Cloverfield


Cloverfield (su título en español es tan monstruoso que mejor obviarlo) nace más de las riendas de un eficaz y e inteligente marketing de producción -a manos de ese geniecillo del mundo televisivo (suyos son las series Perdidos o Alias) llamado J. J. Abrams- que de la idea artística de su casi inexperto director, Matt Reeves, realizador de ese otro éxito televisivo de Abrams de nombre Felicity.

Y es que a Cloverfield se le notan las cartas, que muestra al espectad
or sin pudor pero no sin moverse con pasos minuciosamente orquestados. Poco se sabía de esta producción, y lo que se filtraba se hacía con voluntad de soliviantar la curiosidad y la pasión de miles de almas frikis que pueblan el universo de nuestra Red en busca de carne fresca con la que alimentar su cinefilia antes incluso aún de que el pavo haya sido sacrificado.

Cloverfield es un producto prefabricado para ganar, aunque no sin ciertos riesgos que provienen en su gran mayoría de una estética aún virgen en el gran formato (aunque haga las del
icias de los youtubeadictos), que con facilidad despista incluso al público palomitero que se entrega sin mediar más palabras al amor nada profiláctico del cine-espectáculo. Para ello se vale de dos premisas atractivas procedentes de medios ajenos indirectamente al séptimo arte. Uno, la necesidad catártica del pueblo norteamericano de anestesiar o purgar los fantasmas del 11-S, y dos, aprovechar el tirón que brinda la moda de nuevos formatos audiovisuales paridos sin cesárea del mundo digital.

Respecto al primer punto, Abrams juega con el espectador, marcándose un guión austero, más propio de telenovela que de una superproducción (sin aspe
cto de serlo), centrado en la necesidad del joven protagonista de atravesar las barreras que sean precisas con tal de decirle a su amada i love you. Por supuesto este rescate romántico en plan folletín medieval con dragón un tanto orientalizado por medio, aunque sin mucha espada que medie conflictos (para eso ya están los marines), se adereza con el boato hollywoodiense de unos efectos especiales que pretenden tapar el esquematismo de la propuesta. Pero no nos engañemos, el resultado convence, divierte, incluso en alguna que otra escena hasta inquieta. Eso sí, siempre y cuando soportemos el parkinson de la cámara hiperactiva que sigue la odisea sin Ítacas de sus protagonistas. A su favor se alía un justo minutaje (sesenta y cinco más o menos) que hace perdonables estos excesos.


La iconicidad metafórica de la cabeza de la Estatua de la Libertad sobre el asfalto de las calles de Manhattan; esos cuerpos barnizados de polvo, caminando como zombies, desorientados en una penumbra blanquecina; los rascacielos incendiados en la noche; la paranoia colectiva de cientos de ciudadanos huyendo de una amenaza cuya identidad desconocen... Cloverfield recuerda demasiado al sentir de una población que aún intenta colocar las piezas del puzzle emocional caótico de aquel día aciago. Sólo que Cloverfield no les ofrecerá más medicina que una hora de catarsis audiovisual, recorriendo con el protagonista el horror y el sinsentido de una amenaza fantasma que aún sigue ahí, entronizada en la psique neoyorquina.

Ese final terapéutico, sin voluntad redentora, juega a favor de Cloverfield, resituándola dentro de las virtudes del género, más allá de las habituales veleidades ideologizantes a las que nos tiene acostumbrados. (Incluso I am legend cae sin remisión en esta debilidad made in Hollywood).


Por otro lado nos encontramos con el asunto estético de la cámara subjetiva y enloquecida, tan elogiado como satanizado por la crítica. ¿Oportunismo? Por supuesto, y que se mueran (de envidia, se entiende) los puritanos que exorcizan (como los obispos el sexo sin amor) el cine entregado al placer de lo banal. ¿Oportunismo acertado? Pues si miramos la taquilla, sin duda muy acertado. Si por el contrario nos circunscribimos al plano estético y su adecuación con la puesta en escena y el guión, las opiniones podrán variar según los gustos. A unos (y no sólo serán los más talluditos) les mareará tanto corretear, y quizá esperarán que el monstruo salga más entre plano y plano de gente gritando y fuegos artificiales. Otros interpretarán esto mismo como una virtud que ennoblece al conjunto, ya sea porque augura un cine si no nuevo (ya hay ejemplos pretéritos), por lo menos premonitorio de la absorción de este arte por otras industrias audiovisuales hasta ahora deudoras suyas, ya sea para elevar a los altares del santuario friki un producto que se resiste a ser taxonomizado.

Incluso los hay que en un esfuerzo hermenéutico (todo hay que decirlo, muy convencional) deconstruirán Cloverfield
como un síntoma evidente del carácter virtual de la concepción del mundo en la cultura occidental. Todo es visto a través de los ojos de una lente que sustituye sin pudor a la realidad física emergente en los actos cotidianos. Esa lente se mueve, respira, simulando realidad; por eso necesita del movimiento, de esos encuadres y diálogos cortados. El mismo hecho del atentado del 11-S se dibuja bajo la mirada perpleja de un espectador que mira la tele sin creer que más allá de la pantalla nada puede ser real. Pero lo es...


En fin, con tal de que se hable de un producto, ¡qué más da que se le tiren rosas que tomates! La esencia de lo cool no es la belleza, sino la publicidad. Enhorabuena, Abrams, y que te diviertas mientras dure.

4 comentarios:

ISSAELK dijo...

Sin duda hace unas cuantas horas que la vi, y ya tengo las ganas de verla de nuevo, es una de las mejores peliculas de suspenso que he visto.

La mayoria salio del cine raro, casi vomitando "como mi hermana" porque no soportó el movimiento de la cam, ademas de las "asquerocidades" que se muestran..

Ire el miercoles de nuevo a verla, vale la pena.

BUDOKAN dijo...

Cuando tre refieres a que el guión es muy televisivo me hace pensar a que Abrahms hace cine en tv y tv en cine. Saludos!

emilio dijo...

No he visto la película. Caerá pronto. TRas tu comentario acelero mis deseos de verla. Formidable reseña, formidable.

M. Jordan dijo...

Me parece que en tu crítica tocas temas muy interesantes sobre la película, más allá de hacer un análisis "al uso" del resultado. Sin duda alguna el formato "cámara en mano" y el tema del ataque del monstruo nos lleva a recordar la manera en la que vimos los atentados del 11-S, algo que acerca la película a una nueva era audiovisual pero que en su parte más cinematográfica la deja en un aprobado justo. Me da la sensación de que es un film muy rompedor (dentro del cine comercial, está claro) en ciertos aspectos pero que tira de una trama y unos lugares comunes que no le corresponden.

Un placer leerte,

Mónica

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