Leones por corderos


Una declaración de principios

Leones por corderos parece a priori una obra teatral, no sólo porque sus personajes-arquetipo (la Prensa, la Política y la Ciudadanía) se definen por la postura discursiva que representan en el universo político de su realizador, sino también porque parece construirse sobre tres escenarios fijos (Universidad, Casa Blanca y Afganistán) desde los que esos personajes recrearán su diálogo. Redford es consciente en todo momento de ofrecer una o
bra personal, intencionada, discursiva y sin más acción que aquella que sea necesaria para explicar o ilustrar los argumentos políticos que los personajes van desmadejando a lo largo de la cinta.

De sus personajes no interesa su vida privada, aunque sean seres de carne y hueso. No se describen emociones de interés íntimo o que ilustren los mecanismos de determinadas relaciones interpersonales. No. En Leones por corderos los personajes se definen por su posicionamiento público o político, y se les reconoce una capacidad de decisión que necesariamente conlleva una actitud ética ante la vida social (norteamericana), en este caso plasmada en la cuando menos dudosa política internacional del presidente Bush. El universitario, el senador y la periodista (y en parte los jóvenes militares que sirven de nexo y reclamo emocional de la narración) son arquetipos políticos que obligan al espectador a reflexionar y, si así lo desean, tomar partido (o no) de las premisas que sostienen esos personajes.


Leones y corderos es una película comprometida, en el sentido de instar moralmente a los tres estamentos políticos más importantes de toda democracia actual (política, prensa y sociedad civil) a tomar partido y hacer acto de constricción acerca de su pasividad o por el contrario su acción injusta ante hechos que insultan el sentido más básico de derecho humano. Todos somos culpables (responsables, sería más correcto aunque menos efectista) de omitir o actuar sin medir consecuencia de nuestra postura.

Es culpable un gobierno que se instala en la mentira, maquillada por un cuarto poder más preocupado por la cuota de pantalla que por decir la verdad y servir con ello de mediadores honestos entre la ciudadanía y el poder político.

Y es culpable el ciudadano cuando prefiere ser adormecido por la tele que pa
rarse a pensar qué está sucediendo con su país y qué tiene eso que ver con él. Redford es un demócrata convencido. Y cuando digo demócrata no me refiero al modelo formal de democracia (instituciones, elecciones, etc.), sino al papel activo de la sociedad civil en la construcción de la vida social, que no deja que los políticos tomen decisiones sin ser antes escuchados.


Leones por corderos es por ello una película idealista, que no utópica. Idealista porque imagina la hipótesis posible de que un día le diera a los periodistas y a los ciudadanos por pensarse dos veces las cosas y ejercer su derecho de pensar y expresarse libremente, y decir no a ser cómplices de un poder que a base de sofismas sonrientes quiere convencernos de que vencer es lo mismo que tener la razón (estar del lado de los buenos).

Podemos achacarle a Redford su ingenuidad sesentera, propia por lo pronto de toda fábula que busque reflotar la moralidad del espectador, pero esto no quita su honestidad como artista y sus más que buenas intenciones al ofrecernos un producto tan (aunque parezca mentira en los tiempos que corren) arriesgado. De hecho, Redford ha tenido que contar con la independencia de la United Artists que dirige Cruise para que su proyecto saliera a la luz. Sin esa suerte, todo hubieran sido problemas.

Aún así Redford no puede, si quiere que su cine político cale en el espectador, menos que permitirse licencias narrativas y inercias dramáticas que se ven a todas luces un tanto tramposillas. Es el caso de los dos soldados muriendo con las botas puestas, o la periodista antes progre iluminada ahora por un arrebato de integridad. Son cosas que pasan con las fábulas moralizantes.


Sin embargo, esta declaración de principios hace de Leones por corderos una película necesaria, pero no al uso de lo que se podría esperar en una sala de cine. El espectador medio está más acostumbrado a pensar que cuando va al cine se le ofrezca una historia, no un discurso. Leones por corderos puede decepcionar al espectador que vaya creyendo obtener una sugestiva trama política al estilo de Todos los hombres del presidente. No es así. No por ello dejaría de ser una experiencia sugerente y reflexiva acercarse al videoclub y visionarla cuando salga en DVD.

Atrévanse, no pierden mucho por pensarse las cosas dos veces.

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