Los crímenes de Oxford


¿Podemos tener alguna certeza? Así comienza la última de un desconocido Alex de la Iglesia. Sí, podemos tener la certeza de que lo puedes hacer mejor, Alex, mucho mejor. Y por lo que parece, si recuperaras un poco siquiera de la mala leche (negra, que no blanca) que destilaban tus anteriores realizaciones (exceptuando la insufrible 800 balas y su hija indecente, Muertos de risa). No te sienta bien hacerte el frío a lo Eastwood o el intelectual a lo Allen, o por lo menos eso es lo que demuestra este experimento (¡espero!), una aburrida simulación de mecano filosófico con tintes de Cluedo, aderezado con la salvífica presencia de Leonor, que si no llega a subirnos la temperatura con su delantal, hubiéramos muerto de congelación súbita.

Por favor, Alex, ¡qué guión más malo! A uno acaba por importarle un carajo si aparece un muerto más y de qué forma se producirá tan desafortunado incidente. Y es que en Los crímenes de Oxford se obliga al espectador a sortear el engranaje narrativo con la débil iluminación de una lógica caótica y forzada que acaba por revelarse como lo que es, puro humo. No es que Los crímenes de Oxford quiera hacer tesis del azar metafísico -que también-, si
no que ella misma deviene en esa indeterminación a través del ejercicio constante de fidelidad a esa inconsistencia.


Una pena, porque los actores -exceptuando un Elijah Wood que aún no puede despejarse su careto de hobbit- hacen su trabajo con soltura (Julie Cox sobresale en un papel que Hitchcock aplaudiría), y la cámara encuadra con acierto. Pero esa sugerente banda sonora de Roque Baños (heredera del mejor Hermann) no merece tales despropósitos de guión, no. Quizá la fidelidad al texto de Guillermo Martínez (Premio Planeta 2003 en Argentina con esta novela) sea el motivo esencial de tal descalabro. Lo que en papel de seguro será un inteligente ejercicio del mejor policíaco bañado en las falsedades seductoras de laberínticas falacias lógicas, al pasarlo a celuloide el resultado se difumina en un fangal de pretenciosos diálogos que más que fijarnos a la butaca, nos escuecen sin emocionar.

Alex resbala cuando se deja llevar por los excesos que pueblan su imaginario cinéfilo, tanto si lo hace transitando el submundo freak, como si decide -es este el caso- emular el negro puzzle típico del cinema angrosajón de los setenta (La huella). Por eso La comunidad sigue siendo su mejor creación, porque sin traicionar su carácter, nos ofrecía una contención que denotaba madurez sin perder su estilo intransferible.

Supongo que todo es tener paciencia y esperar su próxima.

Siempre nos quedará la Watling...





1 comentarios:

Sergio (Corten!!!) dijo...

¿Porque todo el mundo destaca la escena del delantal saliendo la Watling desnuda? La verdad que yo la prefiero en cueros, esta para comersela.

Respecto a la cinta, regular, tecnicamente no es una mala pelicula, pero es que el guion es una obra del mismo Lucifer

Un saludo!!!!

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