El incidente


Elogio de la perplejidad

Después de contemplar la última obra de este realizador tan personal e intransferible, el espectador ya no puede requerir más certezas acerca del carácter militante de su cine, aunque se maquille
éste con la indiscreta fisicalidad del género por el que opta. Y es que su elección del terror o la ciencia-ficción es algo más que circunstancial, ya que le sirven al milímetro para vestir lo que quiere mostrar. No se confunda con de-mostrar, porque Shyamalan, pese a su trasfondo discursivo, no busca captar fieles ni defender ideas más o menos consolidadas. Precisamente su narración se asienta sobre el reconocimiento de la incertidumbre como detonante de una necesaria reforma del mapa emocional de sus personajes. Quien haya seguido su filmografía notará el aire de familia que presiden todas y cada una de sus películas. En todas ellas el género se instrumentaliza para crear textura, para referenciar la inquietud emocional que alienta a sus protagonistas. No es de extrañar que los aficionados a estos géneros vean a menudo el cine del indio como un sucedáneo sin proteínas, o que el adicto a los dramas con carga de profundidad se despiste entre tanto suicidio.

En el cine de Shyamalan existen dos elementos omnipresentes: una amenaza (incidente) y un ser humano perplejo, superado por una realidad a la que no puede dar nombre, teoría o terapia que la exorcice. Esa amenaza no está provocada por un ser determinado (ni siquiera en Señales podemos estar seguros de la identidad del ente), ni tiene una razón de ser que nuestra ciencia o nuestro entendimiento pueda descodificar -por mucho que el personaje de Elliot (Mark Wahlberg) busque indicios racionales tras cada suceso, al final deberá claudicar y salir sin red de la casa-. La lectura del incidente se deconstruye sobre la marcha y nunca de forma definitiva o satisfactoria; y aún más, requiere de la apertura emocional de sus atónitas víctimas, que al reconocerse perplejos empiezan a ver más claro (¡pura cuántica!).



Shyamalan posee una lógica más oriental que occidentalizada, y no la disimula en sus narraciones. En Occidente creemos que somos protagonistas activos de nuestras acciones, que todo podemos controlarlo y categorizarlo mediante conceptos, teorías o tecnologías autocomplacientes. Pero esa actitud vital sólo genera más desconcierto e infelicidad. No es de extrañar que el sociólogo Durkheim situara como una de las características del mundo industrializado la anomia, y el suicidio como uno de sus consecuencias más devastadoras. Vivimos en una sociedad que está profundamente organizada, racionalizada, pero no cuida las relaciones más cotidianas, las emociones. Esto queda ejemplificado en el personaje de Alma (Zooey Deschanel), que sólo recobra el contacto consigo misma cuando debe cuidar de Jess y cuando ve peligrar lo que en el fondo más quiere. Entonces descubre la necesidad de volver a los afectos más básicos, entonces decide tener un hijo propio. En este sentido es significativa la escena de la comunicación entre la casa y el cobertizo. O la curiosa coincidencia de que los grupos más numerosos se suiciden, y los más tribales y apiñados se salven del mortífero viento. Como excepción a la regla tenemos el personaje eremita del final, pero será precisamente ese aislamiento de los otros lo que acabe con ella. Sólo los que se acercan, los que ponen a tiro sus emociones, pueden eludir al ángel exterminador.

El incidente posee así dos planos hermenéuticos. Uno emocional o psicológico, y el otro político (o medioambiental). De hecho, toda su filmografía se escribe sobre esta lectura bifronte.
Shyamalan profetiza y sentencia un aviso para navegantes. El mundo occidental está atravesando una crisis que vertebra no sólo el ámbito de las relaciones interpersonales, sino también el más fáctico e inmediato. Este estado de cosas se expresa de forma violenta en el deterioro medioambiental y sus efectos destructivos sobre la población y el ecosistema. En El incidente no se disimula una cierta metáfora sobre la naturaleza que avisa sobre el potencial autodestructivo de los seres humanos (el mismo suicidio deviene en metáfora de lo que nuestra especie hace consigo misma). Ahora bien, será en ese ámbito de las emociones y su potencial para generar espacios no destructivos y sí solidarios (ya lo pudimos comprobar en la propuesta de comunidad unida frente a las adversidades en La joven del agua) donde se ilumina la medicina a este holocausto. En nada puede ayudar la atomización del individuo bajo la masa tecnificada de las grandes ciudades, ni tampoco el aislamiento en la nostalgia de lo rural, que sospecha de lo diferente como agente patógeno (la escena de los asesinatos en la cabaña es ilustrativa de este terror que tras el 11-S lleva a una población a plegarse hacia la mística militarista de la era Bush). Hay que reinventarse y reinventar nuestra relación con los otros, potenciar el tejido social inmediato, no mediatizado por la cultura institucionalizada que convierte lo espontáneo en moneda publicitaria.


