo o una épica que sí poseen otras grandes obras del género. El personaje principal, protagonizado por un nada creíble Denzel Washington (fuerza que sí se aprecia en cintas como Día de entrenamiento), contrasta con el perfil más definido de un Russell Crowe en un papel bien matizado y con aristas. Destaca algún golpe de guión, como el de la escena en el bar con los hermanos, para sorprender a un espectador entregado a lo que espera sea al final un hervor narrativo más jugoso, no a lo Scarface de Brian de Palma, pero por lo menos...

A American gangster se le nota muy bien sus dudas sobre qué ser de mayor. Comienza bien, delineando la biografía de un personaje interesante, pero el guión pronto se diluye en líneas difusas que emulan otras obras similares, pero que avocan a ésta a la mediocridad. Y digo mediocridad porque se ve la intención de Scott por ofrecer una historia sobresaliente, clásica que se dice ahora.

La escena final indica la búsqueda del realizador (como también lo intentara sin éxito Scorsese con su Gangs of New York) de un discurso sobre la naturaleza de la violencia en su país, especialmente aquella originada por la pobreza a la que se sumió a los afroamericanos, desplazándolos al territorio sombrío de la delincuencia y la marginación, pero que al final es acallada por la América blanca, esa que mandaba a sus muchachos a morir en Vietnam. A esto se le suma, la corrupción generalizada que zanganea alrededor de todo orden mafioso (especialmente el negocio de las drogas), ejemplificada aquí en el cuerpo de policía.


American gangster no emociona. Puede asombrar a ratos, degustarse de manera fragmentada en escenas más o menos bien resueltas y vistosas, pero no ofrecer ni la intensidad dramática ni la coherencia interna de la que sí están tocadas otras obras del género. El que escribe sospecha que Scott se preocupa demasiado por gustar, y esa es una tarea que funciona con productos de épica light pero eficaz como Gladiator, pero no aquí. Con American gangster Scott quiere jugar a ser Coppola, combinado con la maestría visual de un Brian de Palma, pero le sale un híbrido a lo sumo resultón.

Cabe destacar la obsesión del personaje por aparentar ser un blanco que pase desapercibido entre tantos, y cómo le recrimina a su hermano su vestimenta racial. Estas escenas nos perfilan sobradamente la reflexión más interesante (y reaccionaria, según se mire) de la película. Si quieres ser un gangster racial, a lo más que llegarás es a barrer las calles con tu sucio cadáver o acabar entre rejas. Si te travistes de blanco rico, entonces puedes entrar en la partida (si los blancos te dejan, claro). En la escena en la que el mafioso italiano Dominic Cattano (Armand Assante) se entrevista con el protagonista, aquél sentencia que los negros siempre necesitarán demostrar su poder al mundo, pavonearlo, como si con ello demostraran al mundo su dignidad tantos siglos denigrada. Por el contrario, los blancos poseen ese poder sin exhibirlo. Por eso, una mafia negra es una entelequia, un sentimiento de inferioridad, una rabia ancestral por su estigmatización los hace previsibles y débiles. Por eso el protagonista recurre al anonimato del travestismo social. Pero esto no hace sino subrayar aún más lo interesante e irónico del final de la película, al proponer una salida moral (y en el fondo de una corrección política camuflada) al dilema afroamericano.

Juzgad vosotros mismos.


Lo mejor:

La escena del bar.
La escena de los ataúdes.
Más abajo os dejo dos vídeos (en inglés) de un documental en el que Scorsese describe sus filias y sus fobias del cine de gangsters. Es un recomendable recorrido por las grandes películas del género.





2 comentarios:

BUDOKAN dijo...

Hola, creo que tienes razón cuando mencionas que Scott se preocupa por gustar en exceso. Si bien la película me gustó me parece que se apoya mucho en el Padrino y le cuesta despegarse de ese punto de partida desde lo esquemático. Saludos!

Anónimo dijo...

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