Antes que el diablo sepa que has muerto


¡Que el camino al infierno se llene de hierba por falta de uso! ¡Salud y larga vida para ti! ¡Que consigas la mujer (o el marido) de tu agrado! ¡Que tengas un hijo cada año! ¡Que no pagues alquiler por tu tierra! ¡Y que llegues al cielo media hora antes de que el diablo sepa que has muerto! ¡Slainte! (¡A tu salud!) ¡Que te sea permitido morir en el lecho a los 95 años, a manos de un cónyuge celoso! ¡A la salud de los enemigos de tus enemigos!

Así reza el brindis tradicional irlandés que inspira el título de la última película del maestro Lumet. ¡Ojalá, Sidney, nos dejes unas más antes que el diablo sepa que has muerto! Doce hombres sin piedad (1957), Serpico (1973), Tarde de perros (1975), Network (1976), Veredicto final (), tejida por la contundente pluma de Mamet... Incluso en Declaradme culpable consigues que olvidemos el pasado de Vil Diesel y nos creamos la historia.

Esta vez repites con Albert Finney, al que ya reclutaste para Asesinato en el Orient Express (1974). Y le das una difícil papeleta, la de interpretar a un padre que ve cómo en lo que dura la película su familia se desmorona sin remisión, como purgando así penas que toda familia deja tras su devenir cotidiano en forma de reproches, omisiones, envidia, y todo ese arsenal de inconsistentes reliquias que pueblan el armario emocional de cada casa. Dos hijos sin desperdicio dramático jalonan la herencia paterna. Uno (Hawke), vomita en alcohol su fracaso matrimonial, y como placebo contra la envidia se tira a la mujer de su hermano (Hoffman), otra alma en pena, que sin pestañear empuja a su hermano hacia una dudosa empresa delictiva mientras huye una vez por semana en busca del sueño dorado que le proporciona un chute. Ambos están tiesos de dinero, una ausencia que sirve de metáfora perfecta para describir paralelamente su desolador universo emocional. No hace falta ser psicólogo de título para sospechar que todo lo que se propongan les saldrá mal, o si cabe, aunque salga bien, con ello nunca podrán encontrar consuelo a su vacío. Por eso rezan el adagio irlandés, por eso arañan una gota de suerte que les redima de tan aciaga existencia. Por lo menos, que nos quiten lo bailao.


Brillante interpretación la de Hoffman y Hawke. Éste delinea con naturalidad el perfil del hermano pusilánime, inseguro, a las espaldas de su hermano, el aparentemente triunfador, el ganador, y su perdición a fin de cuentas. Por otro lado, Hoffman nos regala una vez más su versatilidad para dotar a sus personajes de una fuerza que arrastra cada película que toca. Esta vez no le será necesario recurrir a los histrionismos de sus anteriores propuestas. Dos miradas son suficientes. Su personaje es manipulador y sin escrúpulos, mezquino, y en el fondo tan cobarde como su hermano. No en vano, ambos recurren al atajo de la droga para enfrentarse a lo que les viene encima.

No es el frío azar el que rompe las intenciones de redención de estos dos hermanos, sino que opera como símbolo y expresión de su desmoronamiento emocional. Los acontecimientos tan sólo ponen al descubierto el desorden que ya pernoctaba latente, esperando encontrar salida. Todo, como puede adivinar el lector, huele a una tragedia al estilo clásico. Lo que somos nos acaba persiguiendo, como la muerte del adagio, y mientras, si la dicha es buena y la voluntad fogosa, habremos arañado a la parca un minuto de su gloria. En la primera escena, una radiante Marisa Tomei confiesa a su marido que cuando está con él en la cama, abrigada por su calor y su mirada, no se siente fracasada. Él (Hofman) la mira contrariado. No comprende lo que le dice. El siguiente fotograma revela el adagio: "Más vale que estés en el cielo media hora antes de que el diablo se percate que estás muerto". Igualmente, quince minutos de película después Tomei le recomienda a su atribulado amante (Hawke) que no se atormente y disfrute del momento, pese a la inmisericorde realidad de una sociedad basada en el vil metal (en una escena su hija llega a llamarle fracasado por no atender a sus demandas crematísticas).


Pero ninguno de los dos oirá a esta improvisada Casandra (Tomei). Ninguno de los dos hermanos oirá las voces de sus mayores, como declama el hijo de uno de ellos en una obra teatral del colegio: "Son malos tiempos. Tenemos que obedecer, decimos lo que sentimos, pero no lo que debemos decir. Los mayores hablarán por los hijos, así no sufrirán y vivirán largas vidas." Ninguno escucha, y ambos arrastran su tragedia inconscientes del negro porvenir que anuncia. La ilusión de Río, que Andy confiesa a su mujer, revela la desesperación por huir de una realidad que se dibuja imposible, de un tren de vida que acaba fagocitando a quienes se suben en él sin calcular los costes emociones que deja a su paso. Bienvenidos a América, donde la felicidad es intensa pero fugaz, probable pero decepcionante. Pilla la ración que desees mientras estés sentado a su mesa. No llores como un niño cuando el recuerdo de lo que gozaste te encuentre solo y al borde de la muerte. Vive, antes que el diablo sepa que has muerto.


No tiene desperdicio esa escena final. El padre camina por el corredor del hospital, una luz cegadora le borra al fondo. Todos los que somos espectadores de su vida imaginamos (sin haberlo vivido) la tristeza de este hombre, el sentimiento de haber dejado tras de sí una negra estirpe de hombres sin alma ni voluntad de ser felices. Vive mientras puedas, detrás del sol sólo nos espera la fría noche.

1 comentarios:

BUDOKAN dijo...

La verdad que debo agradecerte porque pensé que este film iba a pasar por alto y veo que es muy interesante. Saludos!

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