Sin embargo, el realizador de El sexto sentido -ésta es su sabia virtud- no sólo articula un discurso. También nos ofrece un
paciente ejercicio de buen hacer en las escenas de terror, las cuales se coreografían con un sentido del ritmo inteligente, dosificado, como un veneno que vemos cómo va inoculándose en los personajes hasta un final que, huyendo del optimismo, nos mantiene en la incertidumbre. Impagables las escenas iniciales, pero aún más terrorífica la escena en el coche, con esa raja en el capó, vibrando, augurando la desgracia, pese al consuelo inocuo de un juego matemático.

Por cierto, ya sabéis que Shyamalan aparece en todas sus películas, haciendo un cameo hiperbreve. Esta vez es más difícil de localizar. Fijaros en la escena de los ahorcados a la entrada de Princeton.

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6 comentarios:

imagenes y palabras dijo...

Totalmente de acuerdo. Se agradece mucho esta capacidad de comprensión con una película sobre la que se estan escribiendo muchas gilipolleces.

Saludos.

tutor2 dijo...

Tu comentario es muy acertado en las muchas preguntas que formula la película. Hay que decir que es una película impactante, quizá la más impactante del realizador. Estoy completamente de acuerdo contigo en tu análisis de los grupos, en el mensaje sobre la pérdida de relaciones humanas, en lo de la comunicación, el post 11-s en el inconsciente, etc. Perfecto tu análisis. Pero voy a decir otras cosas.
Lo único que no me convence de la película es el mensaje proecologista, que parece prevalecer como argumento-justificación-causa de todo frente a otras hipótesis, que también aparecen en el film. Esta es la película más próxima a Ensayo sobre la ceguera de Saramago que he visto, pero, a diferencia de Saramago o el Ionesco de Rhinoceros, por ejemplo, aquí parece imponerse la hipótesis del aviso ecologista o su amenaza, cuando en realidad creo que hubiese sido más efectivo que no se hubiese dado respuesta alguna sino quedarlo en la más absoluta indeterminación. Hubiese sido lo más existencialista, a mi juicio, y lo más inteligente, pues el mensaje ecologista hubiese tenido cabida igualmente.
Quiero decir también que de las cosas que más me gustan de la peli es la otra gran constante del cine del realizador indio (además de las apuntadas por Ojo de Buey): el análisis del comportamiento humano (las reacciones) en situaciones extremas o críticas. Eso le encanta al director siguiendo la estela en esto de, por ejemplo, El Señor de las moscas. Ahí es donde más me interesa la peli, cómo se comportan las personas en situaciones de ese tipo, donde aflora de nuevo lo más elemental, egoísta, vil y rastrero del ser humano. Y eso lo hace absolutamente genial. La escena de la confluencia de carreteras es decisiva en este aspecto.
Una última cosa: aún tengo en la retina --porque me asaltan-- muchas imágenes de la película: las primeras escenas, la pistola pasándose de unos a otros, los suicidios de los albañiles, los ahorcados, las escenas del zoo grabadas con el móvil. Son escenas que jamás se habían rodado en el cine con ese realismo tan brutal.
Absolutamente impactante.
Independientemente de la crítica que obtenga, para mí es una película imprescindible y, junto con El Sexto Sentido y El Bosque, una obra maestra.

Tanhausser

OjO de buey dijo...

Algo de razón tienes en esa tendencia del indio hacia lo discursivo. El gusto que deja ya depende de cada espectador. Es peligrosa, pero también hace que el revisionismo del género, que aparece en toda su filmografía, esté dotado de un brillantez inusual.

En todo caso el ecologismo, más o menos explícito, da prioridad a lo emocional como catarsis global a todo problema mundial, ya sea la destrucción del planeta, la incomunicación, la violencia social e individual, etc. El tema, el discurso no se centra en lo fáctico sino en lo psicológico, o si se quiere místico, ya que es evidente en todo lo visto hasta ahora de Shyamalan que posee la convicción de que todo lo existente en el universo posee alma, un espíritu que alienta cada acto natural y que se deconstruye más allá de las categorías de lo científico. Es necesario del arbitrio de los afectos.

A muchos este discurso le suena a patraña new age para intelectuales. A otros, les cautivará eso mismo. Al que escribe le fascina la belleza fílmica que destila, más allá del discurso, el buen hacer del indio. El discurso casi que llega a olvidarse. O no, quizá sea verdad que lo queda son los detalles, la afección de cada escena sobre nuestra retina...

BUDOKAN dijo...

Sin dudas uno de los films más esperados del año. Aún no lo he visto y le tengo cierta fe porque el cartel promete pero también soy conciente de que a este director no le ha ido muy bien en sus últimas incursiones. Saludos!

Milton Ferreira dijo...

Ya está. Publicamos el primer post "La Sombra de Lumière"-"Ojo de Buey". Si quieres promociona esta unión, nosotros estamos en eso.
Saludos desde Uruguay

Lanzarote News dijo...

es una buenisima pelicula

Saludos, Isabel
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